Historia

Morante y El Juli, en la piel de Joselito y Belmonte

Las dos figuras conmemorarán en Málaga el primer mano a mano entre los dos mitos de la Tauromaquia

Joselito y Belmonte, camino de la plaza en el mismo modelo de coche de época que usarán Morante y El Juli
Joselito y Belmonte, camino de la plaza en el mismo modelo de coche de época que usarán Morante y El Juli

La Malagueta, veinte de abril de 2014. Un mano a mano para la Historia. José Antonio Morante de la Puebla y Julián López «El Juli». Dos estilos, dos conceptos y dos filosofías de la Tauromaquia. Vuelta al pretérito. Veintiocho de febrero de 1914: otro acontecimiento. Dos figuras en la Edad de Oro del toreo: José Gómez Ortega «Gallito» y Juan Belmonte. Con los toros de Murube. Soñemos ese poema juanramoniano, que llega desde el ayer, con esa pregunta que la retórica clásica eleva a la categoría de la plenitud: ¿Qué es ver torear? ¿Un tratado escrito por don Gregorio Corrochano o una crónica firmada por el mejor de los críticos? Las dos referencias, al mismo tiempo. Para dejar claro qué es y cómo es la hora de la verdad. La que marca el reloj del destino como si fuera un heptasílabo en el amanecer de un día de toros en España.

¿A quién se parece Morante toreando? Quizás o tal vez tenga alguna respuesta la literatura que él mismo caligrafía con el capote y con la muleta. En esa esencia que se acerca tanto al sentimiento que parece un cuadro pisassiano. ¿A quién, El Juli? Otra pregunta con respuesta, pero a la vez sin ella, pasadas las cinco en punto de la tarde de aquella elegía que escribió Lorca. A través de ellos, vuelven desde la eternidad del recuerdo Joselito «El Gallo» y el Pasmo de Triana. Uno y otro. Como míticos representantes de una manera de hacer el Arte. Como si fuera el Siglo de Oro o la coexistencia de los cuatro puntos cardinales de nuestra geografía. Rimando el don de vivir y reuniendo los tercios de la lidia como un axioma que discernimos por su profundidad en un mundo aparte, donde la vulgaridad espanta y aterra.

En una fecha taurina como pocas, Málaga vivirá su cita con esa prosa que nace de los versos sueltos de los hados que aroman un ruedo como si fueran los endecasílabos que vuelven a escribirse de nuevo otra vez en la memoria de los instantes. Paseo del Parque, tras dejar la calle Larios y la Alameda, en dirección a las brisas que van y vienen como los horizontes lejanos que vemos desde Gibralfaro. Una tarde de abril que expira en una noche de luna. Joselito cinceló y esculpió la técnica, como si fuera una página escogida para una antología del 27. Belmonte sintetizó un espacio, donde toro y torero son un mismo ser; al menos, en esos minutos en los que el arte de torear se hace eterno y se convierte en símbolo. En la muerte y en la existencia. Como un mismo sofisma. O quién sabe si dos preguntas del metalenguaje. Ha pasado un siglo y todavía seguimos interrogándonos sobre lo que debe de ser y lo que en realidad es. Incógnitas que la comunión entre un hombre y un astado resuelve como si se asemejara a la metafísica de la creatividad. A la hora de nacer y a la de morir. Este acontecer de la leyenda seguirá el Domingo de Resurrección, cien años antes y un siglo después. Para dominar la embestida y convertir las sílabas de las interjecciones en armonía, en quietud y en unidad de sentido.

Releer la crónica de aquel 28 de febrero será como recitar en voz alta la narración de lo que suceda en La Malagueta el próximo 20 de abril. Sabemos ya que lo único que puede parar el tiempo es una media verónica belmontina de Morante. O el temple de El Juli, citando en los medios. Si es así, habrá que meditar los días que faltan. Porque hasta las matemáticas y las humanidades se alían, cuando el destino, más que un número, es un proverbio. En ese recuerdo rondeño y trianero que el pretérito vierte en la arena a través del presente.

CON AROMA AÑEJO.

La empresa ha apostado para el cartel de un festejo tan especial por este collage en el que conviven una pintura de Ignacio Zuloaga a Juan Belmonte, un cuadro de Gallito que procede de la colección de Juan Barco y dos fotografías realizadas por los hermanos Arjona a Morante y El Juli.