Fallece Antonio Corbacho, descubridor de José Tomás y Alejandro Talavante

Una larga enfermedad

Antonio Corbacho. en una imagen de archivo
Antonio Corbacho. en una imagen de archivo

«El protagonista es el torero, no el apuntador; aquí somos todos muy vanidosos y pensamos que quien corta las orejas somos nosotros; y no: es el torero». Palabra de Antonio Corbacho. De su última entrevista en las páginas de LA RAZÓN finalizado el San Isidro del año pasado. Una larga enfermedad, que lo había mantenido durante los últimos meses a la espera de un trasplante de hígado, se lo llevó este mediodía a los 62 años de edad. Novillero y banderillero pero, sobre todo, apoderado y gran lanzador de toros como José Tomás y Alejandro Talavante, a los que descubrió para el gran público y catapultó como figuras del toreo.

El estado de salud del taurino -ingresado en el Gregorio Marañón desde el comienzo de verano- había empeorado en las últimas fechas debido a su complicada enfermedad, una hepatitis C, que le obligó hace unas semanas a romper su compromiso con el colombiano Sebastián Ritter, novillero más destacado del pasado San Isidro. De José Tomás a Ritter, todo un rosario de matadores de toros del actual escalafón que pasaron por sus manos como Sergio Aguilar, Víctor Puerto, los mexicanos Ignacio Garibay y Arturo Macías o Esaú Fernández.

Nacido en el castizo Chamberí, el 18 de septiembre de 1951, Corbacho debutó con picadores en el 75. Desde ese momento, su vínculo con el mundo del toro permanece inalterable. Debutó ese año en La Roda (Albacete) en una tarde en la que recibió una gravísima cornada en la bolsa escrotal y, pese a que no gozó de demasiadas oportunidades como novillero, llegó a torear en Vistalegre. También se presentó, el 30 de julio de 1985, en La Maestranza sevillana. Otra tarde de sangre para el madrileño, que fue alcanzado por otro novillo. El percance le empuja a cambiar el oro por la plata en 1987. Desde entonces, realizó varias temporadas a las órdenes de Roberto Domínguez, David Luguillano o Sergio Sánchez hasta que a mitad de los noventa viaja a México para fijar allí su residencia.

Allí comienza su etapa como apoderado que pronto camina de la mano de José Tomás. Su método y preparación cristaliza en el de Galapagar que se eleva a los altares del toreo. Quietud y clasicismo son sus pilares. No obstante, ambas partes terminan por seguir su camino por separado e incluso la relación entre ambos, pese a su recíproca admiración, termina por enfriarse con el paso de los años.

Años más tarde, repite el mismo camino con Alejandro Talavante. El extremeño irrumpe con fuerza en el escalafón después de una grandísima actuación aún como novillero, y pese a no cortar orejas, en Las Ventas. Posteriormente, se sucedieron nuevos apoderamientos ya citados hasta terminar, ya convaleciente, con el prometedor colombiano Sebastián Ritter. Sus restos mortales serán velados esta misma tarde en el tanatorio de la M-30, muy cerquita de esa plaza de toros de Las Ventas a la que comenzó a acudir de niño junto a su padre.

«En el toreo cuando ganas una batalla, al día siguiente la guerra no ha terminado». A buen seguro que, Antonio Corbacho, desde donde esté habrá comenzado a librar una nueva. Su legado ya es leyenda del toreo.