La mejor serie de HBO es una crítica al poder

En su segunda temporada, la mejor serie actual de HBO sigue siendo un retrato a la vez hilarante y pavoroso de las altas esferas de poder

Toda la familia se mantiene expectante e intenta ganarse el favor del magnate para heredar su imperio
Toda la familia se mantiene expectante e intenta ganarse el favor del magnate para heredar su imperio

En su segunda temporada, la mejor serie actual de HBO sigue siendo un retrato a la vez hilarante y pavoroso de las altas esferas de poder.

Desde que «Juego de Tronos» llegó a su fin, en HBO han tratado de colocar «Succession» como su nueva ficción de cabecera. Puede que a primera vista ambas series no parezcan tener mucho que ver; después de todo, en una había dragones y zombis y la otra toma su trama del tipo de intrigas financieras que aparecen en la Prensa. Sin embargo, comparten un enfoque central: la familia y la construcción de imperios. En todo caso, no son sus respectivos géneros los que las distinguen. En el fondo, «Succession» hace lo mismo que su predecesora –recordarnos que la gente corriente no somos más que peones en los juegos que enfrentan a los poderosos, y que los poderosos son seres terribles–, pero lo hace muchísimo mejor y con más profundidad y claridad y sentido del humor, y negándose a plegarse a la audiencia como sí lo hacía «GOT». Es una serie fascinante, que mezcla el thriller corporativo y el melodrama y la sátira demoledora para desvelar el vacío moral que se crea cuando aquellos que lo tienen todo se creen con el derecho de no rendir cuentas por nada.

Mediático magnate

En su título se plantea directamente su dilema narrativo central: ¿a cuál de sus hijos legará su corona el magnate mediático Logan Roy (Brian Cox)? Sin embargo, aquí el concepto de sucesión se refiere también a la tóxica disfunción que se ha transmitido de generación en generación. Hay tanta riqueza y tanto trauma en el seno de la prole que las reuniones entre sus miembros son cruentas batallas que ganar. Y la segunda temporada deja aún más claro hasta qué punto los descendientes, los asesores, los empleados, los medios y hasta la salud política de más de una nación se pliegan frente a los deseos de un octogenario tan hambriento de poder que preferiría morir antes que dejar que alguien le diga lo que tiene que hacer. El viejo se ha pasado la vida adiestrando a sus cuatro hijos para que se peleen entre sí por su aprobación e incluso ahora que son adultos, los vástagos no pueden parar. Puede que a ratos odien al patriarca y hasta sus propias vidas, pero aman el lujo y lo chóferes y no tener que tratar con el mundo real. Les encanta vivir cerca del trono. La nueva temporada es menos divertida que la primera pero más urgente e impactante, e incluye más momentos que hacen al espectador sentir náuseas mientras se pregunta por qué son los Roy de esa manera y cómo pueden ser tan proclives a la humillación activa y pasiva.

Sin embargo, cuanto más tiempo pasamos con ellos más fácil se hace entenderles. Son personas dañadas, gente rota, y la serie no pierde eso de vista nunca aunque, por otro lado, se niega a suavizar sus contornos o a caer en moralismos o didactismos o grandes proclamas, o a preocuparse por la perezosa necesidad que el público a menudo tiene de un personaje con el que identificarse. Y eso exime a sus guionistas de la obligación de favorecer a ciertos personajes o traicionar la complejidad de otros para complacer a la audiencia. Y, pese a ello, es imposible verla sin sentirse cautivado y absorbido. Pero, ojo, las contusiones que hacerlo causan en el alma son increíblemente dolorosas.