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Supervivientes: cuando el cáncer se convierte en una enfermedad crónica

En España, 1,6 millones de personas han podido librarse de la enfermedad

Más allá de las secuelas físicas, el mayor reto es retomar su vida anterior

  • Begoña lleva 16 años libre de la enfermedad. Cuando le diagnosticaron un linfoma, su vida cambió radicalmente y tuvo que aparcar su rol de madre. Para enfrentarse a ello se aferró al libro «Cáncer: biografía de una supervivencia». Gracias a él, pudo sentir que alguien, por fin, la comprendía
    Begoña lleva 16 años libre de la enfermedad. Cuando le diagnosticaron un linfoma, su vida cambió radicalmente y tuvo que aparcar su rol de madre. Para enfrentarse a ello se aferró al libro «Cáncer: biografía de una supervivencia». Gracias a él, pudo sentir que alguien, por fin, la comprendía /

    Alberto R. Roldán

Tiempo de lectura 4 min.

04 de febrero de 2019. 08:38h

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En el cáncer no hay ganadores ni perdedores. Nadie sale victorioso de una enfermedad que te sacude y te pone la vida patas arriba. No son acertadas las metáforas que la comparan con una batalla ni justo hablar de vencedores y vencidos. Porque todos los tocados con la varita de la mala suerte luchan, y se aferran con uñas y dientes a la vida. De lo que sí se puede hablar es de «supervivientes» del cáncer. En España se calcula que hay 1,6 millones de personas que han podido librarse de una patología oncológica. Begoña Barragán es una de ellas, aunque le cueste decirlo. Siempre puntualiza que no está curada, sino que las técnicas actuales no pueden detectar su enfermedad. Y eso es, precisamente, lo que le permite hacer vida normal. Lo suyo fue un linfoma que no quiso ver pese a que «estaba sufriendo todos los síntomas de libro». Pruebas, esperas, incertidumbre. El proceso hasta el diagnóstico es, desgraciadamente, muy conocido. Angustioso. Y, cuando por fin llega la noticia, ocurre ese «click» que ordena las ideas y subraya especialmente una: no soy eterno. «En esos momentos, se te pasa todo por la mente. La muerte es el primer fantasma», reconoce. Ante ella no hay héroes ni heroínas. Nos iguala. «Nadie es más fuerte que nadie. Tienes que asumirlo».

Foto: Alberto R. Roldán
- Foto: Alberto R. Roldán

En octubre de 2001, con 41 años y tres hijos en plena edad del pavo, intentó llevar el mismo ritmo de antes, pero le fue casi imposible. Su marido tuvo que controlar el despertar de su adolescencia, mantener el negocio familiar en orden y tomar las riendas de la casa en solitario. «Los roles familiares cambian: pasé de ser la madre y la esposa a la cuidada». Por eso, cuando después de un año y medio de tratamiento los médicos le dijeron que su cáncer había remitido, le costó volver a recuperar su rutina. Ante la «tironía del positivismo» que muchas veces se impone a los enfermos oncológicos, esta mujer superviviente se muestra rotunda: «El cáncer es una experiencia nefasta que nunca merece la pena. Ahora bien, cuando no te queda más remedio que afrontarla, adquieres nuevos mecanismos para adaptarte a un nuevo ''yo''». Tras 16 años libre de la enfermedad, se siente especialmente afortunada, pero no por ello se olvida de tantos otros que no sobreviven: «Por eso, hay que ser muy respetuoso con el mensaje que se quiere enviar».

