Secuestro, violación y muerte, el macabro plan de Benito

El foso preparado en el local para enterrar a la joven extremeña
El foso preparado en el local para enterrar a la joven extremeña

La Guardia Civil frustra el asesinato de una mujer que no quiso mantener una relación con un vecino. Había preparado el foso para enterrarla.

El día comenzó anodino. Juan, agente de la UCO de la Guardia Civil, se puso los cascos para repasar el contenido de las conversaciones telefónicas de la noche anterior. Pura rutina. En las últimas semanas estaban investigando un delito grave y el juez les había dado permiso para intervenir las comunicaciones de los sospechosos. De repente, el agente escuchó algo que transformó el día de insignificante en trascendental. Paró la grabación, rebobinó, subió el volumen, se apretó los cascos contra los tímpanos y volvió a escuchar. Segundos después corría como un galgo por las escaleras del edificio de la UCO a informar a sus jefes. Había oído a dos individuos hablar de los detalles de un plan increíble: pensaban secuestrar a una mujer, violarla durante veinticuatro horas, asesinarla y enterrarla. El agujero que haría de tumba ya estaba acabado.

La maquinaría de la investigación, engrasada de cientos de casos anteriores, se puso enseguida en funcionamiento. Podía tratarse de una broma de mal gusto, pero pronto se descartó. Benito, 39 años, el que llevaba la iniciativa en la conversación, tenía una retahíla de antecedentes que inconscientemente hizo tragar saliva al agente que los comprobó en el ordenador. Entre ellos, una condena a diez años de prisión por agresión sexual. “El 31 de agosto de 2003, en la estación de autobuses de Méndez Álvaro, Benito abordó a Jessica, una joven colombiana de 22 años que llevaba sólo quince días en nuestro país”, relata la sentencia a la que ha tenido acceso LA RAZÓN. “Le ofreció un trabajo de secretaria en una empresa inexistente, pero para lograrlo debía acompañarle ese mismo día a Quintanar de la Orden, en Toledo, donde firmarían el contrato”. La facilidad de palabra de Benito y la necesidad de Jessica de regularizar su situación y ganar dinero, hizo que la joven arrinconase la prudencia en lo más profundo de su cerebro.

“Al llegar, Benito llevó a Jessica a casa de su abuela. Una vez allí, la joven leyó el contrato y lo firmó. Sin embargo, aunque Benito le había prometido que su hermano la conduciría en coche aquella misma noche de regreso a Madrid, de repente le advirtió que era imposible porque no se había ido ya”. Tenía que pasar la noche en aquella casa. La prudencia de Jessica salió del rincón de su mente donde se había recluido y todas las alarmas de su cerebro comenzaron a sonar. Pensó en huir, pero Benito con mal genio comenzó a gritarla. Le ordenó que se desnudara y que se metiera en la cama. “Yo también voy a dormir en el mismo catre”, le advirtió. Cada uno en una esquina. Jessica deseaba que ambos se convirtieran en imanes y se repeliesen, pero Benito quería ser hierro.

Se arrimó y le pidió que mantuvieran relaciones sexuales. Ella le rechazó. “Por las buenas”, le advirtió él, “puedo ser muy bueno. Por las malas es mejor que no me conozcas”. “Al negarse Jessica”, continua la sentencia, “la agarró del cuello apretándola fuertemente, la puso bocarriba y la agredió”, concluye el fallo judicial. Satisfechos sus instintos animales y con todo el desprecio le dijo: “Anda, márchate. Ve a la estación de autobuses y coge uno que te lleve a Madrid”. Durante la instrucción, Benito dio media docena de versiones sobre lo ocurrido aquella noche, todas plagadas de contradicciones, pero con un eje común: acusaba a Jessica de haberse colado en su cama y haberse aprovechado de él. Nadie le creyó.

Ni los antecedentes del individuo ni lo que habían escuchado los guardias civiles pintaba a broma de mal gusto. Fueron decenas de horas de trabajo sin descanso. Los agentes de la Benemérita lograron identificar a la futura víctima, Juani, una joven extremeña que se había instalado en la casa de su novia en Quintanar de la Orden porque le había salido un trabajo de camarera en el pueblo. Con el paso del tiempo la relación se desgastó y la pareja de Juani abandonó la localidad. Ella se quedó por el trabajo, pero la acuciante crisis económica que ha ido vaciando de clientes muchos negocios la dejó en el paro. Un día se topó con Benito y con su inseparable amigo Sebastián por la calle. Los conocía de servirles botijos y carajillos en el bar. “¿Me podéis ayudar a encontrar trabajo?”, les pidió. Los dos le dijeron que sí y Juani comenzó a echar una mano a Sebastián en una chatarrería de su propiedad y a Benito en algunas chapuzas que hacía a domicilio.

