Clasicismo natural de Pablo Aguado

El sevillano se gana la repetición en Las Ventas

Pablo Aguado, al natural en Madrid
Pablo Aguado, al natural en Madrid

El sevillano se gana la repetición en Las Ventas

Las Ventas (Madrid). Se lidiaron novillos de Hnos. Sánchez Herrero, bien aunque desigualmente presentados. El 1º, brusco y con genio; el 2º, inválido y sin fuerzas; el 3º, con bondad pero sin motor; el 4º, descastado; el 5º, corto y sin recorrido; y el 6º, noble. Un cuarto de entrada.

Miguel Ángel León, de lila y oro, estocada caída, dos descabellos, aviso, once descabellos más (silencio); y estocada baja (silencio).

José Ruiz Muñoz, de verde botella y oro, estocada casi entera trasera (silencio); y bajonazo (silencio).

Pablo Aguado, de burdeos y oro, aviso, estocada trasera y perpendicular, descabello, otro aviso (vuelta al ruedo); y pinchazo, estocada desprendida, aviso (saludos).

En las antípodas de la lógica cordura, tres sevillanos peregrinaron a Las Ventas, en una tarde casi polar, semilluviosa y gris que tampoco se emparentó con el Guadalquivir, para anunciarse en la primera novillada del curso el mismo día que arrancaba la Feria de Abril. Ver para creer. Y creímos, gracias al buen gusto de Pablo Aguado. Fiel al gusto sevillano por el toreo al natural, soberbia su serie al noblón -sin derroches tampoco de casta-, sexto a pies juntos. De frente, encajado, toreando con los riñones. Hubo tres de excepcional temple y limpieza. Otra más de similar magnitud. Fue lo único con aires del Baratillo, porque el resto fue un notable ejercicio de clasicismo. Sin alardes ni concesiones, pero con personalidad. No fue una faena maciza, pero sí con buenos pasajes. Identidad propia que bien merece la repetición. Lo había apuntado ya con el endeble castaño que hizo tercero, novillo que pedía a gritos el pañuelo verde. A base de temple, lo sostuvo a media altura como pudo en los comienzos para exprimir lo poco que tenía –bondad– en el tramo final. Labor larga que le permitió pegarse una vuelta al ruedo tras estocada trasera y verduguillo.

Miguel Ángel León pasó un mal rato con el que rompió plaza. Un ¿novillo? de 532 kilos, serio, abierto de cuerna, alto de agujas. Zancudito, pero con mucha plaza. Muy brusco en su arrancada, siempre fue con todo, genio a raudales, sin regalar una embestida clara. Trasteo con oficio, pero sin brillo del sevillano de Gerena. Con la tizona, un sainete. Si no tuvo clase ese «Sospechoso», menos casta tuvo el «Calamar» que hizo cuarto. Pese a tener algún brío más que sus dos hermanos anteriores, otro utrero sin transmisión ni gracia, que se quedó cada vez más corto en la franela. Esmero del sevillano, pero silencio en ambos.

Inválido inservible, el segundo también debió ir a corrales. Sin embargo, incomprensiblemente resistió sobre el ruedo, cosa que no hicieron sus extremidades. Como un castillo de naipes tras un tenue soplido, claudicó repetidas veces en un eterno quiero y no puedo. Un muro para José Ruiz Muñoz, que persistió mientras la música de viento se lo permitió. Que fue más bien poco. Inédito. Poco más pudimos ver del esperado sobrino nieto de Curro Romero en el quinto. Un debut sin estrella, pues ni el lote era propicio, ni se le aparecieron las musas. Se paró una barbaridad su segundo en la muleta y el dinástico no pasó de las probaturas. De puntillas en una tarde que, de sevillana, no tuvo más que la fachada. ¡Qué frío!