Frío ártico a cuarenta grados

Escribano clava un par de banderillas al segundo de la tarde
Escribano clava un par de banderillas al segundo de la tarde

Mayo se nota y el calor pega en La Maestranza como si fuera la puerta de un horno, y no la de caballos, la que se abre a las seis y media de la tarde. La escasa población del sol se refugia bajo sombreros cani-canotier y algún paraguas. Llegará el día, no lo duden, en el que el respetable cargue con la sombrilla de playa, cansado de representar la vuelta y vuelta de San Lorenzo en la parrilla. Al tiempo. Hace calor, es el estado térmico real, pero el ambiente, ayer y otros días –no cuenten los rejones- es de frío glacial. Paradojas de este complejo mundo del toreo, pero la plaza le pesa más a los toreros media que a rebosar. Extraños fenómenos que nadie entiende, como el brazo doliente y jaque que le faltaba a Valle-Inclán.

Este ambiente ártico se rompió una vez en toda la tarde, cuando Escribano le enjaretó al segundo de la tarde dos series de naturales rotundas, templadas, amartillado el de Gerena al piso plaza. Tardó el personal verderón en perdonar a Escribano que le brindara el toro al presidente del Sevilla, Pepe Castro. Que ya hay que tener ganas de exponer, como expuso Sánchez Mejías aquel día en Zaragoza en el que brindó por la Virgen del Rocío, "que es la verdadera y no Pilarica". Escribano perdió la oreja porque el presidente le midió con escuadra y cartabón una estocada que quedó caída. Pero tanto en este toro –más potable- como en el quinto –a los dos los recibió a portagayola- demostró que el tren que cogió en la feria del año pasado, con las dos orejas al miura "Datilero", no lo va a soltar ni a punta de pistola.

Escribano viene del fracaso, de rumiar la soledad en el sur de Francia, en Venezuela, con corridas del Tío Picardía, y sabe que es ahora o nunca. De la cogida en Sotillo de Andrada, que le ha dejado un costurón en el pecho como el cauce del Ebro, no hay el menor rastro. Si acaso, un toreo más cadencioso, más rítmico, muy de verdad. Qué tres verónicas y qué media al quinto. El capote con las yemitas de los dedos –ay esos capotes cogidos como manteles de restaurante de carretera... -, el pase dibujado antes de llegar al embroque, y el broche cargado solemne a la cadera.

El toro de la tarde se lo llevó Castella. El público acabó contándole los muletazos al francés en su segundo sin que pasara nada. Le contaron 86 y no sé si fue o no exageración. Travieso, cuarto de la tarde, "Jandilla"de Vegahermosa, engatillao, fino de cabos, el lomo cuesta arriba como una lanza dispuesta para el ataque. Uno más para el retablo de toros malogrados por Castella en Sevilla. Como aquel "Guajiro"de El Pilar, como...