La vida en blanco y rojo: Llegó la calma

Imagen de archivo de lo Sanfermines
Imagen de archivo de lo Sanfermines

Bueno, decir que llegó la calma. San Fermín es un auténtico ejercicio de voluntad. La fiesta más bullanguera del mundo tiene sus etapas. Después de la explosión del cohete del día 6, un 7 de julio en sábado, con un aluvión de vagabundos de la buena vida por las calles de Pamplona, un domingo atípico. Pues los efectos del huracán informativo sobre «La Manada» se han dejado sentir. Ha habido un poco menos gente y cuando descargó sobre Pamplona una manta de agua en el encierro, recordábamos épocas pasadas donde había blancos en el encierro y almorzábamos los cuatro de la cuadrilla y algún jotero despistado.

Por la tarde una de Escolar. Mucho cárdeno, de raza dudosa, y a pasar miedo y angustias los de luces. Las peñas guardaron el clásico toro de silencio en el primero recordando los hechos luctuosos del 78. Germán y su presencia siempre viva para mucha gente del sol, una «aurresku» media hora antes de la corrida, pero poco más. Porque al final a todos nos une la fiesta, las ganas del paréntesis anual o escuchar historias como las de Ismael Rodríguez. Un corredor de Marcilla, plena Ribera, que reivindica el anonimato de quien va a los encierros cada mañana solo a encontrarse consigo mismo. Época de camisetas y esnobismos, también volver la mirada a los 80 tiene ese gusto melancólico de cuando seguíamos siendo jóvenes y empezamos a cantar «La chica yeyé».