Objetivo Mongolia: sin estacas y dando palmas

Cinco amigos que se hacen llamar «Chavalería Ligera» forman un equipo de aventureros que comenzaron el 17 de julio el mayor reto de sus vidas recorriendo gran parte del mundo a lomos de «Merche», la furgoneta que conducirán desde Madrid hasta Ulán Bator

Ya estamos en Estambul. Tras diez días exactos de traqueteo con la Merche, la hemos alcanzado: Bizancio, Constantinopla, Estambul; la capital de dos imperios, que se extiende como una alfombra de colores durante la frontera que separa Asia de Europa. Puedo ver Asia brillar ahora, frente a mí, al otro lado del codiciado Bósforo. Mañana cruzaremos el túnel de Eurasia y nuestra aventura comenzará realmente, los verdes del este europeo cederán ante la mano dura del calor y la piedra desnuda. Habremos alcanzado un cuarto de nuestra travesía y lo mejor estará por venir.

Todavía no logramos acostumbrarnos a la velocidad del viaje. Ayer estábamos en Bulgaria, antes de ayer en Rumanía... Cada cierto tiempo, siempre salta alguno de nosotros excitado: “Chavales, no sé si os dais cuenta, pero estamos en Turquía”. Entonces todos gritamos y nos abrazamos ilusionados. Es verdad, estamos en Turquía. Y hemos llegado en una furgoneta del 89.

Poco a poco vamos mejorando. A mí ya no se me resiste cuando meto quinta y Álex va desoxidando poco a poco sus conocimientos de árabe. Las barbas crecen, nuestra ropa está más sucia. Hace pocos días, el 22 por la noche, entramos triunfantes en Budapest y fuimos a tomar unas copas en Szimpla Kert, un bar de ruina ubicado en el distrito siete del barrio judío. Lo que fue concebido como un local para tomar refrigerios disfrutando de un ambiente relajado, se convirtió hace años en un destino masificado y típico para los turistas. Sin embargo, indagando entre los bebedores, charlando con ellos animadamente, descubrimos joyas de la aventura camuflándose entre los viajeros de visitas guiadas y protección solar. Mejicanos de camino a Rusia, colombianos solitarios, inglesas hippies y taiwaneses sin destino eran algunas de las especies que pululaban, como nosotros, por este antro de luces, música ensordecedora y sabor a libertad. Alex insistió en rebautizarlo como Isla Tortuga. Porque cogiendo una mesa de madera vieja y banquetas manchadas por el sudor, rápidamente formamos una mesa rebosante de alemanes, australianos, mejicanas y nosotros, los españoles; porque en Budapest, ciudad de piedras blancas y punto de agarre para nuestra historia, nos encontramos bebiendo cerveza con toda clase de locos sin techo bajo el que descansar la próxima noche.

La aventura, su consiguiente boca abierta en mudo asombro, amenazan con saltarnos encima en cada tramo de la carretera. En Rumanía descubrimos aterrorizados cómo a los conductores no les interesa tener visibilidad para adelantar, sino que invaden tranquilamente el carril contrario y esperan a que seas tú quien frene para evitar la colisión. Pacho tuvo que pegar un volantazo fuera de la carretera para evitar uno de estos emocionantes adelantamientos, con el consiguiente derrumbe de la neverita (que tenía hielos porque en Rumanía, Álex sí encontró hielos) sobre mi macuto. El macuto terminó empapado, la neverita caliente y Álex dándose golpes en el pecho a la que urgía parar en otra gasolinera. Pero nada de esto, ni siquiera tener la ropa empapada, impidió que Rumanía haya sido el país que más me ha gustado hasta ahora.

Todos conocemos las historias que cuentan. Hablan de hombres lobo esquivando balas de plata, seres pálidos con bocas rojas fisgoneando por ahí, fantasmas que hace tiempo se perdieron y ahora buscan la puerta de atrás... Nosotros no llevábamos ni ristras de ajo ni estacas, no nos hacen falta, y cruzamos el río Mort y la oscuras rotondas con cristos crucificados escuchando a Melendi y dando palmas. A nosotros las historias no nos asustan. Camino de Transilvania sorteando conductores kamikazes, atravesando los Cárpatos (cuyos espesos bosques nada tienen que envidiar a la selva africana y yo no podría dibujar con la parquedad de mis palabras), nos sorprendió especialmente la amabilidad de los rumanos. Nos saludaban alegremente al vernos pasar con la Merche a velocidad de crucero, apartaban sin rechistar sus carros cargados de paja para dejarnos vía libre y si preguntaban adónde vamos, echaban otro vistazo a la furgoneta y se desternillaban de risa al escuchar nuestra respuesta. Eran tan amables. Ninguno de nosotros tenía una idea preconcebida del país, porque no lo conocemos, pero tampoco imaginamos tanta amabilidad.

