Putin ya ha cumplido su amenaza

«Occupied», cuya segunda temporada ya está disponible en Movistar+, es una distopía sobre la ocupación rusa de Noruega.

Eldar Skar, en la piel de Hans Martin Djupvik, en una escena de la segunda temporada
Eldar Skar, en la piel de Hans Martin Djupvik, en una escena de la segunda temporada

«Occupied», cuya segunda temporada ya está disponible en Movistar+, es una distopía sobre la ocupación rusa de Noruega.

Las series nórdicas no son exactamente como los muebles de Ikea. Pueden compartir su funcionalidad –estén donde estén casi siempre quedan bien– y minimalismo (en su planteamiento argumental hay pocas cosas superfluas), pero sus ficciones son más duraderas y de una calidad sobresaliente. Ahí están «Borgen», «Broen» y, ahora, la segunda temporada de «Occupied», que ya está disponible bajo demanda.

A los que les gusten las series políticas, que sepan que hay vida más allá de «House of Cards» y «Veep» y, aunque éstas sean mucho más impactantes y vehementes, lo que ofrecen los nórdicos es una perspectiva que se aleja de lo obvio y, sobre todo, una austeridad temática y formal que engancha, por el aparentemente distanciamiento con el que tratan los problemas.

Detrás de esta producción noruega está Joe Nesbo, un escritor de novela negra que vende libros como churros sin hacer demasiadas trampas para contentar a los lectores más elementales. Con «Occupied» sucede exactamente lo mismo: pocas cosas se me ocurren más estimulantes que el país sea ocupado, aunque no de manera explícita, por Rusia a cuenta de un gobierno del partido verde que amenaza con cambiar el mapa geopolítico al descubrir una nueva forma de energía que sustituiría al gas –¿recuerdan las hostilidades entre la administración Putin y Ucrania? Pues eso– y al petróleo. En la primera temporada provocó algunas ronchas en su país porque, en cierta manera, evocaba la ocupación nazi y, lo más significativo, ese colaboracionismo del que todavía hablan con la cabeza baja.

Múltiples registros

En la segunda entrega, ya establecida la premisa, se entra de lleno en la política local con tres ejes: la primera ministra y el gabinete que la rodea, el gobierno en el exilio y la resistencia. En principio persiguen lo mismo, salvaguardar la identidad e independencia de Noruega, el problema es a qué precio sin dejar de subrayar que pueden perder mucho tiempo boicoteándose los unos a los otros.

Lo más destacable es la sensación que transmite en sus capítulos: es una distopía política que, sin embargo, parece muy probable. El espectador puede tener una sensación de inmediatez como si algunas imágenes saliesen del último informativo que se haya visto y, que un reportero avezado haya introducido una cámara allí donde se desarrollan los movimientos políticos que, en el caso de los nórdicos, siempre dan la impresión de que son jugadas de una partida de ajedrez, dados sus movimientos tan precisos como silenciosos. En un reparto sin estrellas mundiales, lo mejor que se puede decir de él es que la escuela nórdica interpretativa también debe merecer la consideración de la audiencia. Más pulcros y convincentes no pueden ser.