Veinte años enganchada a pastillas para dormir

Desde hace año y medio Eva lee, pasea y hace deporte. Es su rutina diaria y, por increíble que parezca, “bastante dura” para esta mujer de 38 años que desde hace año y medio hace examente eso todos los días del año. Forma parte del tratamiento que le ha puesto la “Fundación hay salida” para escapar de su adicción a las pastillas para dormir, a las que lleva enganchada 20 años de su vida. Sus problemas comenzaron cuando tenía 9 años. Ya entonces no podía conciliar el sueño. “Yo creo que es una enfermedad genética porque a varias personas de mi familia les pasa lo mismo que a mí”.

Con 18 años acudió al médico para explicarle su problema y fue entonces cuando acabó cayendo en los brazos de los somníferos, a los que quiere dejar de lado en su vida de una vez por todas. Una pastilla de Lorazepam y Loramet era su dosis diaria de la que le ha costado desengancharse años.

“Siempre me ha resultado muy difícil concentrarme en los estudios y he sido de temperamento nervioso. La falta de sueño acabó influyendo en mi humor y en mi conducta. Yo creo que he padecido lo que ahora se llama déficit de atención. Dejé los estudios y me puse a trabajar como dependienta en varias tiendas, pero no me encontraba bien. No rendía en mi trabajo, con las pastillas estaba lela todo el día. Cada cierto tiempo estaba de baja, y eso me creó problemas. Encontré pareja y me obligó a ir al psiquiatra: ‘Quiero dejar las pastillas, por favor, no me

encuentro bien’, le supliqué al médico’. Su respuesta fue inmediata: ‘Pues está en tus manos, déjalas cuando quieras’”. Y efectivamente eso hice. Al día siguiente tiré el pastillero. Terrible error, porque después he sabido que las benzodiazepinas son muy adictivas y se deben abandonar de manera progresiva. Es muy peligroso dejarlas de golpe. Creo que incluso hay gente que se muere. Claro que, empecé a notar los efectos de inmediato. Tenía entonces 27 años y me fui hundiendo más en un agujero negro del que creía que nunca podría salir: me dejó mi pareja, perdí 20 kilos, me despidieron del trabajo...Ha sido el peor momento que he vivido, pensaba que se me acababa la vida”. Eva volvió al psiquiatra y eso supuso de nuevo dar la mano a la adicción. “Tomaba tres pastillas diarias, pero comencé a beber alcohol y más tarde, con 30, a consumir porros hasta el punto que con toda esa mezcla de sustancias ya no podía ni hablar ni casi andar. Estaba derrotada”.

Eva vio la luz cuando conoció a la Fundación Hay Salida, que utiliza una terapia cognitivo conductual. Su tratamiento pasa por rutinas sencillas que para muchos podrían suponer unas vacaciones, “pero a mí se me ha hecho duro. Tenía la cabeza girada. Hasta me daba miedo ir en metro, y es que yo creo que padecía el síndrome de abstinencia porque tenía mucho malestar físico”. Después de año y medio “empiezo a ver la luz, tengo una visión positiva de la vida, tengo planes de futuro...Empiezo a dormir. Pero te tengo que dejar, me voy a terapia. Es diaria y no falto a ni una”.