Llegamos a Transilvania la tarde del 24 y dormimos a los pies del Castillo de Poenari, famoso por haber pertenecido a Vlad Drácula (que significa hijo del demonio) el Empalador. Pese a ser evidente que lo restauraron recientemente, y mal, porque rebosa cemento y piedra nueva, sí es cierto que un áurea de malicia rodea todo el edificio. Las escaleras estrechas que comunican un intrincado laberinto de habitaciones, una plaza de piedra rehuyendo de la luz y su torre dominando amenazadoramente el valle, daban la impresión de que fue Drácula quien copió al cine de terror, no a la inversa. Un dato escalofriante del castillo: fue reconstruido en tiempos del temido Conde por la mano sus enemigos, los nobles boyardos. Tras invitarlos a un grandioso festín, el conde ejecutó a los nobles más ancianos y obligó al resto a cambiar de profesión, teniéndoles cargando piedra hasta que sus lujosos ropajes tornaron en harapos o murieron, lo que viniese antes. Supongo que a los supervivientes les dio jarabe de palo.

En Transilvania lo pasé mal. Resulta que, en plena noche, se me ocurrió alejarme unos metros del campamento para aliviarme y mandar unas notas de voz sin molestar a mis compañeros durmientes. Estaba completamente solo y escuché un gruñido a mi espalda. Bastó mirar de reojo hacia detrás para ver dos enormes perros lobo observándome de forma amenazante. Dos, y yo solo, sin más arma que un móvil con poca cobertura. Rápidamente caminé hacia las tiendas, sin mirar atrás. Me repetía que lo más importante es no correr. Si corro, corren ellos; si corren ellos, me cazan. Pero les oía jadear tras mis pasos y las piernas me temblaban, y las tiendas se aparecían cada vez más lejos. Finalmente llegué, me lancé de cabeza en la tienda de campaña sin lavarme los dientes ni nada y cerré la cremallera. Esperé. Los perros seguían fuera, muy cerca de mi tienda. Se intercalaban sus gruñidos con los ronquidos de Pacho y su aliento fétido olfateándome, esperando hambrientos a que yo saliese de la tienda para abalanzarse sobre mí.

Podrían ser perros del pueblo con ganas de jugar, o un chihuahua. La noche juega malas pasadas. Pero estando en Transilvania, prefiero pensar que eran lobos salvajes del Cárpatos y no arriesgar. Más vale prevenir que curar, porque ninguno en el grupo somos médico.

Pero de momento vamos bien. Mi tripa solo sufrió leves bandazos en Budapest, al desayunar un plato típico de Hungría llamado longa. Consiste en una masa de pan frito como base de nata agria con queso o carnes varias, y el restaurante al que nos llevó Pacho aseguraba que también lo servían sin gluten. Lo ponía bien claro en la carta, únicamente hacía falta pagar quinientos forintos extra para conseguirlo. Cuando lo pedí, la camarera se quedó muda y preguntó qué era el gluten; luego murmuró que no tenían de eso; se fue sin confirmar, misteriosa, y regresó a los 40 minutos con un plato para cada uno, todos con gluten. Hubimos de esperar una hora más hasta que trajeron el mío ¨sin gluten¨. No quiero ser mal pensado, pero pude ver a la camarera discutir acaloradamente con el cocinero y pasé los dos días siguientes atado al wáter.

Almacenaremos con mimo estas aventuras en nuestro recuerdo, junto con el hogar europeo y las fronteras abiertas del cómodo espacio Schengen, y durante los próximos dos días, Estambul será nuestra casa. Se trata de un descanso necesario antes de pegar el Gran Salto a Asia. El único accidente hasta ahora fue culpa mía, ayer mientras conducía. Calculé mal la altura que tenía un techo cuando paramos para almorzar y barrí la baca entera, partiendo las cinchas de agarre y arrancando exclamaciones de terror por parte de Gari. Es nuestro experto en colocación de equipo sobre la baca y pasa tiempo todas las mañanas subido a ella, achicharrándose al sol, y no le resultó agradable ver su esfuerzo desperdigarse por la carretera. Lo siento, Gari.