¿Por qué parece que el tiempo corre más deprisa cuando estamos disfrutando?

El cerebro tiene su propia forma de percibir el paso del tiempo, ajena al tictac de los relojes, incluso de los más precisos

El cerebro tiene su propia forma de percibir el paso del tiempo, ajena al tictac de los relojes, incluso de los más precisos.

El cerebro tiene su propia forma de percibir el paso del tiempo, ajena al tictac de los relojes, incluso de los más precisos. La costumbre, el hábito, permite que, conforme crecemos, nuestra percepción subjetiva del tiempo se asemeje cada vez más a la medición civil de los relojes. De algún modo, nos acostumbramos a «intuir» la velocidad a la que giran las manecillas del reloj, de manera que más o menos detectamos cuándo ha pasado una hora o cuándo llevamos media hora realizando alguna actividad.

Pero eso no siempre funciona. En ocasiones nos parece que el tiempo vuele y se nos hace más corto cualquier lapso. En otras, tenemos la interna sensación de que las horas son eternas. Hay un factor que claramente interviene en esta diferencia: si disfrutamos de lo que estamos haciendo, el tiempo pasa más veloz. Si nos aburrimos como una ostra o sufrimos de un dolor o una enfermedad, parece que los segundos no pasan y se hacen eternos.

El modo en el que el cerebro percibe el paso del tiempo depende de nuestras expectativas emocionales. De hecho, una de las facultades más desarrolladas de nuestra mente es la de poder predecir acontecimientos. Con la información de nuestro entorno podemos calcular la probabilidad de que algo pase en el futuro. Por ejemplo, si se hace de noche, apagamos la luz y nos tumbamos, predecimos que lo más probable es que nos quedemos dormidos en breve.

Pero cada información, cada pensamiento, tiene diferentes horizontes futuros posibles. Es como si viéramos una película que muestra pistas distintas sobre posibles diferentes desenlaces.

Nuestra percepción del tiempo depende de cómo somos capaces de anticipar esos horizontes. Cuando estamos disfrutando de algo, nos concentramos más en ello. La actividad que nos satisface nos colma de información y nos permite anticipar mejor los siguientes pasos. Pero cuando la actividad no es placentera, la mente tiende a dispersarse, buscar otras fuentes de información más amables, huir... Por lo tanto, nuestra capacidad de «prever» el futuro se desvanece. Nos centramos más en los horizontes más cercanos. No existe un solo punto del cerebro donde se procese el paso del tiempo. Más bien parece que cada área cerebral involucrada en cada pensamiento, en cada sensación, juega su papel en la percepción de la temporalidad. Pero sí se sabe que algunos procesos hacen que se acelere la sensación de paso de los minutos. Por ejemplo, cuando ciertas neuronas se comunican entre sí. Si lo hacen más rápidamente, porque están estimuladas por la diversión, el tiempo nos parece más veloz

La culpa la tiene la secreción de dopamina, la hormona que se produce cuando experimentamos placer. Por eso, el tiempo también parece pasar más deprisa cuando envejecemos. Quizás porque el descenso de la producción de dopamina repercute en la relantización de esas «neuronas reloj».