Viajes

Objetivo La India: encontré mi patria lejos de casa

Tras alcanzar Ulán Bator y dejar atrás a sus compañeros de ‘Chavalería Ligera’ (y a ‘La Merche’), el siguiente paso es llegar al país del contraste y el color

Tras alcanzar Ulán Bator y dejar atrás a sus compañeros de ‘Chavalería Ligera’ (y a ‘La Merche’), el siguiente paso es llegar al país del contraste y el color

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Roberto y yo compartimos un cigarro sentados en la acera. Cerca de nosotros, su hijo Jason vigila el caballo, blanco y cabizbajo tirando del carruaje descolorido. Hoy sigue haciendo calor, otra vez de vuelta en Manila tras una semana de ensueño en Palawan.

- ¿Hay turismo en la ciudad?- pregunto a Roberto.

Echa el humo apresurado antes de contestar. Me devuelve el pitillo y baja la vista al suelo.

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- Poco. Todos van a las islas.

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Claro, las islas. Estas últimas dos décadas han supuesto una verdadera explosión del sector turístico en el país, que ha pasado de los 800.000 visitantes en el 2000 a más de siete millones en 2018. Nada frena la avalancha de occidentales y japoneses en su carrera hacia la playa, ni siquiera el recrudecimiento del conflicto armado contra el cansino Estado Islámico, ni los secuestros, ni las guerras de narcos. Son siete mil islas, alguna escapará del vicio de la violencia. Claro que nadie acude a Filipinas realmente, si excluimos el plano puramente físico. Van a a playa. Van a bucear con tiburones ballena, tomar el sol cerca del mojito, espantar a los mosquitos y alquilar pequeñas motocicletas por precios irrisorios. Van a arrancar unos días de bien merecido descanso tras cincuenta y dos semanas de duro trabajo en la oficina. No, Filipinas es simplemente un nombre. Bien podrían haber ido a Cartagena o Nassau, si los billetes hubiesen salido menos caros.

Yo también quise adentrarme en esta faceta turística que tanto gusta, y como Filipinas me pillaba cerca, no me lo pensé demasiado y alquilé un AirbNb en la isla de Palawan, que se dice es una de la más turísticas del país. Sin embargo, tomé precauciones. En vez de buscar mi alojamiento en la zona norte de la isla, cerca del Nido (una hermosísima playa con espectaculares puestas de sol y asediada por resorts, que con solo teclear su nombre en Google obtendremos cuanta información deseemos sobre ella), miré más al sur, cerca de la pequeña ciudad de Narra. Si me disponía ir al paraíso, no estaba dispuesto a permitir que las sombrillas me lo taparan.

Encontré el paraíso en Surya Beach, vacío de ruidos innecesarios. Esta es una playa muy pequeña, a la que tuve que acceder tras conducir dos horas por carretera y otros treinta minutos por un camino de barro maquiavélico. Botando entre los charcos con cuidado de no desmadejar mi pequeño Toyota, flanqueándome campos de arroz inundados, serpenteando y derrapando para no impactar contra los somnolientos búfalos de agua, experimenté un agradable flashback del Mongol Rally, y casi podía escuchar a Pacho murmurar: Alfonso, la Merche no es de goma... cuida más la suspensión. Encontré el paraíso vacío. Al final del camino se abalanzaba la playa y junto a ella dos bungalows, tres perros y una hamaca atada entre dos palmeras. Nada más. Casi no había ni viento, casi ni existía el mar. El mar era todo, tanto que desaparecía bajo sus propias olas, inundando la arena blanca con su presencia, troceando y escupiendo los corales a mis pies. Sin creérmelo del todo, me acerqué a la orilla seguido de cerca por los hocicos desconfiados de los perros. La espuma estallando en la arena recordaba a las nubes una tarde de verano, nerviosos cangrejos ermitaño cavaban sus guaridas cerca del agua, como sacerdotes del dios azul. Aquellos perros no guardaban dos bungalows desconocidos. Eran como las tres cabezas del Cancerbero, vigilando feroces una tierra que no debería ser pisada por nosotros los mortales.

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Claro que no pasé una semana sin salir del paraíso. Me habría cansado de él antes de que pasasen tres días. El paraíso es demasiado callado para quien acostumbra a zambullirse diariamente en lo desconocido, y debo reconocer que para cuando regresé a Manila, una parte de mí deseaba muy profundamente prenderlo fuego. El sol subía y luego bajaba, las palmeras se balanceaban. Sí, sí, muy bonito. Pero había una isla por investigar.

