Bilbao

Diego, torero por la gracia de Dios

Espectacular Puerta Grande de Urdiales que logró la faena más emotiva de la temporada en las Corridas Generales de Bilbao

El diestro Diego Urdiales, emocionado tras cortar dos orejas a su segundo toro de la octava corrida de abono de la Semana Grande de Bilbao.
El diestro Diego Urdiales, emocionado tras cortar dos orejas a su segundo toro de la octava corrida de abono de la Semana Grande de Bilbao.larazon

Espectacular Puerta Grande de Urdiales que logró la faena más emotiva de la temporada en las Corridas Generales de Bilbao

Bilbao. Octava de las Corridas Generales. Se lidiaron toros de Alcurrucén, desiguales de presentación. El 1º, arrolla por el izquierdo, de desigual ritmo por el derecho y punto brusco; el 2º, movilidad y repetición, pero a media altura e incierto; el 3º, complicado y deslucido; el 4º, de buen tranco, nobleza y entrega; el 5º, tardo, con la virtud de humillar con clase pero a la espera; y el 6º, manejable. Dos tercios de entrada.

Diego Urdiales, de teja y oro, buena estocada (oreja); y buena estocada (dos orejas).

Sebastián Castella, de tabaco y oro, estocada, descabello (saludos); y estocada (saludos).

Miguel Ángel Perera, de pizarra y oro, estocada caída (palmas); y estocada, descabello (saludos).

Curro Romero tenía razón y Diego se derrumbó. No sabemos si al instante de hundir la estocada hasta las cintas con una verdad capaz de suscitar una hecatombe o justo después al sentir la dimensión del milagro que acababa de ocurrir ahí abajo. Matías asomó por el palco dos pañuelos blancos a la vez de buen aficionado y a la altura del acontecimiento, que eso fue, eso era. Un acontecimiento inolvidable capaz de anclarnos en el tiempo para devolvernos al presente distintos, reconvertidos. Necesitaremos del frío invierno para poner en su sitio la relevancia de la faena y mucho más para aplacar una emoción con la que poder respirar sin sentir que la congoja le ha ganado la partida a la palabra. Fue, era y será como si un siglo de misterio dejáramos atrás. Diego Urdiales fue Dios en el ruedo bilbaíno. Ese torero capaz de condensarlo todo, de glorificar la tauromaquia sin un alarde, ni medio, porque todo surgió de forma tan innata que irremediablemente nos empujó al abismo de las emociones. Y nos dejó caer, perdidos, pletóricos, angustiados, compartiendo congoja con felicidad... Fue Diego ya dueño de la intemporalidad en el toreo diestro, encajado, las dos zapatillas sobre la arena, cintura grácil y muñeca elástica para vaciar la salida del toro con tanta intensidad, detrás de la cadera, el toreo reunido, cimentado, hondo, todo una pieza, la obra indeleble. No había indulgencia en las tandas, ni grietas, perfección y armonía para abandonarse sin más. Y así una y otra vez, sin descanso, en esa búsqueda perfecta que iba tejiendo la faena de la temporada, la obra de la memoria. El Alcurrucén fue buen cómplice, tuvo la nobleza y la calidad de descolgar la cara en la embestida. Larga era la primera y según subían los números le costaba más. Algo imperceptible para el calado de la obra. Llegó el momento del natural para perder esa virginidad con esplendor, profundidad, serena entereza de quien es dueño de la pureza y rey del clasicismo. Suéñenlo una y otra vez porque lo repitió. El coloso encontraba a dos manos con trincheras y desmayados el camino para acercarse al fin. El temido fin, el broche de oro, la letanía de las temporadas en blanco, de la dureza del sistema, de la incomprensión, de esos tiempos infinitos en los que sólo la fe la mantuvo en pie. Y entonces se perfiló para entrar a matar. Todo o nada. Momento crucial. En la cruz se fundió con el toro y le prendió una estocada que superaba ya la ficción. Y molido, mientras el alcurrucén entregaba la vida a sus pies, roto el torero, perdido, mareado, exhausto encaminaba Diego los pasos de la felicidad. Se veía ahí. Todo había sido verdad. Dos trofeos. Lágrimas de propios y extraños. Colapso emocional. Guerra de recuerdos. Y tras ese fogonazo, muchos nos quedamos ahí. Anclados. Paralizados. Imposible coordinar un paso ni poner las ideas en orden, como un desdoblamiento de la personalidad. Pasaron cosas antes, incluso después. Un trofeo logró Diego nada más llegar. El estocadón lo mereció a ese toro de ritmo desigual y con la incertidumbre al acecho. Los derechazos fueron la antesala gloriosa de lo que vino después.

Solvente y en buen son fue la faena de Castella al segundo, que tuvo movilidad a media altura pero no era como para abandonarse. Efectivo el francés y buscándose con un quinto, serio, que descolgó la cara y cogió la muleta con calidad pero con una tardanza que ralentizaba el rumbo que muchos ya habíamos perdido. Complicado fue el tercer toro en la muleta de Perera y no tardó mucho el sexto en cambiar la embestida entregada y más a ras del suelo por una a media altura y en el camino de desentenderse. La verdad. En verdad. Austeros y sinceros el triunfo de Urdiales nos había arrasado. Prendidos ahí, en lo alto de las vivencias, en la cresta de la ola, el resto fue un devenir de acontecimientos a la espera de ver esa Puerta Grande que recogía la verdad de una persona, la inmensidad de un torero, y el auténtico motivo por el que la tauromaquia no puede ser jamás una barbarie. Agradecimiento infinito.

El cartel de hoy

Toros de Victorino Martín para Rafaelillo, Manuel Escribano y Paco Ureña