El condenado por violación interpretó la buena disponibilidad de Juani, no como el esfuerzo de un trabajador comprometido, sino como que ella se estaba interesando por él. Para seducirla le regaló unas estanterías oxidadas, un bicicleta vieja y una caja de herramientas llena de herrumbre que encontró en la chatarrería. Todo parecía ir bien hasta que unas amigas se instalaron en casa de Juani. Eso impedía que él fuese a visitarla todas las veces que deseaba. La acechó, hasta que la vio salir de casa. Aprovechó su ausencia para presentarse en la casa y hablar con las invitadas: “Quiero que os vayáis hoy mismo. Os lo advierto. Juani y yo estamos enamorados y estáis perjudicando nuestra relación”, las amenazó. Lo mismo sucedió cuando la madre de la joven acudió a visitarla. Juani se acabó enterando de todo, dejó el trabajo y advirtió a Benito que no quería saber más de él. “Pero es que yo estoy enamorado de ti. Quiero tener una relación contigo y sé que me quieres”, dio por supuesto. “Te confundes”, le aclaró ella, “además a mí me van las mujeres. ¿Te queda claro?”. Benito lleno de deseo no fue capaz de procesar ni la profundidad de la afirmación ni su significado. Durante semanas insistió en verla. En el mismo día, él y Sebastián llegaron a timbrar en una veintena de ocasiones la puerta de su casa para pedir una segunda oportunidad, uno de forma directa y el otro para su amigo. Una madrugada observó desde la ventana de su habitación como estaban apostados en una furgoneta observando su casa, se asustó y abandonó el pueblo.

Plan de venganza

El acoso persistió a través de docenas de llamadas de teléfono, hasta el punto que tuvo que cambiar de número. Eso provocó una enorme frustración a Benito que decidió vengarse. Poseería a Juani por las buenas o por las malas, como con Jessica, pero esta vez no pensaba dejarla viva para que declarase contra él en un juicio y acabar con sus huesos en prisión. Ni hablar del peluquín. La mataría y la enterraría. Le ofreció 20.000 euros a Sebastián para que le ayudase, y a él le pareció bien. Es durante esos preparativos que la Guardia Civil escucha la conversación de uno de los teléfonos intervenidos. El plan era sencillo, acudir a su pueblo en Extremadura, secuestrarla a última hora de la noche, drogarla para que no diese problemas en el trayecto, encerrarla durante 24 horas en la chatarrería de Sebastián, donde Benito haría y desharía con el cuerpo de la joven a su antojo, y luego matarla. Hasta ahí no había objeción al plan. Los problemas surgieron con el lugar del enterramiento. Benito quería que fuese en la chatarrería, pero a Sebastián no le convencía la idea: “Es que si el día de mañana la encuentra alguien en mi local, el primero al que preguntan es a mí. Que yo vendo el local y después el que me compra a mí el local, ¿qué dice? Él dice: ‘yo se lo he comprado al chatarrero, a Sebastián’. Ala, a por Sebastián. Un bosque, un monte, una montaña, ahí va el que le da la gana. Si encuentran los restos dentro de muchos años, probablemente no sepan ni siquiera quién es. ¿Quién la ha traído aquí? ¿Quién la ha matado? Nunca se va a saber si es en un monte, ahora, si la encuentran en mi local, aunque no sepan quién es esa persona irán a por mí”. La argumentos no disuadieron a Benito, que sólo pensaba en sí mismo, y que ejercía una enorme influencia sobre su amigo, tanta que lo terminó persuadiendo y hasta cavó el hoyo.

La fecha límite era el lunes 16 de noviembre. Los agentes se apostaron para evitar el secuestro y detener a los maleantes. En cuanto ese día los dos se montaron en el pequeño camión, les dieron el alto. Una detención ágil y limpia. Sebastián quiso confesar el crimen y colaborar, pero una de las recientes reformas en de la Ley de Enjuiciamiento criminal permite a los abogados hablar con sus clientes antes de que los investigadores les tomen declaración. Sebastián cambió de parecer y su colaboración tornó en silencio. Los dos fueron imputados por conspiración para cometer un asesinato. A pesar de su peligrosidad, el juez los dejó libres. Ambos han regresado a Quintanar donde la vida sigue como si Jessica y Juani jamás hubieran existido.