La familia de Blas Infante, a 40 años del 28F... y a 80 de 1940

¿Cómo se vivió el referéndum en casa del Padre de la Patria Andaluza? Cuatro décadas después del fusilamiento, el «Recreo» estaba habitado por el núcleo familiar de María Luisa, la hija mayor, pero seguía abierta para todos los descendientes directos

Proyección de Blas Infante en su casa de Coria del Río, convertida hoy día en el Museo de la Autonomía de Andalucía
Proyección de Blas Infante en su casa de Coria del Río, convertida hoy día en el Museo de la Autonomía de AndalucíaManuel Olmedo

La pregunta es, cuatro décadas después: ¿Cómo se vivió el Referéndum de Autonomía del 28F de 1980 en la casa y la familia de Blas Infante? Aquel castillete con aire andalusí, azulejos de filósofos, árabe en sus mosaicos, «sebkas», ojivas, arabescos, caligrafías del Korán, almenas, la Virgen de Guadalupe, los retablos y primeras ediciones (s. XVII) de Santa Teresa de Jesús de la que hoy, perdido casi todo el espíritu, apenas queda poco más que el chasis: hablamos del llamado «Recreo de Santa Alegría», el «Dar Al-Farah» del notario Blas Infante Pérez, fusilado sin juicio en la madrugada del 10 al 11 de agosto de 1936. La casa de aquella familia que don Blas dejó: su viuda, María de las Angustias García Parias, y sus cuatro hijos: Luisita (María Luisa), María de los Ángeles, Blasito (Luis Blas) y Alegría de las Mercedes, «Tatalía». La casa, también, que la familia Infante García fue forzada a abandonar en los primeros años de la ominosa década de los 40, cuando al fin llegó algo parecido a una «sentencia» (de muerte, claro y justificando a posteriori la aplicación del Bando de Guerra de 1936). Tal sentencia sobrevino el 4-5-1940 (Exp. 214) y fue a cargo del Tribunal Regional de Responsabilidades Políticas, con la firma de Rafael Añino Ylzarbe de Andueza (ponente), Francisco Díaz y Francisco Summers. La familia Infante García no pudo regresar a «Dar Al-Farah» hasta que abonó en efectivo aquella multa de 2.000 pesetas (de 1940) que se imponía –con efectos retroactivos– a Infante, su viuda y herederos. Esto, cuando la propiedad se valoraba en 30.000 pesetas por ese mismo Expediente 214. Para regresar a «Santa Alegría» (?) la familia reunió el dinero exigido por Responsabilidades Políticas mediante la venta e hipoteca de parte de la herencia materna de Angustias García Parias. Efectivamente: sobrina de Pedro Parias, primer Gobernador Civil en Sevilla del denominado Alzamiento Nacional, gracias a su amistad con el general Gonzalo Queipo de Llano.

“La llegada del referéndum fue seguida en escrupuloso directo por la vieja radio de cretona que dejó don Blas Infante en la casa”

Cuarenta años exactos después de aquel infame 1940, el «Recreo» estaba habitado por la familia de María Luisa, hija mayor de Infante, casada con el arrocero valenciano Francisco Navarro García y con dos hijos, que continúan vivos: María Luisa y Francisco Navarro Infante. Pero seguía abierta para toda la familia directa de Infante. Tras la muerte de Angustias García (falleció en 1954, con el alma descosida), el matrimonio formado por Francisco Delmás Japón, industrial y agricultor de Coria, y María de los Ángeles Infante había pasado inicialmente a residir en la propiedad: y a mantenerla, claro. Delmás Japón dijo adiós a este mundo en 1967, con apenas 41 años; María de los Ángeles, ya viuda, se mudó a Sevilla y le llegó el turno de residir en la casa al matrimonio Navarro Infante. En 1961, Alegría se casó y trasladó a Lora. Y en 1963, el único hijo varón, Luis Blas... había emigrado a Holanda.

En febrero de 1980, María Luisa Infante conservaba «Santa Alegría» con fervor y unción religiosos. Conservaba «todo igual»: la biblioteca, el cacharro de la emisora que tan caro costó a don Blas, sus gafas, el paño de la primigenia bandera verde, blanca y verde, el «Korán» anotado, aquel reloj «Movado» que regresó en agosto de 1936 junto a los anteojos redondeados, los mosaicos, azulejos de filósofos y del Quijote, las caligrafías y las «sebkas». La llegada del Referéndum, seguido en escrupuloso directo por la vieja radio de cretona –la misma que don Blas dejó– y por más modernos transistores acarreó una segunda buena y gran noticia para la familia: casi 17 años después de su marcha, Luis Blas Infante García, regresaba de Ámsterdam por primera vez. Y cabe agregar: comprometido absolutamente con la causa andalucista.

