Las maras, una guerra sin nombre

En «Clandestino», que hoy estrena DMAX a las 22:30 horas, David Beriain explora las bandas pandilleras que ponen en jaque al Gobierno y a la población civil de El Salvador

Un miembro de una mara, fuertemente armado, que aparece en el reportaje de hoy
Un miembro de una mara, fuertemente armado, que aparece en el reportaje de hoy

En «Clandestino», que hoy estrena DMAX a las 22:30 horas, David Beriain explora las bandas pandilleras que ponen en jaque al Gobierno y a la población civil de El Salvador.

«Es una historia sobre un Estado fallido, la falta de justicia y la venganza». Así describe David Berain la situación en El Salvador, donde las maras, o bandas de pandilleros, crearon hace décadas «una organización terrorista», así la califica, «que extorsiona, secuestra y asesina a miles de personas cada año y oculta los cadáveres en fosas comunes porque si no hay cuerpo, no se puede demostrar que lo han matado y así evitan ir a la cárcel». Hoy, en DMAX, a las 22:30 horas, se estrena el primer reportaje de «Clandestino» sobre la violencia que ejercen. Según la Policía Nacional Civil del país, en 2016 se registraron 5.278 muertes violentas y 3.330 desapariciones perpetradas por las tres organizaciones más importantes –la Mara Salvatrucha 13, Barrio 18 Sureños (M-18) y Barrio 18 Revolucionarios–, que suman cerca de 70.000 miembros (13.000 están encarcelados).

¿Qué se está haciendo ante estas situaciones de impunidad? A través de numerosos testimonios de autoridades locales, policías y familiares de víctimas, Beriain ha constatado que «hay colectivos que se han organizado en grupos para asesinar a los mareros, ya sea para desquitarse de la muerte de uno de los suyos o para salvar sus vidas».

Es una guerra a la que no se le pone nombre porque nadie admite que exista. Sin embargo, como apunta Beriain, «El Salvador es un país dividido en muchas fronteras invisibles que están en los barrios de las ciudades, tras las cuales se encuentran las maras ejerciendo el control».

Éstas tienen su origen tras la guerra civil (1980-1992). A principios de los 90, muchos salvadoreños, se calcula que tres millones, inmigraron a Estados Unidos, donde se encontraron con una sociedad que les rechazaba. Era el camino más recto para llegar a la marginalidad y a las pandillas organizadas que campaban a sus anchas, sobre todo en Los Ángeles. «Ya existían, aunque no con la misma estructura, desde los tiempos de Al Capone, que en los años 30 se rodeó de jóvenes latinos para que hiciesen pequeños trapicheos».

Modo de vida

Año tras año, las distintas administraciones estadounidenses han expulsado a salvadoreños. En 2016, la cifra fue de 524; el pasado año, 1.200, por su supuesta conexión con las pandillas. «Regresan y comprueban que el país no tiene nada que ofrecerles, por lo que la delincuencia sigue siendo su modo de vida», explica Beriain, que entrevistó a un miembro de la Mara 18 para «el que la pandilla es la única forma que tienen de sobrevivir en el barrio». Este joven, cuyo rostro siempre aparece tapado en el reportaje, le cuenta cómo los asesinatos que cometen tienen su propia interpretación. «Si decapitan a alguien quieren demostrar su barbarie y el afán de notoriedad dentro de la pandilla. A veces con un cuchillo dibujan en la frente un número en caracteres romanos, como XVIII, que simboliza a la pandilla 18», explica. El pasado viernes, el presidente del Congreso de El Salvador, Guillermo Gallegos, anunció que impulsaría una reforma constitucional para aplicar la pena de muerte a los pandilleros. Pero según Beriain, «les están echando un pulso que no tendrá consecuencias porque el sistema no funciona».