Un buen acuerdo político... tanto como eso. Nada más que eso

Si Copenhague 2009 se saldó con un sonoro fracaso evidenciado en las caras de los asistentes y las prontas declaraciones de los representantes de las organizaciones no gubernamentales asistentes, París 2015 debe ser todo lo contrario. A última hora de la tarde de ayer se podían escuchar voces temblorosas de emoción, como las de los delegados de Tuvalu, el país del mundo más amenazado por el aumento global de las temperaturas, que asistían a lo que «hemos estado décadas esperando».

Eso no era otra cosa que un acuerdo entre todos los países participantes de la cumbre para firmar un mismo texto. Por cierto que, al mismo tiempo, Al Gore (desaparecido últimamente del escenario climático) corría a hacerse un «selfie» ante las pantallas de plasma conectadas a los medios de comunicación internacionales en el escenario de la cumbre parisina según relataba Hamis Laing, uno de los tuiteros que más activamente han relatado al mundo los entresijos de la COP21.

Del fracaso de Copenhague al éxito de París, ¿qué ha cambiado? Sobre el papel: todo. De hecho, la gran diferencia entre ambas cumbres es que la capacidad de presión diplomática de Francia está a años luz de la danesa y Hollande no podía permitir un chasco que mancillara el brillo de la «Grandeur». Aunque sea a base de hacer concesiones que bordean las famosas líneas rojas ecologistas.

En el fondo, entre 2009 y 2015 no ha cambiado nada. Porque el núcleo de la cuestión no se ha movido un ápice. Que las temperaturas medias del planeta no aumenten por encima de 2 grados en 2100 (o 1,5 si se logra la revisión más ambiciosa) con respecto a las temperaturas de la era preindustrial sigue estando en manos de los gobiernos más que de los ciudadanos, las ONG o los científicos. Y, para colmo, realmente está en manos de muy pocos gobiernos.

La firma del protocolo de París nada garantiza al respecto. Y más adelante explicaremos por qué. Antes, para que no nos tachen de agoreros, vayamos a las buenas noticias.

Las buenas noticias

COP21 ha dado un giro histórico a la larga e ineficaz catarata de cumbres anteriores. Reunión tras reunión, año tras año, desde Kyoto a Copenhague todo el andamiaje argumental y la buena voluntad científica se venía abajo por dos simples razones. La incapacidad de involucrar a Estados Unidos y China (y en menor medida a otros países como Canadá y Rusia que iban y venían como un balancín), y la constatación de que los combustibles fósiles seguían siendo la alternativa energética de referencia en el mundo, por mucho que se tratase torpemente de ir mordiéndoles terreno.

En París, ambas cosas han cambiado. La actitud de los grandes contaminadores del planeta ha variado radicalmente. Al menos en apariencia. Y el acuerdo final pone de manifiesto que, por primera vez en la historia desde que el Homo sapiens empezó a quemar carbón para darse calor, los combustibles fósiles han sido puestos bajo el punto de mira. Algunos creen que tras este acuerdo tienen los días contados. Más bien los años... quien sabe si no los siglos.

París es un éxito, mucho más de lo esperado hace apenas tres días, por el simple hecho de haber puesto de acuerdo por primera vez a todas las partes en algo. Por haber fijado una meta de aumento de temperaturas menor de 2 grados, por haber logrado que países como China y Arabia Saudí declarasen en las horas previas a la resolución sentirse a gusto y por haber logrado dar por primera vez la imagen de que la política hacía más caso a la ciencia que al huero activismo.

Los grandes peligros

A partir de ahí, los grandes defectos de la cumbre y los grandes peligros para el futuro afloran, en parte de manera inevitable. Porque, por definición, un acuerdo es un papel que a nadie deja satisfecho al 100 por 100. Todos han de ceder.

Para empezar, hay que decir que el objetivo de 2 grados de aumento de las temperaturas dista mucho de ser óptimo. Pero, además, dista mucho de ser fácil de conseguir... con París y sin París. Con las contribuciones previstas determinadas a nivel nacional que se han presentado en la cumbre (es decir, las propuestas de reducción de emisión de C02 que cada país se siente capaz de afrontar), las temperaturas subirían mucho más. Por eso, el acuerdo ha recogido mecanismos de revisión a medio camino (2018, 2020) y la sugerencia expresa de que el límite de temperaturas sea aún más ambicioso lo que, por un lado, presiona más a los gobiernos y, por otro, lo convierte en más utópico.

Recordemos que 2 grados es un mal menor, no es una cantidad medida científicamente, un umbral constatable a partir del cual se desencadena la catástrofe y bajo el cual estamos todos a salvo. Es un objetivo posibilista dada la certeza de que, se haga lo que se haga (incluso si ahora todos los países dejaran de emitir C02 a la atmósfera de pronto), el cambio climático (dicen los científicos que soportan esta idea) ya no se puede detener.

