Victorino Martín, regresa la leyenda

Parece que quiere salir el sol después de un día espantoso en Cáceres. El campo está verde. Adelantada la primavera en estos días de invierno frío y real. Calados entre agua y nieves. La bendición del campo. La tierra. La naturaleza en una visión infinita: más allá sigue habiendo campo. Y más allá, habitan toros, vacas, los becerros recién nacidos... Creciendo. Rematándose con el pienso natural que da la tierra. Perdidos entre las 3.000 hectáreas que posee Victorino Martín pastan sus reses cerca de Portezuelo. Las míticas. Las del desvelo para los toreros y la congoja en los tendidos. El hierro de la A coronada que desde hace 50 años mantiene su leyenda y su estampa. Convertido ya en una marca. Coincidimos a la llegada a «Las Tiesas de Santa María» con padre e hijo. Victorino Martín al cuadrado. Dos generaciones que ven la continuidad en la hija (y nieta) Pilar, que también ha estudiado veterinaria. Son las diez de la mañana y nos espera el privilegio de ver un tentadero en el laboratorio de Victorino Martín. Antes, la inmensidad del campo en busca de los toros cárdenos. Porque los toros, en esta finca, pueden perderse y no encontrarse en días. Lo primero que vemos son los de Valdemorillo... El susto nos viene después: «Estos son madrileños», dice Victorino Martín hijo. Los que están reseñados para «el solo» de Alejandro Talavante en la Feria de San Isidro. Una apuesta mayúscula: «Ya los ha visto el torero, no a todo el mundo le gusta, pero él vino a tentar, estuvo extraordinario, y los vio».

–Ganadero, parece que se ha puesto de moda entre las figuras.

–Es un año bueno con la guinda de que hay un fiebre por parte de las figuras por nuestras corridas. Eso nos gusta y nos responsabiliza más. Los toreros quieren demostrar que no sólo matan determinados encastes y han elegido nuestra ganadería quizá porque el público la valora y porque, aunque es muy exigente, tiene su recompensa.

Conocen, padre e hijo, la ganadería de principio a fin. No hay un secreto de campo al que no le hayan dedicado tiempo. «Llevar la ganadería así requiere mucho trabajo. Es inabarcable. Queremos que nuestros toros se alimenten de manera natural y para eso utilizamos cercados enormes, de 100 hectáreas para que también se muevan. Es una vida muy sacrificada y exige mucho a la gente que te rodea».

Lo tienen todo vendido: catorce corridas de toros. «Tenemos muchas peticiones y nos anunciamos en Castellón, Sevilla, Madrid, Santander, Istres, Bilbao, Arles. El resto nos estamos dejando querer para ver dónde nos interesa más lidiar».

Escuchando a Victorino Martín hijo da la sensación de que a esta casa no ha llegado la devastadora crisis que nos arroja a un incierto futuro: «Ha llegado a todos y quien no lo acepte, miente. Pero las crisis se superan con trabajo, después trabajo y más trabajo. No hay crisis que aguante 16 horas de esfuerzo diario». Otra versión viene al analizar el presente del toreo: «La crisis nos ha separado más porque cada uno hemos querido defender lo nuestro y para superar esta situación hay que ser más espléndidos y menos ruines y defender una parcela común. Nuestro análisis es que como vienen las cosas mal, vamos a quitárselo al de al lado».

Ver al toro en el campo es un privilegio. Impone su mirada, su porte y la agresividad de unos pitones que convierte en milagro superar el miedo, la insalvable distancia que nos separa del animal, ese paso adelante que lo cambia todo.

Victorino Martín, el padre, habla poco. Pero en esta casa no salta un animal al ruedo si no está él. Tampoco se pierde el paseo matutino por la dehesa. «Mi padre no da consejos, da ejemplos. Así ha sido siempre: la lucha por una idea, su concepto de toro y de Fiesta».

Pasadas las once y media y con la predicción en el horizonte de la lluvia sobre las dos comienza el tentadero. Cuatro vacas. Dos mexicanos en el cartel. Tentar en esta casa es un «trago». Otro mundo. Sergio Flores y el novillero Brandon Campos, ambos anunciados en la inminente feria de Valdemorillo. Salen las vacas utreras (cumplidos los tres años), astifinas y, sobre todo, son máquinas incansables de embestir. O estás muy preparado o con media vaca se ha fundido el torero. Dan qué pensar las becerras de Victorino. No permiten un paso en falso ni medio. «Cuanto más suaves sean los toques, mejor», anuncia el ganadero. No pierden detalle. Victorino padre con su puro y el hijo con multitud de cuadernos que guardan los misterios de esta divisa. Importa lo que hagan las becerras en el caballo, y la repetición y si humillan... Un sinfín de matices que distinguen unos toros de otros. «Lo que diferencia a un toro nuestro es que es de exigencia máxima. Lo quiere todo. Y si no se lo das, te coge». El Boni tampoco quiso pasar por alto la ocasión de ver la cara a las victorinas. Hay un antes y un después con este hierro. La superación, de lograrla, es mayúscula. De ahí que este año sea elegido para hacer algunas de las gestas del año. La de Talavante, un toro suyo para la encerrona de Manzanares en Sevilla. El Cid y Luque por la Feria de Abril, Castella en Istres... «Va a ser un año crucial para mí y para la Fiesta», dice Victorino, mientras la última vaca, que estuvo en el ruedo más de cuarenta minutos, hace de preámbulo a la lluvia.

En la finca de Victorino da la sensación de estar en la casa de todos. Un lugar común en el que habita el amor al toro, así lo manifiesta después del almuerzo, al calor de la lumbre, «en la Fiesta de este siglo hay que buscar al toro y la verdad del rito. Mucha gente valora al animaldesde fuera y nosotros no sabemos explicarlo. La corrida de toros es una recopilación cultural brutal. No es por casualidad que la lidia tenga tres tercios. En tu vida, en la mía, también pasamos por esos tres tercios. Cuando naces y te dan por todos los sitios; después llega un momento en el que te paras, tomas aire y llegas a la última etapa, y cada uno se define. Hay quien se va los medios y otros esperan en tablas. El toreo es una forma de entender la vida. A los animalistas les diría que nos importa tanto el toro que lo tomamos como ejemplo de nuestras vidas. El resto de los animales que el hombre explota, que son muchos, no nos importan nada sus vidas. Queremos leche de la vaca y cuando no da se sacrifica aunque esté en su plenitud; del ternero queremos buena carne, pero nada más y así con todas las especies. Ni hablo ya de la gallina o el conejo. A nosotros nos importa la vida del toro y por eso nos obsesionamos con darle lo mejor. Es el referente, el rito, lo sagrado, hay que respetarle su sitio, no se le puede desmitificar», insiste Victorino.

Las horas pasan, cae la noche, noche desapacible de invierno, pero en el campo, y cuando se habla de toros, se borran los límites del tiempo. «Si este espectáculo sigue vivo a pesar de los malos gestores que somos es porque es un rito con una fuerza brutal», apunta el ganadero. Y el campo es la meca de la bravura, el paraíso del toro. La leyenda de Victorino vuelve. Sigue. Se mantiene. Ahora las figuras le reclaman. No va a ser un año más.