Un trofeo, un gran toro, la vida cuatro años después...

Juan del Álamo cortó una oreja de «Malvarroso», un bravo ejemplar de El Puerto de San Lorenzo en la tercera de las Corridas Generales

El diestro Juan del Álamo en la faena a su primer toro durante la tercera corrida de abono de la Feria de la Semana Grande de Bilbao
El diestro Juan del Álamo en la faena a su primer toro durante la tercera corrida de abono de la Feria de la Semana Grande de Bilbao

Juan del Álamo cortó una oreja de «Malvarroso», un bravo ejemplar de El Puerto de San Lorenzo en la tercera de las Corridas Generales

Bilbao. Tercera de las Corridas Generales. Se lidiaron toros de El Puerto de San Lorenzo, bien presentados. El 1º, como sobrero, pronto; noble y descuelga pero le cuesta empujar en la muleta; el 2º, noble, repetidor, punto mansito y más descompuesto al final del muletazo; el 3º, toro bueno, bravo y de profunda embestida; el 4º, noble y de buen tranco inicial luego más descompuesto; el 5º, boyante, repetidor y reponiendo. Mejor por el zurdo; y el 6º, brutote y sin demasiada entrega. Menos de un tercio.

Morenito de Aranda, de nazareno y oro, pinchazo, media, aviso (saludos); y pinchazo, estocada corta, aviso (saludos).

Joselito Adame, de negro y oro, pinchazo, estocada desprendida

(saludos); y estocada caída (silencio).

Juan Del Álamo, de blanco y plata, estocada (oreja); y media trasera, descabello (silencio).

Escribía Sául desde el hospital con la carne fresca de las heridas hondas, en el cuerpo y en el alma, desde el Clínico de Salamanca y a través de Twitter. Se cumplían ayer los cuatro años desde que irrumpió en el coso bilbaíno para convertirse en matador de toros. Demasiada miseria humana y tragedias se ha echado a las espaldas y al cuerpo en tan poco tiempo. La última demoledora y terrible. Imágenes para olvidar cuando llegue el invierno y reconciliarnos a ser posible viendo a Saúl en pie y feliz. Recordaba el malagueño que justo hoy, ayer, celebraba años de alternativa en esta inmensa feria de la que no es baja, porque en ningún momento estuvo anunciado, a pesar de esa gran tarde protagonizada en Madrid de torero hecho e infinito ante las adversidades. Hay casos como el de Jiménez Fortes difíciles de digerir que deambulan entre el maleficio, la verdad más descarnada y estéril y la mezquindad humana del sistema que incumple ese pacto de caballeros que ha mantenido a esta profesión de quijotes con la llama viva. No se apaga, no dejaremos, ni la de Fortes ni la de su familia de hierro forjado, armado y enhebrado de poro a poro. Entre recuerdos y presente andaba la tarde. La de la vuelta de El Puerto de San Lorenzo cinco años después al coso de Vista Alegre. «Malvarroso», que fue el tercero, concentró las virtudes apuntadas antes pero no concretadas con esa intensidad por la falta de empuje de atrás; la que hace que el toro viaje más allá del imperativo de la inercia. La sumó, reconcentró y elevó a la bravura de una embestida sin revés repleta de profundidad, largura y entrega de este bendito tercero. «Malvarroso» no pasaba por allí de cualquier manera, lo hacía a conciencia. Por convencimiento. Juan del Álamo cuidó al toro en varas y selló su actuación con una estocada de las que resuenan hasta en el banderín por la fuerza del encuentro. Antes, qué importante es el antes, firmó una faena tan pulcra como ligada. Esmerado el torero de Salamanca puso la solvencia sobre el ruedo bilbaíno y alargó la embestida del toro una y otra vez ligándola con denuedo. Detrás de la formalidad de las letras faltó la sensación de disfrutar, de rebosarse de toro, encajarse para decir adiós a las liviandades del sistema con ese paso al frente que da o quita. La estocada le dio la fuerza del trofeo. No así un sexto, grandón que embistió como era: brutote y sin entrega.

A Morenito de Aranda le tocó un quinto que era hipersensible. Requería finura en los toques, sin tirones, «acariciar», que dice el maestro Curro Romero. Tenía el de El Puerto un primer tranco bueno y mediocridad después por falta de riñones para entregarse en el encuentro. La faena de Morenito en la primera parte fue un cajón de ideas inconexas hasta que logró, ya al natural y en el ocaso de la faena, entenderse con el toro. Era animal agradecido, pero siempre que el toreo rayara entre las líneas de la armonía. A portagayola se había ido con el primero, aunque fue bis al que hizo faena. Renqueaba el toro de atrás a pesar de la bondad y la labor de Morenito no encontró resquicio en el que sustentarse.

Joselito Adame tiró de oficio consolidado con un segundo que era pronto al cite y repetidor a pesar de hacerlo con ese punto de mansedumbre contenida y peores finales. En línea siempre ligó las tandas y metió a la gente en el trasteo, con ritmo, temple y ligazón. Con lopecinas cautivó en el quite al quinto. Una sinfonía desafinada fue la faena después. Eran dos mundos, toro y torero, que caminaban en paralelo y condenados así a no entenderse. El animal mantuvo boyantía en la muleta y más plenitud por el zurdo, con ese tic de reponer, de sobrepasarse, de abrumar al mexicano que dejó una faena en la que todo cabía y nada era. Dejábamos la tarde atrás, con un toro, un trofeo, y el cuarto cumpleaños de Saúl en ese peaje que hace tiempo sobrepasó los límites.

El cartel de hoy

Toros de Jandilla para Juan José Padilla, El Cid y José Garrido