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Francesco Clemente, Alba por mil

El mítico artista de la transvanguardia homenajea a su musa con 40 cuadros en la galería Javier López

  • El artista italiano Francesco Clemente posa con un retrato de Alba, ayer, en la galería Javier López de Madrid
    El artista italiano Francesco Clemente posa con un retrato de Alba, ayer, en la galería Javier López de Madrid
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Gonzalo Núñez. 

Tiempo de lectura 4 min.

22 de mayo de 2017. 21:00h

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En el arte, como en la vida, Francesco Clemente funciona a golpe de intuición. «Se me da muy bien valorar las situaciones en los primeros tres minutos –explica a LA RAZÓN–; luego me pierdo, me confundo». Por eso, incluso antes de toparse con Alba Primiceri, ya supo intuirla y, de alguna manera cósmica (él, que es tan dado al tarot, al esoterismo), amarla. «Primero escuché su risa y ya después la vi». Aquello fue en los 70, en Roma. Él –aristócrata napolitano de cuna pero alma de «beatnik»– ya era uno de los exponentes más prometedores de lo que se dio en llamar la transvanguardia, y venía de vivir en la India, en Madrás: «Allí me formé en una sociedad teológica con una enorme librería esotérica. Leía desde San Juan y Santa Teresa hasta obras taoístas, budistas...». Ella era una belleza de Amalfi conocida en el teatro de vanguardia. «Éramos muy jóvenes. Me la llevé a la India y le arruiné la carrera artística», bromea Clemente.

La mujer de rojo

De aquello han pasado 40 años y contadas son las ocasiones en las que este artista «nómada» (vive un tercio del año en India y el resto en Nueva York) ha retratado a su esposa. Célebre es el cuadro que la muestra recostada con un vestido rojo y un brazalete oriental que abría su exposición en el Guggenheim neoyorquino en 1999. Pero hace tres años, Clemente comenzó a pintarla obsesivamente. «Retratos de retratos, estrato tras estrato, como si fuesen palimpsestos», explica. Figuras dobles o variaciones de color sobre una misma pose, en óleo, en pastel... En total, 40 piezas que se muestran en la galería Javier López & Fer Frances de Madrid hasta el 6 de septiembre y que la propia interesada, la mujer del artista, no conoce: «Va a ser una sorpresa. Ella no ve los medios de comunicación y me he encargado de que mis hijos no le digan nada».

–La Alba que pinta es una personalidad en movimiento, se diría que inaprehensible.

–Todo lo que hago tiene que ver con la metamorfosis, el cambio, el rechazo a los dogmas e ideas de identidad. Para mí la identidad es la continuidad de lo discontinuo, la suma entre tú y yo.

–¿La pinta a ella para conocerse mejor a sí mismo?

–He hecho muchos retratos y autorretratos y en ambos casos pintarlos no suponen confirmaciones de mi identidad, sino un modo de ponerla en duda, de la incerteza de la identidad.

–¿Qué papel juega Alba en su vida y en su obra?

–El artista es más una planta que un animal y necesita de una temperatura constante para dar flores. Ella me da esa temperatura emotiva porque el temperamento del artista es, por definición, inestable, y necesita algo que lo atempere.

Y, además, añade Clemente, es su mejor crítica, la más exigente. Y es que no poco sabe Alba Primiceri de arte. Es una de las grandes musas de la movida artística ochentera de Nueva York. Alex Katz y Jean-Michel Basquiat la retrataron; Robert Mapplethorpe y Andy Warhol la fotografiaron. De ella dijo este último que «podría ser perfectamente una espléndida ‘‘star’’»... «Y añadía que cocinaba de maravilla», comenta Clemente. Para Agnes Martin –«que era muy espartana, austera y eremita», puntualiza–, Alba era el «glamour, pero no un glamour vacío ni oportunista». En cualquier biografía sentimental del mundillo artístico del Nueva York de los 80 y 90, los Clemente ocuparían un lugar destacado.

–Pero su historia bascula entre Nueva York e India, Oriente y Occidente. ¿Cómo los pone de acuerdo?

–No lo hago. Utilizo precisamente esa contradicción para crear el espacio, porque el dilema del artista es encontrar ese hueco. Además, yo amo la contaminación.

–¿Y si tuviera que elegir?

–Vivo más en sintonía con la narrativa de la India, aunque en cuanto a América estoy de acuerdo con ese relato secreto de los fundadores: el de Emerson, Thoreau, Whitman, la Beat Generation... Es una elección mía por el nomadismo la de no tener un lugar particular para vivir y para el arte.

–Sin embargo, aunque apuesta por la pureza oriental, se ha codeado y se codea en un mundo fuertemente capitalista como el del arte.

–El dinero cuenta la historia del dinero y los artistas, la del arte. Son historias paralelas pero separadas que, a veces, se encuentran.

–Y de la transvanguardia de los 70, ¿qué queda?

–Éramos artistas que teníamos algo muy personal que decir, y lo hicimos. No era una reflexión irónica ni sociológica, sino una postura alternativa al estilo internacional. Los artistas italianos de entonces volvieron a los orígenes, abrazaron lo que eran y no bailaron el agua al arte americano.

Aquel Nueva York secreto

Frente al mundo artístico del Nueva York de los 80 que Francesco Clemente conoció (en la imagen, primero por la derecha, junto a Basquiat y Andy Warhol), «ahora el capitalismo lo ha ocupado todo; entonces el mundo del arte era bastante secreto, reservado a personas que buscaban más el placer que la prosperidad».

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