«¿Puede la lujuria dominar la mente humana?, ¿hasta dónde es capaz de llegar el depredador para saciar sus instintos lúbricos?...»

El juez instructor del «caso Asunta», José Antonio Vázquez Taín, publica «Matar no es fácil»,obra con la que se aproxima a los homicidios más sonados de nuestro país y descubre detalles que a la Prensa se le escapan. «En mi conciencia renació la necesidad de buscar un porqué»

A lo largo de mis cuarenta y siete años de vida, al igual que cualquier otro ciudadano, he asistido como espectador pasivo a cientos de crónicas de delitos violentos. En mi retina, se conservan imágenes sepia o de caramelizado tecnicolor, en las que trataba de plasmarse el lado oscuro del ser humano. Desde la lejanía de la letra impresa o la crónica precipitada por la actualidad, el recurso a tópicos manidos sirvió de explicación a comportamientos crueles, inhumanos o carentes de sentido. Expresiones como España profunda, enajenación mental, reacción desproporcionada o incapacidad para seguir soportando un sufrimiento constituían todo el profundo análisis de complejas situaciones, como lo son casi todas las que atañen al torturado ser humano.

Siendo juez, y ante el casual reencuentro con viejos reportajes de crímenes conocidos, la deformación profesional que mi carrera me ha causado me obligó a revisar conclusiones asumidas, descubriendo lo ilógico de algunas aseveraciones que antes parecían coherentes. Y en mi conciencia renació la necesidad de buscar un porqué a determinados crímenes, pero esta vez más sencillo y humano.

Del mismo modo que los adolescentes desprecian el mundo de sus mayores, los adultos consideramos que todo tiempo pasado fue más incivilizado y arcaico que el nuestro. Y ambas simplicidades son equivocadas. En algunas épocas de la historia, el hombre trató de buscar en la razón, y no en la superficialidad, una explicación a sus conductas. Puede que el análisis de algunos comportamientos violentos del ser criminal estuviese recogido en los libros de filosofía desde hace siglos, y simplemente por soberbia lo hayamos ignorado.

Desde la experiencia de años de trabajo contemplando al delincuente sin intermediarios y recurriendo a las interpretaciones que los pensadores efectuaron del pecado, «Matar no es fácil» trata de revisar los datos conocidos de algunos de los crímenes más significativos buscando una reflexión, pues carecen de explicación, sobre la esencia del alma humana.

¿Puede la lujuria dominar la mente humana?, ¿hasta dónde es capaz de llegar el depredador para saciar sus instintos lúbricos?...

«A principios de 1987 mantuvo relaciones sexuales con una mujer, bastante mayor que él, a la que conocía de tiempo atrás. No era la primera vez que yacían juntos. De pronto, decidió taparle la boca y la nariz con sus grandes y fuertes manos. Mientras la víctima luchaba por librarse de la opresión, él contemplaba ensimismado cómo sus pupilas se dilataban por el terror y se cristalizaban poco a poco, al tiempo que el aliento vital se le escapaba. Sintió un intenso placer sexual y rebusca entre las ropas de la pobre desgraciada para acariciarle el sexo. Probablemente fue así, de un modo bastante casual, como se inició su carrera de asesino».

¿Es posible que un culpable aguante la compostura pese a que todas las pruebas le incriminen? Alguien con la suficiente soberbia como para despreciar la vida ajena sí. «Los puños y el cuello de una camisa blanca perfectamente planchada sobresalen elegantemente de una prenda de punto negro. El pelo azabache, perfectamente alisado, enmarca un rostro despierto, atento, que se mueve constantemente tratando de atender a cualquier circunstancia que se produzca a su alrededor. Sus ojos, de mirada afable y condescendiente, tratan de dominar el escenario con la expresión segura de quien se cree que podrá controlar la obra que se va a representar. Más que una acusada consciente de que se juega decenas de años de cárcel parece una directora de teatro profesional coordinando una función de aficionados, con la altivez que da la creencia de saber que, si bien la representación no estará a la altura, el mediocre público no advertirá los fallos. No importa que en su casa se hayan encontrado...».

¿Puede una mente sana decidir que la vida no tienen sentido abandonando su cuerpo para que se degrade en una lenta destrucción? Si padece pereza, o tristeza del alma... «Poco a poco se va convirtiendo en un elemento más de la ciudad. Acompañado de sus mochilas, cualquier vecino puede verle, inmóvil durante horas, recostado en un banco y disfrutando de la caricia del sol, contemplando ensimismado el mar o tumbado en la arena escuchando el arrullo de las olas. Su aspecto no le delata como vagabundo.

No molesta a nadie y no quiere ser molestado. Simplemente, esta sociedad no es la suya. No se sabe cuándo sus mochilas desaparecen y son sustituidas por bolsas de basura negras que terminan sirviéndole de vestido. Su ropa ya no está cuidada y poco a poco va abandonando las prendas que antes usaba. Cuando tiene hambre, acude a comprar comida y come; cuando tiene sed, se procura un refresco o se acerca a una fuente y bebe. El resto del tiempo lo pasa contemplando el infinito o caminando lentamente por la ciudad».

¿Puede la muerte convertirse en un espectáculo? «La Prensa se rindió a sus pies ignorando los informes policiales y forenses. Y como este país es así, mientras los medios la erigían en heroína, la Justicia la elevaba a mártir y le imponía una pena severísima, pues fue condenada a veintiocho años de cárcel, y sus hijos adultos, entre diez y doce años como cómplices por haber asesinado al cabeza y pilar de la familia. Pero como España, además de cuaresma también es cañí, a los cuatro años y tres meses, Neus salió de prisión a lucir vestidos de marca y a continuar con el espectáculo. Convocó una rueda de prensa para anunciar a los medios, dispuestos a beber cada palabra de su boca como si de néctar se tratase, que había decidido huir del país porque no creía en la Justicia. Y algunos de los asistentes incluso se subieron con ella en el autobús escogido para la fuga, cubriendo el evento como si participasen en una caravana libertaria. El episodio es digno de una película de Berlanga».

¿Puede ser la locura contagiosa? ¿puede la ira convertirse en la única motivación para vivir? «Cuentan los informes de balística que la mayoría de los trescientos cartuchos que los hermanos Izquierdo llevaron al pueblo habían sido cargados a mano. Uno a uno habían metido dentro la pólvora, la habían prensado y, luego, contándolas con cuidado, introdujeron las nueve postas de plomo capaces de destrozar a un duro jabalí. Creen los que conocían a los cuatro hermanos que esa tarea la hicieron ellas, las dos hembras de la familia, rezando cada vaina como si de un satánico rosario se tratase. Otros creen que fueron ellos, los varones, quienes, huraños y cicateros, prepararon los proyectiles a mano para no gastar un duro en la cruenta obra a la que habían consagrado su existencia.

Sea como fuere, pasaron seis años rumiando la venganza. Más de un lustro, en el que quien fuera que llevase la voz cantante repetía como en una letanía cuál era el único motivo por el que seguían en este mundo. Y los demás asentían mecánicos sin pararse a pensar siquiera en qué era lo que les estaban proponiendo».

La perspectiva de la distancia, los conocimientos de la experiencia, la posibilidad de reposar la reflexión porque ninguna redacción aguarda impaciente, me han llevado a unas conclusiones, no sé si distintas; al menos sí personales, de crímenes que han marcado la historia de España, o que han supuesto un hito en Criminología.

*Juez de lo Penal en La Coruña