Descubre el Iceberg Valley, la ruta que atraviesan los gigantes de hielo camino del Atlántico

Desde Ferryland, Canadá, es posible contemplar uno de los espectáculos más grandiosos de la naturaleza.

La gente observa el primer iceberg de la temporada a su paso por la localidad canadiense de South Shore.
La gente observa el primer iceberg de la temporada a su paso por la localidad canadiense de South Shore.

El arte de observar

Es conocida la práctica de observación de aves. El forofo se esconde entre los arbustos, vestido de camuflaje como lo haría un guerrillero en el momento previo a la emboscada. Quieto, apenas respira. Cada murmullo del bosque, el chasquido de una rama, el brusco contacto de una hoja contra el suelo, se le antoja al hombre camuflado como un cañonazo ensordecedor. No se mueve, apenas deja su aliento empañar el viento. Y dos horas, tres, un día más tarde, un zorzal rojigrís que supuestamente solo se encuentran en las llanuras de Siberia hace su aparición triunfal. Picotea entre las hojas caídas, sacude sus alas. El observador ya no se atreve a respirar. Lentamente saca su cámara, aprieta el botón como poseído veinte o cien veces, el zorzal rojigrís estira el cuello y vigila el entorno con rigidez, descubre al hombre, el zorzal rojigrís vuela cacareando y se acabó la aventura.

La observación de aves comprende una paciencia y capacidad de camuflaje que no todos poseemos. Pero no ocurre lo mismo con la observación de icebergs. Estos colosos de un millón de toneladas no nos temen, es más, nos descubren espiándolos y apenas si se inmutan. La observación de icebergs reduce al hombre a su tamaño original, un tamaño tirando a pequeño frente a los gigantes de la naturaleza. Cruzan el mar oscuro con su parsimonia habitual, como una vaca mansa los prados gallegos, y nosotros los humanos podríamos ser la mosca cojonera que la mira desde el suelo.

De abril a septiembre, visita el Callejón de los Icebergs

Al igual que todos los estilos de observación, el de icebergs tiene su propia época del año, que es precisamente esta época que corre ahora. Desde abril hasta septiembre, los grandes bloques de hielo que componen el Ártico se desgajan de su fuente principal, se alejan hemisferio abajo a velocidad de crucero y lentamente se deshacen en algún mar lejano, o encuentran la corriente que les lleve de vuelta a casa y regresan al punto de partida.

Un iceberg frente a las costas de Groenlandia

Y otra vez, como ocurre con cualquier estilo de observación, existen puntos especializados en el avistamiento de icebergs. Hablamos de icebergs grandes, a nivel profesional, de los que hunden barcos y causan terror sin inmutarse. De los que nos hacen parecer moscas cojoneras, precisamente. El mejor sitio para avistar icebergs se encuentra en Ferryland, una pequeña localidad de Terranova al oeste canadiense. Cuenta con una vista privilegiada del Iceberg Alley, el “callejón de los icebergs”, una corriente marina que desciende desde el Ártico hasta el Atlántico Norte. Arrastra consigo criaturas marinas en busca de una vía rápida que les lleve a aguas más cálidas y una media de 600 icebergs al año. 600 pedazos de hielo en bruto tallados por el viento gélido del Polo Norte. Fue precisamente uno de estos 600 pedazos que se dejan arrastrar, allá por abril de 1912, el que desgarró el costado del Titanic para después continuar su camino corriente abajo.

En la costa de Ferryland puede uno sentarse y ver pasar los gigantes de hielo sin miedo a asustarlos. Nos hacen sentir pequeños como hacen las montañas, una pequeñez reconfortante y producto del asombro. Y ellos nos miran al pasar pero no les importamos demasiado.