Trofeo de Castella con un Roca debilitado

El francés se hace con la única oreja de la tarde y el peruano falla con la espada sus faenas al resentirse de la lesión de hombro

Andrés Roca Rey durante la corrida de San Fermín de hoy
Andrés Roca Rey durante la corrida de San Fermín de hoy

El francés se hace con la única oreja de la tarde y el peruano falla con la espada sus faenas al resentirse de la lesión de hombro

No hizo falta acogerse a las excusas. Era el primero. El toro inoportuno. El frío. El imposible. El de... Recién comenzaba la faena Diego Urdiales, que abría plaza con su veteranía a cuestas, la misma que le permitió casi en el comienzo asentarse sobre los cimientos de sus zapatillas y crecer en el verso libre que es su torería para pegarle al chato Jandilla, altote y con vidilla en la embestida, un derechazo de esos que se tambalea la afición. Cualquiera, también la de Pamplona que está más dispersa y llega a la plaza agotada del extra de acción que hay en el exterior. Resoplamos al unísono como quien goza encontrarse de pronto con el toreo. ¿Así? ¿Tan pronto? Fue después la faena una búsqueda de aquel muletazo, como es la vida una búsqueda en ocasiones de un instante, pero es que Diego huele a torero. Hasta en Pamplona. Y eso es un gusto. El cuarto tuvo tantos pitones y caja como falta de entidad en la embestida y fuerza. Y la faena, que fue la de la merienda, pasó con absoluta discreción.

No fue fácil ese segundo con esa bocanada de pitones inmensos que además tenían fuego en ellos para lanzarlos hacia arriba. Castella defendió la faena, que ya era. Otra cosa tuvo el cuarto, en su movilidad y franqueza, de buen juego hasta que se aburrió ya bien transcurrida la labor del torero francés. Aquella que comenzó con pases cambiados por la espalda y llenó después de toreo ligado y con temple. Un desplante colmó la atención antes de que la espada hiciera el resto. Arriba, a la primera, impecable.

En el tercero se juntaron todos los astros que eso en el toreo es doble mortal. Embistió el toro encastado, con repetición, entrega y franqueza. Un todo que encontró en la muleta de Roca Rey, en estado de gracia y conexión infinita con los tendidos. Cuando Andrés se echó de rodillas con la muleta se caía Pamplona. Literal. Y así fue en todo momento, por la derecha, al natural, ligado y resuelto. Buen toro. Espantosa espada. Sobre todo el descabello. Al parecer se resiente de la lesión en el hombro con sensación de calambre, o algo así llegaba al tendido, que entró en la merienda de lleno para consolarse de no lograr su final feliz al que se había entregado con pasión.

Encontró los ánimos más fríos con el sexto, que iba y venía, se dejaba, con claridad en el viaje y repetición pero tampoco grandes aspiraciones. Fluyó más la buena vibra en el primer tramo de faena, en los pases cambiados por la espalda; después no acabó de despegar el viaje esa sexta labor de Roca, que casi históricamente, acabó de emborronarse en el ambiente y con la espada. El acero aquí, cuando falla, tiene un filón con tintes imperdonables. Hasta para Roca Rey.

Pamplona. Sexta de la Feria de San Fermín. Se lidiaron toros de Jandilla. El 1º, con movilidad, pero informal; 2º, deslucido, sin entrega y complicado; 3º, encastado, humillador y bueno; 4º, flojo y deslucido; 5º, de buen juego hasta que se aburre; 6º, va y viene. Lleno de “No hay billetes”.

Diego Urdiales, de azul y oro, pinchazo, estocada, tres descabellos (saludos); estocada corta (saludos).

Sebastián Castella, de malva y oro, pinchazo, estocada, descabello (silencio); buena estocada (oreja).

Roca Rey, de gris y plata, pinchazo hondo, doce descabellos (silencio); media estocada, media estocada, cuatro descabello (silencio)