Alejandro. A este joven le diagnosticaron un linfoma de Hodgkin con 11 años. Cada vez que dio un paso contra enfermedad, se tatuó la fecha para recordar que las caídas sirven para levantarse con más fuerza. Ahí, siempre estuvieron las dos llaves que le regalaron sus abuelos: una con la palabra «felicidad» y otra con «salud». Foto: Alberto R. Roldán
- Alejandro. A este joven le diagnosticaron un linfoma de Hodgkin con 11 años. Cada vez que dio un paso contra enfermedad, se tatuó la fecha para recordar que las caídas sirven para levantarse con más fuerza. Ahí, siempre estuvieron las dos llaves que le regalaron sus abuelos: una con la palabra «felicidad» y otra con «salud». Foto: Alberto R. Roldán

Cuando alguien obtiene el título de supervivente del cáncer siendo niño, como le pasó a Alejandro Abajo, se transforma en un adulto con más aprendizajes vitales que muchos abuelos. Con solo 11 años, le diagnosticaron un linfoma de Hodgkin que le convirtió en un «extraterrestre» a los ojos de sus compañeros de clase. Los siete meses de quimio le dejaron muchas secuelas físicas, la más visible la pérdida del pelo. Pero también psiquícas: no solo tuvo que lidiar con la enfermedad, sino también que sobrevivir al patio del colegio. «Siempre me he sentido un niño raro. Todo el mundo me miraba, no era igual que el resto». Quizá, lo que más le ha reprochado a la «bicha» es que le robó su niñez, aunque él se empeñaba en retenerla. Su gran obsesión, en ese sentido, siempre ha sido «ser normal» y poder jugar al fútbol como lo hacían el resto de sus amigos. Por eso, nunca se desapuntó del equipo y nunca renunció a lo que le hacía feliz. «Aunque faltaba algunas veces», bromea.

Foto: Alberto R. Roldán
- Foto: Alberto R. Roldán

La recaída que sufrió tras el primer tratamiento de quimio le dejó destrozado. Durante dos años, tuvo que recibir sesiones de hasta doces horas que, afortunadamente, funcionaron. En 2008, le aseguraron que el cáncer había remitido y ya lleva más de nueve sin él. No obstante, y como el resto de supervivientes, prefiere mantener la cautela: «Yo sé que voy a ser un enfermo para toda la vida y, aunque pareza duro decir esto, el cáncer ha forjado mi personalidad. Soy la persona que soy gracias a él». Más allá, lo único bueno que saca es todo ese tiempo que ha pasado con sus seres queridos: «Todas las horas que estuve con mi madre en el hospital nos unieron muchísimo».

En España, el 50% de los pacientes oncológicos vive más de cinco años. Marisol lleva más de diez, por eso puede hablar desde la perspectiva de una superviviente, pero también desde el plano completamente opuesto. Cuando le detectaron un bulto en el pecho y le diagnosticaron que era maligno, no pudo dedicarse demasiado tiempo a ella misma. Su marido sufría por aquel entonces un cáncer de colon en estado avanzado, por lo que se vio obligada a relativizar lo que le estaba pasando a ella misma. El suyo fue un tumor de mama de 0,7 centímetros que remitió con dos cirugías, cuatro sesiones de quimio y 30 de radio. Pero el de su marido no respondió a ninguna terapia y falleció. «Fue una etapa dura. Recuerdo que yo estaba en la etapa final de mi tratamiento e íbamos juntos al hospital a recibir el tratamiento».

Foto: Alberto R. Roldán
- Foto: Alberto R. Roldán

Marisol no tuvo margen para que las secuelas emocionales del cáncer le hicieran mella. Su hija de 17 años no comprendía por qué otra vez el cáncer golpeaba su familia. Así que esta madre coraje se puso el mundo por montera para no hundirse: volvió a trabajar, se hizo voluntaria del Grupo Español de Pacientes con Cáncer y decidió vivir sin miedo. «No hago planes a un año vista. Sé que en un principio estoy curada, aunque los que hemos pasado por esto siempre tenemos detrás la espada de Damocles». Desde entonces, su receta es vivir ocupada y priorizar lo verdaderamente importante: «Ya me da igual si la casa está o reluciente», comenta entre risas. «Ahora prefiero destinar todo mi tiempo a mis seres queridos».

Foto: Alberto R. Roldán
- Foto: Alberto R. Roldán

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