¿Pagaría por garantizar su seguridad en la red?

Cada día 30.000 páginas web son «hackeadas» y millones de dispositivos caen en las manos de espías informáticos. ¿Hay algún modo de evitarlo?

Puede contar con los dedos de una mano las aplicaciones de su smartphone que no le han pedido permiso para utilizar su ubicación como información. Seguramente piense que sus fotos, documentos, videos y otra información personal está en la nube... pero ese mundo etéreo en realidad es un conglomerado de servidores que también puede ser atacado. Es cierto que, a menos que sus correos habituales contengan palabras como «bomba», o en ellos hable de turismo en Siria o Afganistán y, además, le interesen las páginas web con tutoriales para evadir impuestos, lo más probable es que no le interese a ningún gobierno. Las marcas son otro tema. Bastó una búsqueda sobre muebles para el salón para que durante varios meses mi mail, redes sociales y los laterales de cualquier navegador se vieran invadidos en cualquier ordenador que me conectara, por un ejército de tarugos escandinavos (en términos mobiliarios, no figurativos) que anunciaban sus últimas ofertas. Si el modo que tienen los números telefónicos de información de ganar dinero es cobrarle en la factura, el método que usan los navegadores para ser «gratuitos» es vender su información (lugar de residencia, intereses, contactos, hábitos, gustos, etc.) a las marcas.

De acuerdo con un informe de Big Brother Watch, ocho de cada diez personas están preocupadas por el grado de privacidad que tiene su vida en la red. Y aún así continuamos utilizando los navegadores populares, como Google Chrome o Firefox, o comunicando nuestras costumbres, en imágenes o palabras, a través de redes sociales que viven de la publicidad. De hecho, las redes sociales, por definición, buscan justamente eso: compartir la vida propia y comentar la ajena.

Si se le pregunta a la mayoría de los habitantes del planeta, es decir, a quienes están conectados a la red, si preferirían pagar por privacidad con dinero o no tenerla, pero que estos servicios sean gratuitos, el voto iría a la urna de la cartera. La economía manda. En una reciente charla en TED, Cory Doctorow, uno de los principales responsables de Boing Boing, señalaba que, para que la privacidad sea universal, compañías como Google, Yahoo o Microsoft deberían encriptar las comunicaciones, permitiendo que los usuarios se descarguen un software para ello. Aunque la idea pueda ser útil para lidiar con la privacidad, el servicio dejaría de ser gratuito por razones obvias. El inconveniente es la línea: si no hay nada privado, todo puede venderse, pero si todo es privado, cualquier cosa puede hacerse... ¿Dónde está la línea?

El problema es tan grave que hasta las Naciones Unidas ha creado la figura de experto para abordar el tema de la privacidad on-line y lo ha situado en el Consejo de Derechos Humanos. Para Eileen Donahoe, directora de asuntos internacionales de la organización Human Rights Watch, «la creación de una figura experta en las Naciones Unidas relacionada con la privacidad en la era digital significa que ahora alguien vigilará a quienes nos vigilan».

¿Qué podemos hacer como usuarios para evitar ser objeto de... para ser objetos? Lo primero es utilizar un buscador alternativo. Cuando las búsquedas se almacenan en nuestro ordenador, esa información se puede dar a terceros. Si la información no se guarda, nadie la recibe. Así de simple. Una opción es utilizar DuckDuckGo (que asegura no enviar las búsquedas a otros), en lugar del buscador habitual. De hecho, es posible añadir una extensión al navegador para seguir utilizando la opción normal, pero más protegido.

Los navegadores como Chrome, Safari o Firefox rastrean las cookies, las direcciones IP desde la cual nos conectamos y otra información relevante. Para elevar el nivel de privacidad aún más, se puede descargar un navegador como Tor, que permite comunicarse o buscar contenidos de forma anónima.

Otra opción que evita «ingresos indeseados» en nuestra vida digital privada es gestionar adecuadamente nuestras claves o «passwords». La primera medida es no tener la misma para correo electrónico, redes sociales y blogs. Obviamente es muy complejo recordar todas sin anotarlas en un papel, pero existe una alternativa segura que son los gestores de contraseñas. LastPass, 1Password o PasswordBox son algunos de los más reconocidos y fiables. Basta una contraseña para acceder a las páginas que hayamos agregado. Se trata de gestores multiplataformas que lo mismo actúan con un smartphone Android, un iPad o un PC. El único inconveniente que tiene es que, para garantizar la seguridad, la contraseña no sólo debe ser segura, sino que nunca debe olvidarse, ya que no la envían por correo u otros medios.

No permitir el uso de cookies, en la configuración del navegador, también es un muro más para salvaguardar el reducto personal. Y aún así... no hay nada seguro. Y las empresas lo saben. Tanto que uno de los mayores operadores de telefonía de Estados Unidos, AT&T, ha decidido esta semana cobrar 139 dólares por un servicio de internet ultrarrápido. Tanto que permitiría descargarse 25 canciones en menos de un segundo. Quienes no quieran pagar esa cifra tienen una alternativa un poco más económica: abonar 110 dólares y dejar que la operadora utilice su historial de búsqueda (las páginas marcadas como favoritas, las horas de uso, los productos comprados y los vistos, etc.) para vender avisos publicitarios mucho más personalizados y por ello más caros. Visto esto está claro que podemos vender la privacidad, lo que todavía no podemos es comprarla.