Ya octogenarios, el rejoneador Rafael Peralta (con cuya cuadrilla hizo el paseíllo Luis Blas Infante García) y el dramaturgo y ex novillero Salvador Távora recordaron que todo lo que hacía Blas hijo, incluso en las plazas de toros, tenía «arte, finura, un sello propio». El propio Távora (que mató al toro «Farruco», que mató a su vez al rejoneador Salvador Guardiola, en 1960, en el Coliseo Balear de Palma de Mallorca), recontaba cómo él e Infante llegaron a estoquear en un festival a un lote de los temidos toros de Isaías y Tulio Vázquez. Pero no siempre sería así. Todo iba a cambiar para el hijo de Blas Infante, que se embarcó en una rara travesía: como un viaje a otro mundo. En 1963, ese único hijo varón de Blas Infante salió con una maleta por la pequeña puerta con cancela verde que despidió a su padre en las Cabañuelas de agosto de 1936. Sin trabajo sólido y en una comarca deprimida, Infante García se iba a Holanda como última solución, tras haberse apuntado en las oficinas del Instituto Nacional de Emigración. Así recaló en Ámsterdam –tras viaje en tren con escala en Madrid–, con 230 pesetas del INE y un contrato para la fábrica de tractores Ford como «mecánico montador». De este modo, el hombre que había pisado los mejores colegios de Sevilla (jesuitas, San Francisco de Paula...) pasó a acoplarse en neerlandesas pensiones colectivas de emigrantes.

“En 1963 el único hijo varón de Blas Infante salió con una maleta por la cancela verde camino de Holanda como única solución”

Lo primero que llamaba la atención de Luis Blas Infante García era el fulgor de su inteligencia, que permitía hablar con él de cualquier asunto. Como de aquellas pensiones colectivas en los Países Bajos. «Era criminal. Si te tocaba con más emigrantes, te daban una habitación con seis personas en literas. Y para ducharnos, teníamos que ir a baños públicos. Yo terminaba en la Ford a las cinco de la tarde, luego me iba a fregar suelos hasta las diez de la noche, incluidos sábados y domingos, que me iba a los hoteles también a fregar. Encontré otro sitio cuando conocí a Mariana» (Marianne Porte, luego su esposa holandesa), contaba en «Triunfo», en 1980, a Antonio Ramos Espejo, que se desplazó a Ámsterdam para entrevistarlo.

Muy poco antes de la entrevista, el firmante también entrevistó a Blas, en su primer regreso a su tierra después de casi 17 años (ABC de Sevilla, 26-3-1980). Ahí había dicho Blas Infante García: «Soy un emigrante, un obrero nada más, un andaluz, un trabajador más de los 25.000 españoles que estamos en Holanda, un trabajador que lucha, que tiene sus ideas y que piensa en Andalucía». Sin enchufes de despachos ni sevillanas corbatas. Blas Infante García probó los tractores de la Ford –con alguno naufragó en algún canal holandés...– y fregó suelos. Hasta puso bobinas de periódicos en los talleres hasta que, a finales de esos 60, ya con toda la colaboración de Marianne Porte, pasó a vivir en Dentexstraat. Él nunca negó sus simpatías por los anarquistas, del mismo modo que su padre había venerado a Seisdedos, el mártir de Casas Viejas: el mismo Seisdedos cuyo rosal aún crece en «Santa Alegría».

