Así cuidan en Totalán a los rescatadores de Julen

La Asociación de Mujeres de Totalán lleva 10 días preparando comida desde el salón de la parroquia del pueblo para los equipos que tratan de localizar a Julen. Cocinan para entre 80 y 100 personas.

Dos vecinas de Totalán preparan una olla de comida para alimentar a los equipos de rescate que tratan de localizar a Julen
Dos vecinas de Totalán preparan una olla de comida para alimentar a los equipos de rescate que tratan de localizar a Julen

La Asociación de Mujeres de Totalán lleva 10 días preparando comida desde el salón de la parroquia del pueblo para los equipos que tratan de localizar a Julen. Cocinan para entre 80 y 100 personas.

«El mérito no es nuestro, es de toda la gente que se ha volcado donando alimentos. Nosotras solo lo preparamos, pero si tú supieras la cantidad de kilos de carne, de verdura, ¡de todo! que han llegado aquí en camiones... se nos saltaban las lágrimas». Mari Carmen reconoce que estos días esta sobrepasada, por el trabajo y por la intensidad emocional que les está suponiendo. Es la portavoz de la Asociación de Mujeres de Totalán, que estos días se está encargando de preparar de forma altruista la comida para los miembros que están participando en las tareas de rescate del pequeño Julen, el menor de dos años que se cayó hace ya diez días a un pozo de Totalán (Málaga).

Pero no solo están participando las mujeres de esta asociación –«de 30 años en adelante, de todas las edades»–, sino todo el pueblo. «¿Donde tienes la canela en rama?», le pregunta una mujer a la dependienta del supermercado Covirán al lado del salón parroquial, estos días convertido en «zona cero» de los fogones. «Es para un postre que queremos preparar», dice sin dar más detalles.

El local aledaño a la parroquia de Santa Ana, a unos 300 metros de la vivienda que se ha habilitado para los padres del niño, se ha convertido en una gran cocina improvisada. Bombonas de butano, fogones y ollas gigantes donde preparar menús que den fuerzas a quienes trabajan para llegar a Julen. «Mucho caldito es lo que más agradecen, allí arriba pega mucho viento», dice Mari Carmen. Ayer hicieron «una gran olla de coles» y tiras de pollo empanado. «Como esas que venden en las hamburgueserías pero más ricas, porque el pollo es bueno», apunta. También hacen mucha cocina de aprovechamiento porque el día anterior se juntaron con «no sé cuántos pollos asados» y, cómo no daban salida a tanta comida, aprovecharon su carne para hacer croquetas. Pero, ¿cómo calcular los comensales?

«Ya no sé ni para cuánta gente estamos cocinando: para 80 o 100 personas». Porque muchos días también han instalado una mesa plegable en el camino que da acceso al Cerro de la Corona (el lugar en el que se llevan a cabo las labores de rescate de Julen) para ofrecer incluso a los periodistas un tentempié. «El día que les llevamos chocolate caliente y tortitas de masa nos miraron como si hubieran visto el paraíso», recuerda una chica de Protección Civil.

Ellos son la otra parte del eslabón, los «recaderos» que ayudan a subir allí arriba todo lo que haga falta en turnos de ocho horas. «Por la noche hay mucho más trabajo que de día. Cafés, lo que más llevamos». Mucha cafeína para que no flaqueen las fuerzas ante los numerosos imprevistos que han ido surgiendo a lo largo del complejo rescate (por la urgencia y lo «inédito» de la situación, según recordaba ayer el delegado del Gobierno en Andalucía, Alfonso Rodríguez Gómez de Celis).

A pesar de todas las dificultades, el ánimo de los rescatadores sigue todavía «fuerte». «Estamos más optimistas que nunca», comentaba ayer un ingeniero de caminos a este diario, que calculaba que esta noche podríamos estar hablando del final del rescate. Pero el pueblo de Totalán y el barrio de El Palo, en Málaga (donde vive la familia de Julen) son quienes están llevando peor la demora en los tiempos estimados de este interminable rescate. Las mujeres de esta asociación, por ejemplo, dicen que los días van pasando y las esperanzas de ver al pequeño con vida van disminuyendo. «Yo duermo un par de horitas pegada a la radio. Me desvelo y entonces pienso «¡ay!, ¿le habrán sacado ya?» y luego me pongo a darle vueltas a lo que queda de comer y lo que se puede preparar en el día para que no se pierda. Son demasiados días ya así, no sé cómo pueden aguantar esos padres si nosotras estamos así».

«Que hayan hablado de plazos quizás haya sido un error, porque nosotros no sabemos los problemas que se pueden ir encontrando allí, el tipo de piedra, qué dureza tiene y si una máquina lo puede romper o no... todas esas cosas que ellos sí que barajan. Primero hablaban de horas; ahora ya no dicen nada», se queja otra de estas mujeres. «En una situación normal, esto es una obra que debería durar seis o siete meses», recordó ayer el delegado del Gobierno.