A Fandiño le llegó la hora

El torero vasco sale a hombros con una gran corrida de Parladé en la quinta de la Feria de San Isidro

SIN MULETA. El diestro de Orduña, por si acaso no lo había hecho ya antes, quiso poner toda la carne en el asador al entrar a matar al quinto. Arrojó la muleta, se perfiló y se volcó sobre el morrillo para hundir el acero a costa de una espeluznante voltereta, por fortuna, sin consecuencias. Madrid, entregada. De Puerta Grande.

Las Ventas (Madrid). Quinta de la Feria de San Isidro. Se lidiaron toros de la ganadería de Parladé, desiguales de presentación. El 1º, de buen pitón zurdo y complicado por el derecho; el 2º, movilidad, transmisión y mucho motor; el 3º, manejable; el 4º, encastado y exigente, con mucho que torear; el 5º, toro bravo y bueno; y el 6º, manejable. Casi lleno.

El Cid, de coral y oro, dos pinchazos, estocada, aviso, dos descabellos (silencio); media (silencio). Iván Fandiño, de canela y oro, estocada (oreja); estocada, aviso, tres descabellos (oreja). Ángel Teruel, de espuma de mar y oro, estocada (silencio); media caída (silencio).

Entre la masa salía a hombros Fandiño camino de la calle de Alcalá. Allí mueren millar de sueños fraguados en la niñez. Iván Fandiño lo había logrado. Bien sabía lo que era llamar y quedarse a las puertas. Madrid es tan difícil, tan ardua, pero de pronto... Hay días. Ayer apenas unos minutos antes de encontrarse con la muchedumbre consiguió ponerla en pie. Qué solo había estado. Tan sólo, que en ese instante definitorio en el que la moneda puede salir cara o amargarte la cruz y darte la noche en vela, Fandiño nos sobrecogió. Fue de pronto. Perfilado en la suerte suprema cuando el torero vasco se desprendió del engaño y más solo que nunca, toro y torero ante el encontronazo fatal. Y con toda la temporada hecha. Se fue recto, derecho sin buscar salidas ni resortes que le aliviaran de un entuerto que pudo haberle salido muy caro. Y en esa rectitud el de Parladé le cogió para voltearle y darle salida por encima de él. El gesto multiplicaba la emoción por mil. Y la gente se había rendido a Fandiño. Todo sabían que detrás de esa bárbara manera de entregarse al toreo residía la ambición de la Puerta Grande. Ya había cortado una oreja del segundo y necesita el pasaporte para el sueño maldito. Hundió el acero, se demoró el toro y requirió tres golpes de verduguillo. Cada uno de ellos con el público en pie. Nada se escapaba en el tendido de lo que ocurría en el ruedo. ¡Qué distinta puede ser la Fiesta! Se le pidió la oreja y el presidente la concedió. Fue un gran toro de una gran corrida de Parladé. El día perfecto para quitar las etiquetas y dejar a más de uno con el trasero al aire. La corrida de Juan Pedro Domecq, con el otro hierro, embistió casi al completo y lo hizo con casta, motor y bravura y las complicaciones que se desprenden de estas. Es decir, las etiquetas que se pretenden poner a las corridas duras. Miguel Martín se desmonteró con ese quinto y Fandiño hizo la faena entre las rayas del tercio, al cobijo del viento. Repetía el toro en el engaño, se desplazaba y llegaba con emoción al tendido. Al natural entró en faena Fandiño. Hubo tandas buenas y una diestra, más pulseada y lenta. El sorpresón vino después y también la locura.

En el mismo centro del ruedo plantó cara a un segundo que se vino como un tren. Y le aguantó. Tenía motor el toro, pero había que llevarlo, ahí no se regalaba nada. Era un Parladé explosivo. Fandiño no volvió la cara y a esa faena veloz y con fibra le puso final por bernadinas y un estoconazo. Muere detrás del acero. Y así encontró premio.

El cuarto fue uno de esos toros que tenía casta y motor por dos y si en vez de poner en la tablilla Parladé pone otro hierro, estamos hablando del toro tres días después. Por agresivo, por la capacidad de reponer el viaje antes de haber acabado la primera arrancada. Con este percal, a El Cid se le vio desbordado. Su primero se dio por el izquierdo, con humillación y entrega. Era toro de apostar, no encontraba fin en la muleta, ni en la arrancada. Cid se justificó con el compromiso endeble.

A Ángel Teruel le tocó el lote más manejable pero con menos opciones. Se dejó el tercero y al matador se le vio centrado y tirando de un concepto clásico y agradecido. Resolvió con mucha eficacia con la espada. Se extendió con un sexto de similares trazas, pero en este caso la voluntad no llevaba al lucimiento. Esperaba la Puerta Grande. Y eso en este Madrid es una bendición que ocurre cuando uno cree en los milagros. Y ver una corrida como ésta en Madrid forma parte de él.