El blanco pamplonés que todo lo borra

Nazaré da una vuelta al ruedo con una deslucida corrida de Alcurrucén en la tercera de San Fermín

El diestro sevillano Antonio Nazaré da un pase de pecho a uno de sus toros de Alcurrucén
El diestro sevillano Antonio Nazaré da un pase de pecho a uno de sus toros de Alcurrucén

Pamplona. Tercera de la Feria de San Fermín. Se lidiaron toros de Alcurrucén, serios y desiguales. A la espera y agarrado al piso, el 1º; parado, el 2º; complicado, el 3º; nobles pero a menos, el 4º y el 5º; complicado, el 6º. Deslucidos en general. Lleno de «No hay billetes».

Antonio Ferrera, de grosella y oro, estocada desprendida (silencio); tres pinchazos, estocada desprendida (silencio).

Antonio Nazaré, de blanco y oro, pinchazo, estocada caída (silencio); estocada (vuelta al ruedo).

López Simón, de blanco y oro, estocada caída y tendida, descabello (ovación); estocada (silencio).

Parte de David Peinado «Chetu»: «Traumatismo por asta de toro, que produce una gran herida en scalp del cuero cabelludo de 10 centímetros». Pronóstico «leve».

«Deseadito» se entretuvo recién pasaban las ocho de la mañana, a la media vuelta de las resacas, a perdonar vidas. Así, sin medida, una, dos, tres... A tiro tuvo a cientos de personas cuando a mitad de camino del encierro pamplonés le dio por independizarse, ya saben, está de moda, aislarse de la manada, para chulo yo, y en actitud bobalicona y desnortado (léase para ambas) poner a unos cuantos a bombear el corazón como en su vida. Repetirán la historia hasta dejar de recordar la original. Pero en verdad a más de uno, de dos y de tres «Deseadito» les tachó de la lista del cielo, les liberó del susto inversamente proporcional al que suscitaba en alguna habitación de hotel. Allí donde Ferrera, Nazaré y López Simón aguardaban la espera. La joya de la corona cayó en suerte a Antonio Ferrera, que está en año de cosecha y recogida. Buena temporada la suya. «Deseadito», agarrado a la arena, remolón y sin ganas de embestir desde que salió por toriles apenas le dejó un resquicio para el lucimiento. Un par de banderillas ajustado en el embroque, el tercero, cuando le midió de fuera adentro y un arrimón sólo permitido para valientes en horario de tarde. De los que no corren ni vuelan: asientan las zapatillas.

«Cornetillo», tercero de la tarde, no perdonó. Certero. Puñetero. A la salida del par, su único par de banderillas, tapó la salida a David Peinado, le cogió de una pierna para derribarlo y le dañó la cara quizá de un pisotón (a vista de pájaro miope, ya vendrá el parte para quitarme la razón... Desde la grada se hace lo que puede). Décimas de segundo para cambiar un mundo. Una eternidad le debió pasar hasta llegar a la enfermería. Tiempo después se le vio por el callejón, venda en la cabeza, en pijama, y el cuero cabelludo cosido. Un milagro. El capotillo de San Fermín, a pleno rendimiento. López Simón, su matador, hizo como si nada, pero el toro se tragaba un muletazo y al siguiente era peligroso tomar confianzas. Saldó López Simón su actuación con extra de voluntad y un mar de buenas intenciones. La espada borró mejores finales.

El sexto le pidió los papeles y le hizo pasar un mal rato. El «Alcurrucén», que había medido por arriba en los primeros tercios, sacó carbón después, sin ser claro nunca y sin dejar de exigir jamás. No era fácil y menos si estás en pleno proceso de formación. No renunció Simón. Dio la cara y mató pronto.

Nazaré dio una vuelta al ruedo en el quinto después de una actuación seria, sin sobras. Fibra y valor con un «Alcurrucén» que nos hizo concebir esperanzas, aunque se fueran diluyendo poco a poco. Algo similar ocurrió con el cuarto, que apretó una barbaridad de salida y pareció lo que no era en las cuatro o cinco primeras arrancas de muleta. Porfió Ferrera tan cerca que desde arriba no se vislumbraban espacios. Poco o nada pudo hacer Nazaré con el deslucido segundo.

Alcurrucén venía a Pamplona para quitarse la espinita, pero quedó clavada. No rodaron las cosas. No a la altura de esta ganadería. Pero el cartel de «No hay billetes» estaba colgado. Allá donde fijaras la mirada te deslumbraba el blanco, el blanco y rojo de San Fermín, el blanco, el rojo, el río de vino que viene de Sol, la música, los cánticos, la chica yeyé, el famoso «sigo siendo el rey».. Ya se sabe... En Pamplona, cada año por estas fechas se obra el milagro. Ese blanco que todo lo borra. Y que vivan los Sanfermines por muchos años.