Vacaciones

Objetivo Mongolia: la última calentada

Cinco amigos que se hacen llamar «Chavalería Ligera» forman un equipo de aventureros que comenzaron el 17 de julio el mayor reto de sus vidas recorriendo gran parte del mundo a lomos de «Merche», la furgoneta que conducirán desde Madrid hasta Ulán Bator

Llegamos a Ulán Bator a las tres de la mañana, el 27 de agosto de 2019 | A.M.
Llegamos a Ulán Bator a las tres de la mañana, el 27 de agosto de 2019 | A.M.larazon

Cinco amigos que se hacen llamar «Chavalería Ligera» forman un equipo de aventureros que comenzaron el 17 de julio el mayor reto de sus vidas recorriendo gran parte del mundo a lomos de «Merche», la furgoneta que conducirán desde Madrid hasta Ulán Bator

Escribo sentado en la cima de alguna colina, cerca de Ulán Bator. Mis compañeros ya se han ido a Madrid y hemos donado la Merche a una ONG local para el transporte de medicinas. Estoy solo. Ahora es mi turno para encontrar nuevos compañeros hacia Nueva Delhi, descubrir otros mundos que pueda contarte a ti, lector, y con los que animar mis próximos pasos del camino. La aventura no ha hecho más que comenzar.

Los últimos días antes de alcanzar la capital mongola estuvieron poseídos por un extraño y poderoso embrujo. Fue, sin duda alguna, la etapa más complicada de un viaje que se ha alargado por 16.000 kilómetros; extraña, he dicho, también mágica. Nuestra primera noche en el país la pasamos al refugio de las yurtas, huéspedes de una numerosa familia de cabreros, y no escatimo a la verdad si aseguro que pudo ser una de las noches más estrafalarias de nuestras vidas. Aparcamos la Merche junto a un montón de boñigas de cabra, que como más tarde descubrimos se utilizan para alimentar el fuego de la yurta, yo me encerré a escribir la crónica semanal y el resto del grupo se desbancó con los niños, verdaderamente impresionados por la experiencia. Yo no acostumbro a jugar con niños, entonces me sentí a gusto en la soledad de mis palabras, quizás con la cabeza ya puesta en mi nueva etapa. Mientras escribía, la matriarca del poblado puso frente a mí diversos manjares caseros, cuidadosamente presentados en cuencos de cerámica adornada. Eran queso de oveja muy salado, yogur agrio de cabra y un sabroso té, cuya leche todavía conservaba pedazos de grasa por estar recién ordeñada. Reconozco que no estaba acostumbrado a los sabores y al principio fueron difíciles de tragar, pero tragando rápido, sonriendo forzado a la expectante señorona y queriendo agradarla, conseguí disfrutar mi lechosa merienda. Terminé la crónica y salí fuera para ver el sol ponerse, fumando un cigarro con el patriarca. Su hijo mayor no pasaba los 20 años pero del pelo le asomaban raíces blancas, y sus manos nudosas agarrando el pitillo dejaban adivinar cuarenta años de sol, viento y estepa; trabaja duro para mantener el honor de su familia.

No tardó en correrse la voz de que cinco muchachos blancos habían aparecido en una furgoneta, pegando botes entre las boñigas, y poco a poco comenzaron a reunirse los curiosos en la yurta. La matriarca supo que este era su momento para brillar, se remangó los brazos, nos empujó parloteando hacia los taburetes y con dos gritos secos puso a su batiburrillo de hijas a trabajar en los fogones. Las hijas cocinaban en lastimero silencio cubiertas por un velo, sin atreverse a levantar la mirada, y rehuían a la nuestra si les agradecíamos cualquier cosa. Puede ser complicado entender otra cultura. Quizás habríamos visto más cómodo si se hubiesen sentado con nosotros para reír y disfrutar, pero entonces no estaríamos en Mongolia, o sería la propia Mongolia quien hubiese perdido su lugar. Así funciona y así tocaba estar. La matriarca estaba sentada muy recta, pero no dudaba a la hora de levantarse y echar una mano a sus hijas si la tarea se volvía complicada, o ladrar una nueva orden, o servir la cena. La cena fue cabra hervida. Toda la cabra: torso, patas y pezuñas, cuernos, ojos, orejas, estómago y pulmones, grasa blancuzca... Hervía muda en un enorme puchero de latón, sobre sus propias heces. Admiramos un aprovechamiento tan esmerado del producto, digno de envidiar para cualquier ecologista, porque también acabamos usando su leche para el té. El té, que no faltó en esta fiesta. Jamás pensé que existiría una borrachera de té, pero al sexto o séptimo yo ya cantaba las baladas tradicionales como si hubiese nacido con un caballo de estepa bajo las piernas, abrazaba entusiasmado a quien me cruzase y hacía trucos con el mechero a la aterrorizada hija pequeña.