Armado con una espantosa gorra morada que compré en Uzbekistán y la batería de mi cámara cargada, planeé una serie de incursiones por el selvático territorio de Palawan. La isla es de un tamaño considerable, era imposible investigarla entera, así que centré mis esfuerzos en la zona sur. El agradable desconocido. Traqueteé mi cochecito por caminos de tierra y zonas que no salieran en los mapas, cuidándome mucho de encontrarme con ningún europeo que mitigase mi sensación de aventura. Y lo logré: pasé una semana en Palawan, isla turística de Filipinas por excelencia, si ver un solo europeo. Fue todo un logro.

En una esquina de esta maravillosa isla encontré un resort descomunal, regentado por una mujer muy animada llamada May, que en tiempos más jóvenes había trabajado para una compañía petrolera. Luego ahorró y decidió abrir un resort en Palawan. Su único error fue comprar el terreno antes siquiera de visitarlo, en la zona sur de la isla, entonces era bastante habitual que estuviese completamente vacío. Cuando lo encontré, girando aleatoriamente por las curvas de carretera, caía una lluvia fina y desganada, atrancándose en los trozos de pintura descolorida de sus tejados, cayendo, gota a gota, en un suelo abandonado. Entré dudando si se trataba de una propiedad privada o un hotel, y May se lanzó a mis brazos ofreciéndome habitación y almuerzo. Acepté solo el almuerzo, un pescado con salsa agridulce acompañado por arroz frito y, probablemente, el mejor pescado con salsa agridulce acompañado por arroz frito que haya probado nunca. O vaya a probar. May se sirvió una cerveza y se sentó a charlar conmigo mientras devoraba mi plato. Hablamos de todo un poco, su vida, la brevedad de la mía, los errores, remedios naturales para curar el dengue (beber mucha agua)... y cuando me fui a despedir, insistió en reabastecer mi botiquín de medicinas, regalándome ibuprofenos para tumbar un elefante. Por si acaso no te basta con beber mucha agua, dijo acompañándome al coche bajo su paraguas.

El resto de mi semana en Palawan fue simplemente la continuación de un sueño. Cogí un avión en Puerto Princesa y aterricé nuevamente en Manila. Al día siguiente, doce de octubre, di un paseo por el casco antiguo de la ciudad. Me pareció importante, siendo español y sobre todo en el día señalado, conocer este pedazo de historia nuestra, y evitar que el viaje a Filipinas se convirtiese únicamente en una excursión a la playa. Era importante honrar la tierra que pisaba. ¡Pero al entrar en los intramuros, tampoco estaba en Filipinas! Magallanes, Legazpi, Santo Tomás, Recoletos, Postigo, Maestranza, Santa Lucía... ¡Caminé apenas unos metros y volvía a estar en casa! A cada tuerce de mirada, encontraba iglesias y edificios españoles, carteles en mi idioma, cuadros de nuestros héroes nacionales posando orgullosos junto a cruces y banderas rojigualdas. Allí estaba la Iglesia de la Inmaculada. El fuerte de Santiago. O al menos lo que quedaba de ellos, gracias a la sutil estrategia militar del General McArthur en la reconquista de Manila, que impaciente por cumplir su juramento (¡volveré!), efectuó un bombardeo intensivo en la bahía y se llevó por delante a cien mil filipinos y todo el patrimonio histórico de la ciudad. Donde antes se alzaba la escuela de Santa Isabel, ahora lo ocupa un cartel recordándola, y junto al cartel, un KFC.

Edificios de piedra gris con jardines de musgo decorando los ladrillos, tiendas de souvenirs y característicos edificios de los años treinta estadounidenses, conviven y decoran el centro histórico de una ciudad que ni siquiera las ansias de cuatro imperios han conseguido doblegar. Ni el japonés, ni el inglés, ni el español, ni el estadounidense; cada uno con sus estandartes, volvieron a sus respectivas patrias habiendo dejado un pedacito de legado. Tantos pedacitos que han formado, tan numerosos como las islas conformándolo, un mágico archipiélago que pasa de playas y batallas. El día doce de octubre, aunque estuviese lejos de mi patria, tuve el honor de indagar en las raíces de esta tan lejana. Este doce de octubre no solo recé por mi tierra, sino que pude rezar también por los hombres que lucharon contra ella, leyendo en silencio y con sincero respeto los versos de José Rizal antes de ser fusilado: “Y cuando, en noche oscura se envuelva el cementerio y solo los muertos queden velando allí, no turbes tu reposo, no turbes el misterio, tal vez acordes oigas de cítara o salterio: soy yo, querida patria, yo que te canto a ti”.

En Manila descubrí un monumento a los conquistadores españoles que la habitaron, la tumba de los hombres que murieron por expulsarlos. Uniéndolos a ambos, héroes inmortales de dos nobles bandos, encontré lejos de casa la patria que andaba buscando.