Pero si lograr un acuerdo como éste puede ser jaleado como un éxito, que se cumpla ya sería la bomba. Y es ahí donde, una vez más, las voces de los críticos volvieron a escucharse en los pasillos del Parque de Exposiciones París Le Bourguet,

A las siete de la tarde (cuando aún se esperaba con ansia que el plenario de la convención decidiera firmar por unanimidad el acuerdo presentado por un Laurent Fabius casi lloroso por la mañana), Yeb Saño, activista ecologista filipino muy reconocido, tuiteaba con sorna: «Felicidades, USA; ya tienes el acuerdo no vinculante que querías». Saño se refería a una de las claves más crípticas y escurridizas del acuerdo: su grado de obligatoriedad.

«Vinculante, vinculante, vinculante»... Era la palabra que no se caía de la boca de los miles de asistentes las semanas que duró la reunión. Si París no lograba una firma que vinculara políticamente a todos los firmantes, no serviría para nada. Pero todos sabíamos que eso era imposible, imposible, imposible. Si por vinculación se entiende la obligatoriedad de asumir en las legislaciones nacionales los compromisos de mitigación, sabíamos que EE UU no firmaría jamás. Si se entiende la obligatoriedad de aceptar un control independiente de lo bien o lo mal que se está cumpliendo el acuerdo... China no firmaría. Si por vinculante se entiende la voluntad firme de encarecer mediante tasas, impuestos, penas y multas el uso de los combustibles fósiles.... adiós a la firma de Arabia Saudí o Venezuela.

Que estos países estuvieran de acuerdo con el borrador matutino significaba que la vinculación se había diluido.

Fabius anunció un acuerdo adjetivado como «legalmente vinculante». El eufemismo llamó la atención. Al final, las partes acordaron vincularse en la voluntad de mitigación pero ser independientes a la hora de decidir qué medidas toman para reducir sus emisiones y cuánto las reducen. Eso y nada son cosas demasiado parecidas. De otro modo Estados Unidos no habría firmado. Además, se acepta que los mecanismos de control funcionen sobre la base de la transparencia y la buena voluntad, pero no bajo la estricta revisión de un organismo independiente, de una auditoría con capacidad de penalización (China contenta). Por último, se pasa de puntillas sobre el tema de la penalización económica al uso de los combustibles fósiles (bienvenida Venezuela).

En definitiva, parece evidente que estamos ante un buen acuerdo político que permite salvar los trastos de los gobiernos implicados y de la impresionante diplomacia francesa. Volver a casa con la sensación de que se ha dado un paso decisivo en la defensa de las generaciones venideras. Pero la historia nos recuerda que los acuerdos que son buenos para los políticos no siempre lo son para los ciudadanos. De París salimos con algunas incertidumbres que parecen negarse a resolverse una y otra vez.

La financiación del combate contra el cambio climático no ha subido ni un céntimo de los 100.000 millones de dólares que ya teníamos en Copenhague. El petróleo es hoy mucho más competitivo, mucho más barato y asequible que entonces. No se va a penalizar severamente el uso de combustibles como el carbón (cosa de la que es España sabemos mucho). El acuerdo sólo se hará efectivo si en 2020 los responsables de más del 55 por 100 de las emisiones netas siguen manteniendo su postura. En la práctica, esto quiere decir que si China, Estados Unidos, Rusia e India se lo proponen, tendrían capacidad virtual de veto conjunto. Como han hecho hasta ahora en la práctica.

Los delegados de los gobiernos han podido ponerse más de acuerdo que nunca. Las organizaciones ecologistas que no podían permitirse seguir haciendo el ridículo ante sus bases volviendo a casa con otro fracaso sonado aplaudirán el evento. Los medios gritaremos que, por primera vez desde hace 18 años, podemos evitar poner la palabra «chasco» en nuestros editoriales. Pero si esto es bueno de verdad para el planeta no lo vamos a saber ni ahora ni en mucho tiempo.

Hay, eso sí, motivos para la esperanza. Y están muy lejos de París. En aquellos que ya han empezado a mover ficha ajenos a las cumbres políticas. Bill Gates va a donar él solito una cantidad similar al 5 por 100 de lo que se ha firmado en COP21, pero lo va a destinar a lo que realmente es necesario: la investigación en nuevas formas de energía limpia. Hace unos días conocíamos que las emisiones de gases de efecto invernadero se han detenido por primera vez en 2015 en pleno proceso de recuperación económica (las anteriores bajadas sucedieron en medio de la crisis mundial). Dos ejemplos de cómo, a espensas de las cumbres, sin esperar a los políticos, a pesar de los fracasos de las firmas... las cosas se pueden hacer bien.