No sé cómo llegó la mañana, pero me descubrió abrazado al gato y sin resaca, despertado por la matriarca mientras rellenaba el fuego con las boñigas de cabra.

Viajar supone una despedida continua. Empiezas por los seres queridos en Madrid y terminas con una buena persona en Guinea Bissau, y son estas últimas las más dolorosas, por haber compartido tantos momentos de felicidad que nunca volverás a disfrutar. También tuvimos que despedirnos de esta maravillosa familia ganadera insertada en algún punto perdido de la llanura, hasta el nunca jamás. Aunque, ¡quien sabe! En casos como éste gusto de soñar que volveré a su abrazo algún día, y encontraré a la chiquilla asustada por mi mechero convertida en una reconocida doctora, o cuanto menos en una poderosa matriarca, hábil en la preparación del misterioso té mongol.

Continuó el camino hacia el final. Pinchamos una rueda, la cambiamos y montamos un improvisado picnic al borde de la infinita carretera. Allí podías vociferar y solo las montañas contestaban. Llegamos a un camino de tierra y fue mi turno para demostrar lo aprendido en este viaje, porque me tocó a mí conducir ciento cincuenta kilómetros por caminos llenos de arena, haciendo contravolantazos y jugando con las marchas como si fueran una pelota. El equipo se subió al techo de la Merche y me quedé solo al volante, escuchando “Whammer Jammer” a todo volumen y riéndome a carcajadas. Ignoro quién sucumbió más a la locura en aquél momento, si ellos tragando polvo y tomando el sol durante esa carretera infernal, yo compitiendo contra pilotos fantasma y derrapando una furgoneta por la estepa, o si todos nosotros, por llegar a Ulán Bator con una furgoneta del 89.

Pinchamos otra rueda, la cambiamos. Pacho metió primera, aceleramos. La puerta corredera se cerró para no abrirse nunca más y se cayó la estantería de los libros. La Merche agonizaba.

Y llegó la última etapa del viaje, esta vez de verdad. La última etapa, la última calentada. Salimos de Bayanhongor a las cuatro de la tarde, cuando todavía quedaban seiscientos kilómetros por carretera vieja hasta Ulán Bator, y ya nos negamos a frenar hasta llegar. No hubo paradas, nadie apeló a la vieja cordura y pidió descansar. Cuando solo faltaba un kilómetro para llegar al hotel, la Merche murió, víctima de la prolongada enfermedad que venía trayendo desde su envenenamiento con gasolina en Turkmenistán. ¡Faltaba un kilómetro, nada más, y la Merche pareció no querer continuar! Pero como en las historias viejas, nuestra dama tuvo un príncipe encantador dispuesto para salvarla: Rafa. El héroe levantó de cuajo la tapa del motor y bombeó manualmente la bomba de gasolina durante ese glorioso kilómetro, hasta el parking del Sunjin Grand Hotel.

Llegamos a Ulán Bator a las tres de la mañana, el 27 de agosto de 2019. Luego dormimos.

Álex preguntó hace pocos días a Gari cómo empezaría su narración de esta aventura. Su respuesta fue tan efectiva como lo es él: apúntate el año que viene. Pero, ¿y si no puedes hacerlo? Si es imposible arrancarte los ojos y prestárselos a otro. Creo que, en ese caso, hablaría primero de la hierba extendiéndose por la enorme televisión que durante mes y medio fue nuestra ventana. Era verde y amarilla, tierna, quebradiza. Por ella pululaban miles de insectos volando atontados de la mañana a la noche y de la noche a la mañana, chocando con las luces y devorándose entre ellos. Asomaban flores asustadas por esa hierba, tan hermosas y complejas como el árbol más sofisticado, y luego las aplastaban bruscamente los caballos salvajes. A veces la horadaban profundas las raíces de los árboles; otras, la arena vencía la batalla y quedaba solo ella. Seca y desmigajada, arena solitaria.

Dedicaría muchas más líneas a la gente, su hospitalidad, tantas sonrisas gratuitas. Hablaría de las ciudades fantásticas saliendo hacia nuestro destino desde la sombra de lo desconocido. Unas nos asustaron, otras nos disgustaron; la mayoría hicieron de este viaje el sueño que esperábamos.

Probablemente escribiría sobre nuestros compañeros en la carretera, todas aquellas carreteras que atravesamos sin superar los cien kilómetros por hora y esquivando conductores kamikaze. Unas hacían como las olas por las montañas, subían y bajaban, otras eran rectas, asfalto estirado hasta el azul del horizonte. Pedregosas, llenas de agujeros, arenosas. Salvajes y sin marcar. Nuestros compañeros de carretera: ríos turbulentos, cansados, adelgazados, enrabietados. Nuestros compañeros: vías de trenes sin destino fijo (porque si no sabemos su destino, ¿por qué iban a tener alguno?). Las casitas de pastores solitarias. El amor, el mar, los nubarrones de tormenta. La naturaleza.

Hablaría tanto, que ni diez libros bastarían para explicártelo.