Por San José los sapos se empiezan a ver

Colombo, que debió salir a hombros, se llevó la única oreja de la tarde con un buen encierro de Victoriano del Río

Antonio Ferrera dando un derechazo, ayer, bajo la lluvia de Valencia

Valencia. Décima de abono. Toros de Victoriano del Río, desiguales de presentación y buen juego en conjunto, destacando el lidiado en cuarto lugar. Un tercio de entrada

Antonio Ferrera, de turquesa y oro, entera (silencio); aviso, pinchazo, entera, aviso, cinco descabellos (vuelta al ruedo).

Ginés Marín, de topo y oro, pinchazo y cuatro descabellos, aviso (saludos); media y descabello (saludos).

Jesús Enrique Colombo, de blanco y oro, entera (oreja); entera, aviso (vuelta al ruedo).

Se cerró la feria con la peor entrada que se recuerda en un día de San José. No invitaba, desde luego, la tarde, fría y con lluvia intensa pero luego no se correspondió el ambiente con lo sucedido en el ruedo. Y si no terminó siendo triunfal el festejo fue porque no quiso que así fuese el palco presidencial, que se negó tajantemente a conceder la segunda oreja que hubiese permitido salir a hombros a Jesús Enrique Colombo, un torero que debutaba como matador en esta plaza tras haber sufrido una gravísima cornada en la misma que hasta le impidió tomar la alternativa en su momento. Ya lo dice el refrán: por san José los sapos se empiezan a ver, y en esta feria ha habido que tragar varios...

Imagen de Colombo

Su primero, anovillado, empujó y se dejó pegar en el caballo. No obstante tuvo pies y apretó en banderillas, encunando de muy mala manera a Colombo, aunque afortunadamente la cosa quedó solo en susto. Un escalofriante pase cambiado por la espalda puso ya definitivamente a la gente de su parte, siendo jaleado a lo largo de una faena en la que estuvo valentísimo y aguantó sin inmutarse los parones y arreones de un toro que vendió cara su piel. Su segundo, en cambio, buscó pronto refugio en terrenos de toriles y rehusó la pelea. El torero venezolano, que dolorido y debido al pésimo estado del ruedo declinó banderillear -pasando el peonaje un mal rato para hacerlo-, aceptó fajarse donde el toro quiso, sacando todo lo que éste tuvo es una labor larga, porfiona y tesonera que remató con una buena estocada. Pero el tardar el toro en doblar hizo que el señor presidente pensase que eso era defecto achacable al torero.

Tras la entrega de un recuerdo a Ricardo De Fabra, en conmemoración de los 50 años de su alternativa, y ya con la lluvia como invitada no deseada, saltó a la arena el primer toro de este último acto fallero. Y las sensaciones que dio de salida no fueron buenas. Echó en la cara arriba en el capote y salió suelto del caballo. Pero algo vio Antonio Ferrera que brindó su muerte al público. La verdad es que el animal embistió con rectitud y bondad, dejándose hacer, aunque a su matador se le fue su turno en probaturas, dejando apenas dos buenas tandas por el pitón derecho. Se enceló el cuarto con el caballo, arrancándose de lejos y desde cualquier sitio, dejándose pegar sin que influyese ello en su comportamiento posterior, toreando el de Badajoz con temple e inteligencia, alargando las embestidas de un toro que fue a más, a mucho más, y con el que gustó sobre todo por el pitón izquierdo. Los naturales con la derecha no todos salieron tersos ni limpios, viendo como su premio se evaporaba al fallar con los aceros .

Ginés Marín durante la faena de muleta

Se lució Ginés Marín al veroniquear al segundo, llevándose una fea voltereta cuando quitó con la media luna -quite popularizado en España por Víctor Puerto hace ya unos cuantos años-. No le afectó el golpetazo y anduvo luego firme y garboso con la muleta en las manos, conduciendo con templanza los embestidas de su oponente que, aunque berreón, se arrancó de lejos y con prontitud, perdiendo la oreja al tardar mucho en matar.

También el quinto se dejó pegar en el peto y tuvo gas y alegría en sus primeras embestidas, aunque el mal estado del suelo le hizo ir perdiendo confianza y comenzó a frenarse hasta negarse a seguir el engaño de Marín, que tuvo que cambiar de muleta a cada poco de tanto barro que se le fue acumulando en sus intentos por someter a su oponente.