La gran clase de Paco Ureña sin desafío torista

Esaú Fernández corta un trofeo del sexto de la tarde en la segunda de feria

Paco Ureña templa con la izquierda al ejemplar de La Quinta
Paco Ureña templa con la izquierda al ejemplar de La Quinta

Logroño (La Rioja). Segunda de la Feria de San Mateo. Se lidiaron toros, en este orden, de José Escolar, buen toro, repetidor, noble y de largo viaje, sobre todo por el pitón zurdo; La Quinta, noble y sin entrega, repite pero le cuesta humillar; Flor de Jara, con la virtud de humillar pero justo de fuerza y de escasa transmisión; Adolfo Martín, orientado, midiendo y de poco juego; Ana Romero, bastote y de poco juego; y Juan Luis Fraile, manejable y de escasa transmisión. Menos de media entrada.

Luis Bolívar, de grana y azabache, bajonazo (silencio).

Paco Ureña, de caña y oro, aviso, estocada desprendida (silencio).

Joselito Adame, de verde hoja y oro, estocada (silencio).

Rubén Pinar, de blanco y oro, estocada caída (silencio).

Antonio Nazaré, de malva y oro, pinchazo, estocada corta (silencio).

Esaú Fernández, de vainilla y oro, estocada (oreja).

Cuando el toro de Adolfo Martín saltó al ruedo se escuchó una ovación. La primera de la tarde. Lo tenía todo el toro por delante. 513 kilos de peso anunciaba la tablilla y una cara despampanante, amplia, enseñando las palas, interminables pitones, el padre de la corrida, señor toro, un escándalo. Era ayer la extraña corrida de seis toreros y seis toros de distintos hierros pero todos en una línea común: Santa Coloma-Albaserrada. El desafío torista. Títulos aparte. La cosa no iba muy allá cuando el cuarto pisó la arena. Ese cuarto de Adolfo. Y eso que habíamos visto algunas cosas. Sobre todo una manera de estar en la plaza dignísima de Paco Ureña. Un temple exquisito, un concepto merecedor de salir del anonimato, aunque vengan tiempos difíciles. A Paco Ureña le tocó un segundo, de la divisa de La Quinta que tenía la virtud de acudir al engaño con prontitud. No hacía falta ni citarle, antes ya lo tenías encima, pero eso no significaba que empujara después detrás del engaño. No avanzaba el toro, media arrancada y sin entrega. No importó. No le importó nada a Ureña. Ni las condiciones del toro ni los muchos años que lleva parado hasta que hace poco dio un importante toque de atención en Madrid. Desplegó el torero todo el arsenal de temple, fino, finísimo su concepto, suavidad y una técnica depurada para que el toro tuviera ante la cara siempre la muleta y sumara una embestida a la otra sin renunciar el murciano a la verticalidad, a la parsimonia. Anduvo perfecto, aunque no se le cantara lo suficiente. Más bien se le silenció. Doloroso silencio. En este tipo de festejos se está a la espera de lo explosivo y si eso no ocurre las cosas no trascienden, pero Ureña es torero bueno. En cambio, y volviendo a ese despampanante toro de Adolfo Martín que salió cuarto, dejó poco lugar al lucimiento a Rubén Pinar. Medía el toro y le costaba pasar. La faena de Pinar, así, no pasó a mayores.

Fue Esaú Fernández, que cerraba plaza y entró en el cartel por sustitución de Escribano, quien paseó el único trofeo de la tarde. Recibió al de Juan Luis Fraile, manejable y con el fondo justo, a portagayola y se trabajó la faena a fuerza de insistir e insistir y matar a la primera. Poco pudo hacer Antonio Nazaré con el de Ana Romero, toro hondo pero de bastas arrancadas o el mexicano Joselito Adame (y mira que había ganas de verle después de la breve pero buena temporada que está haciendo) con el de Flor de Jara, que humillaba pero tan justo de todo que se quedó en nada.

El mejor toro de la jornada fue el que abrió plaza de José Escolar. Repitió el animal con nobleza y tomó con largura la muleta, sobre todo por el pitón zurdo. «Misterioso», que así se llamaba el toro, le tocó a un Luis Bolívar afanoso pero sin final feliz. No hubo lugar al desafío torista. No encontramos argumentos en el ruedo para ello. No hablemos de casta ni emoción. El trofeo de Esaú a última hora y la importante actuación de Ureña, que por el bien del toreo no debe volver al olvido.