Tan cerca, pero a la vez tan lejos

Rubén Pinar se zafó milagrosamente de la cornada tras ser volteado por el jabonero de Aurelio Hernando
Rubén Pinar se zafó milagrosamente de la cornada tras ser volteado por el jabonero de Aurelio Hernando

Las Ventas (Madrid). Decimosegunda de la Feria de San Isidro. Se lidiaron toros de Samuel Flores, Manuela Agustina López Flores (2º) y un sobrero (3º) de Aurelio Hernando, bien presentados aunque desiguales. En conjunto, desrazados y sin demasiada clase, salvo el 1º y 5º. Más de tres cuartos de entrada.

Antón Cortés, de azul rey y oro, pinchazo, bajonazo, aviso (silencio); estocada (silencio).

Pérez Mota, que confirmó la alternativa, de catafalco y oro, estocada (silencio); estocada atravesada, aviso (saludos).

Rubén Pinar, de blanco y oro, estocada, aviso (saludos); estocada corta (silencio).

Afición con buena memoria, Madrid estrenó ayer la tarde con una fuerte ovación allá por la grada del «8». Con chaqueta azul y como un espectador más, ocupaba su localidad Adolfo Martín. En el recuerdo su buena tarde del día anterior. El misterio de la bravura al cuadrado. Por partida doble con sus dos encastados cárdenos. Pero la rueda siguió girando y cambiamos, sin desmarcarnos del clásico epílogo torista, bien pronto de tercio. De Albaserrada a Gamero Cívico. Encierro de Samuel Flores, fiel al tipo de este encaste. Toros acapachados, muy desarrollados de cuerna, con mazorca amplia y de comportamiento abanto que, por desgracia, no se atemperó en la muleta salvo en el lote de Manuel Jesús Pérez Mota, más manejable, que propició los pasajes más vistosos de un festejo en las Antípodas del día anterior.

Manuel Jesús Pérez Mota confirmó alternativa con «Cuchillazo». Hizo honor a su nombre: despampanante su arboladura, infinito el pitón izquierdo. Larguísimo. Se dolió mucho en el caballo. Huidizo, no hubo manera de recogerlo y se hizo el rey de la plaza. Mal lidiado. Tras la ceremonia, el gaditano empezó por estatuarios y continuó toreando en redondo junto a toriles. Hubo una buena tanda de derechazos, con más profundidad, en la que pudo correr más la mano y estirarse. Era el pitón de mayor recorrido del animal. Manejable por ahí. Lo intentó con la izquierda y volvió a quedarse más cortito y protestón. Regresó a la derecha, pero entonces el burel ya estaba demasiado parado. Un desarme en las bernadinas del final y el metisaca inicial con la espada terminaron de disipar la labor, brindada a su madre.

Exagerado y muy cornalón el quinto. ¡Vaya pitones! Se dejó hacer en el peto y se dolió del castigo en banderillas. Sin embargo, tomó por abajo la muleta, aunque sin terminar de romper, cabeceando y con las lógicas dificultades de embarcar semejante transatlántico en la pañosa. Pura Física. Pese a dicha aparatosidad, que posiblemente contribuyó a que aquello tuviera emoción, tiró de él con fe Pérez Mota, que echó la moneda y se confió ante un animal manejable. Dos tandas notables en redondo. Una de ellas, de mano baja. Era una quimera meter el acero entre semejantes guadañas, pero el gaditano lo hizo con mucha verdad y dejó un espadazo, una pizca atravesado, de justicia. Rotunda ovación que saludó. Rédito ganado.

San Isidro entero llevaba en corrales «Vieiro», jabonero sucio de Aurelio Hernando. Por fin pisó el albero para reemplazar al primero de Rubén Pinar, devuelto tras blandear varias veces. El de Veragua, astifino y bien hecho, cumplió en varas y banderillas. Con relativa movilidad. Por doblones, el torero arranque de trasteo. Deslucido y sin fijeza, desparramó la vista y rebañó en todo momento las embestidas. El susto llegó en la segunda serie. Lo prendió de la corva y lo arrojó contra el suelo. Allí, se ensañó e incrustó las astas en la arena. Emparedado el cuerpo del torero. Desmadejado. Segundos interminables en las fauces de la res. Milagro. No se amilanó el albaceteño y se cargó de tesón para robarle un par de tandas más. Meritorias. Más que por la lucidez, porque el esfuerzo fue grande. Lo despachó de buena estocada al encuentro y saludó desde el tercio.

Dos vueltas al ruedo completas se pegó persiguiendo al entipado sexto. Crudito se fue del castigo del picador, que sólo señaló en la segunda reunión. Pinar buscó cuadrarse y plantear el trasteo, pero era un imposible. Con el toro, aburrido y rajado, huyendo despavorido a la salida de cada muletazo. Por suerte, lo cazó hábilmente en el primer intento.

Antón Cortés regresó ayer años después de protagonizar tardes de honor en este escenario. Sorteó primero un castaño que se adueñó de la lidia a su antojo. Qué desorden. El burel se escapó de la improvisada capea con dos picotazos y se vino arriba en la franela del manchego. Bronco y a la defensiva, protestó a golpe de tornillazo a las probaturas de Cortés que, molestado también por el vendaval, no se confió nunca y tiró a las primeras de cambio por la calle de en medio. Tampoco se alargó en demasía con el cuarto, al que llevó a media altura durante buena parte de la faena. Pronto se aburrió el de Samuel y amagó con rajarse, instante en el que Cortés decidió cortar por lo sano. Cualquier tiempo pasado fue mejor.

Y es que la de Samuel Flores, tan cerca, 24 horas después, pero a la vez tan lejos del éxtasis «adolfista».