A Pamplona le conquista otro Rey

Andrés Roca sufrió una fuerte cogida y triunfó después al cortar tres orejas a pesar de la cornada en el escroto en la tercera de San Fermín.

Roca Rey, a hombros por la Puerta de Encierro en Pamplona, ayer
Roca Rey, a hombros por la Puerta de Encierro en Pamplona, ayer

Andrés Roca sufrió una fuerte cogida y triunfó después al cortar tres orejas a pesar de la cornada en el escroto en la tercera de San Fermín.

San Fermín (Pamplona). Tercera de feria. Se lidiaron toros de Fuente Ymbro, serios y bien presentados. Lleno en los tendidos. El 1º, noble, repetidor y punto soso; el 2º, noble, sosote y con el fuste justo; el 3º, rajado y manso; el 4º, noble y sin entrega; el 5º, desclasado y paradote; el 6º, de calidad por el izquierdo pero sin empuje. Premiado con la vuelta al ruedo.

Miguel Abellán, de verde hoja y oro, pinchazo hondo trasero y caído, tres pinchazos, estocada buena (silencio); pinchazo, estocada (silencio).

Paco Ureña, de azul y oro, pinchazo, estocada desprendida (palmas); estocada, aviso, tres descabellos (silencio).

Roca Rey, de burdeos y oro, estocada (oreja); estocada caída (dos orejas).

Cantaron «El Rey» y Pamplona se hizo San Fermín. Ahora sí. Asfixiaba el calor y más asfixió todavía la manera de comenzar faena de Roca Rey al tercero. Un toraco, como toda la corrida, que se rajó y que acudía al encuentro con arreones. Lo que no podía defender con bravura lo solventaba a tarascadas, de aquí para allá, de allá para acá sin el hilo conductor de la entrega. Y de rodillas fue, sobrevino, qué dolor, qué espanto, una cogida que podría entrar en el Guinness de las violentas. La manera de girarlo en una décima de segundo (Y no la de Antonio Vega) le desmadejó para reventarlo. Centrifugado expres sobre los puñales del animal. Le dejó con sus partes al aire pero el amor propio multiplicado como el pan y los peces. Se puso al natural, despojado de todo, y aguantó ese viaje del toro que no tenía la entrega ni la seguridad. Solventó bravo el torero y tras la estocada paseó la oreja antes de irse a la enfermería con la convicción, casi amenaza, de que volvería. El sexto le esperaba. De allí vino, con sus partes (nobles) cosidas. Y la constatación de que el valor no se acumula ahí llegó después en una faena plena de entrega. De quedarse indiferente a la opción del toro. Pases cambiados y quietud inquebrantable ante un animal que le faltaba revoluciones. Descolgó la cara con mucha clase por el pitón zurdo y por ahí administró el toreo más reunido y ligado de toda la faena. Cuando el toro se mostró exhausto, de rodillas se reinventó y Pamplona, que se entiende con ese toreo como anillo al dedo, jaleó con denuedo. Ole, más olé y olé. Con la espada hasta se enmudeció la plaza, o eso nos pareció, la estocada, punto abajo, pero a la primera cumplió con la explosión de emociones. Dos orejas. Y petición de rabo que el presidente interpretó como vuelta al ruedo al toro. Así las cosas. Estupor en mitad del ruido, de las canciones, del jolgorio. La fiesta de fiesta.

Miguel Abellán abría cartel y lo hizo con un noble ejemplar que tenía bondad, cierta repetición y el ímpetu contenido. Resolvió y repitió con un cuarto, vulgar en la embestida.

Paco Ureña sacó una tanda de derechazos de muy buen corte, mecida la muleta y con los vuelos conquistaba la embestida del animal. Pasó desapercibida y aquello floreció en una tanda con las rodillas en el suelo. Nobleza y sosería del animal a partes iguales. Sin clase salió el quinto, que se complicó a la hora de perfilarse para entrar a matar y aquello se alargó más de lo deseable. Puso todo Ureña pero poco respondía el fuenteymbro. Y pesaba el calor como una losa. El Rey, en Pamplona, fue el peruano.