Esto decía Blas Infante García, en 1975 en Ámsterdam y en 1980, en el primer regreso a «Santa Alegría»: «Yo no soy el más indicado para hablar de mi padre, sólo hablaría de un líder de fabulosa personalidad que mostró en el ‘Ideal Andaluz’ la enorme carga que aún puede arrastrar un ideario. Tal vez soy un ácrata, pero con fundamento: la política necesita mucha burocracia y la burocracia cuesta mucho dinero y crea puestos de trabajo que son improductivos. ¿A quién le suben los precios? Al trabajador. Y todos los chorizos oficiales, ilegales desde mi punto de vista, a vivir del cuento: ésos no prescinden nunca de sus ‘Mercedes’. No me siento monárquico, es un gasto de representación inútil. ¿Por qué una persona tal, porque venga de una dinastía, goza de esos palacios? Y la gente, sin poder tirar con lo que tiene, y con tanto paro... Es una canallada. El obrero tiene que pensar por encima de todo que es obrero. Pero el ser andaluz se lleva en la sangre, en ‘tós’ nuestros pueblos». En Ámsterdam y en 1975, en plena crisis internacional por los últimos fusilamientos firmados por Franco, Blas Infante García entraba dentro de sí mismo: «Sé guardarme la añoranza, la combato como sea y voy a pasarlo lo mejor posible. Tengo una filosofía rara, pero llegará: aunque no creo que yo lo vea. Es el autogobierno, ya sé que parece un lío, pero confío en que llegue». Su lema era el de su padre, el de Hércules en el verde, blanco y verde escudo de Andalucía: «Andalucía por Sí, para España y la Humanidad». «Pero sin ningún fanatismo», apostillaba Blas Infante hijo.

“Luis Blas Infante García defendió siempre que «el ser andaluz se lleva en la sangre en ‘tós’ nuestros pueblos”

Había salido de nazareno con La Macarena, por el impulso constante de Angustias García Parias («Mi madre siempre guardaba las túnicas por lo de los colores de Andalucía»), pero Blas Infante García no vacilaba en 1975 al afirmar: «La Macarena, como Hermandad es fascista al 100%. Queipo es Hermano Mayor Honorario, que tiene tela, y está enterrado en la misma Basílica. El Escorial del ‘Último Virrey de Andalucía’, como lo llamaba Manuel Barrios», legendario periodista que acabó su feraz carrera en LA RAZÓN. Después de 1980, cuando el 28F, y tras jubilarse, Luis Blas Infante García aún regresaría un par de veces. Él y Marianne se mudaron a Edam, un lugar idílico a 22 kilómetros de Ámsterdam. En la primavera de 1995, con unos flamantes 64 años, el hijo del notario Blas Infante leía el periódico allí, con su gato en el regazo. Era de mañanita. Un gran ataque cerebral lo fulminó instantáneamente, de tal forma que Marianne creyó que estaba dormido y el gato ni se movió de los brazos sin vida de Blas. Sus tres hermanas volaron a Ámsterdam para los funerales y aún regresaba por Andalucía hasta ya bien entrado el siglo XXI. A los 80 años de 1940 y 40 años después del 28F de 1980, no mucho más que el esqueleto, osamenta o chasis, permanecen de aquella casa «Santa Alegría» o «Dar Al-Farah» que María Luisa Infante cuidó y mimó. El escudo original de azulejos, Hércules, entre columnas con los leones a sus pies y con el lema de Andalucía, aureolado con el «Dominator Hercules Fundator», no es el que preside la puerta principal: exacto, la que está orientada a La Meca. Aquella bandera «infantiana», el viejo paño verde, blanco y verde, es un objeto de museo: más o menos. En 2008 murió María Luisa Infante, 13 años después que su hermano; en 2019 le llegó el turno a Távora. Rumbo a los 90 años, María de los Ángeles Infante apenas nota el paso del tiempo en una residencia que se está pagando estrictamente con su dinero, el dinero de María de los Ángeles Infante y de nadie más. La más pequeña, Alegría de las Mercedes sí razona y raciona las décadas, los años y los recuerdos en su pisito de casi siempre, en Lora del Río. Esto, cuando mejor será correr un tupido velo sobre el actual gobierno de la Junta: y cuando predicadores ultramontanos llaman a Blas Infante «zumbao islámico». Eso. Aquí y así nos repican los versos de Celaya que Paco Ibáñez cantó en el Olympia de París y de Bruno Coquatrix: «Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan decir que somos quien somos, nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno, estamos tocando el fondo, estamos tocando el fondo». A veces, algunas veces entre Coria y Puebla del Río y hasta hace muy poco, Marianne Porte, Marianne Infante a sus 88 años, aún juraba haberse topado con el halo fresco de «su» Blas, el hijo de aquel notario fusilado en 1936 y el hijo más querido de Angustias García Parias: pero a él también lo trataron como al hijo de un fusilado.

Archivo de la familia Infante
Archivo de la familia Infante

∗Alejandro Delmás Infante es periodista y nieto de Blas Infante.