Backstage y corraletas

«Los conciertos en los años setenta u ochenta en España, fuer de Madrid o Barcelona, eran un quiero y no puedo»

La organización de los conciertos ha cambiado mucho en España desde la década de los ochenta

Aquello era una cuadra en el sentido literal de la palabra. Unos minutos antes, el simpático concejal de fiestas de turno, había definido aquel espacio inmundo como «camerino» mientras que la olorosa realidad indicaba todo lo contrario. Durante buena parte de los años setenta y ochenta esta anécdota te la podían contar desde Leño, Tequila, Asfalto, Miguel Ríos, Ramoncín, La Mondragón, incluyendo Mecano, Alaska y muchos más. Era salir de Madrid o Barcelona, y por lo general, la parte más profesional de los conciertos de rock y pop en España vivía en el medievo, frente a lo que sucedía en el extranjero. Me tocó cubrir algunos de estos bolos desde dentro cuando empezaba en la radio, Medina Azahara, Obús y algún otro. Todo era un inmenso quiero y no puedo: sistemas eléctricos que sólo podían darte energía para tres bombillas, corraletas reconvertidas en improvisado «cambiador» y nauseabundos cubículos con un agujero en el suelo, que aún lucían un descomunal ñordo, con enjambre de moscas por sombrero; defecado por vete tú a saber quién o qué alienígena.

Esto era lo que la otra noche le contaba a mi amigo Mark, un promotor neoyorkino enamorado de España y que me dio cobijo en mis temporadas americanas. Al igual que ya relaté en un artículo anterior sobre la situación de las empresas del sector, por boca del gran Juan Antonio Rodríguez de «Espectáculos Mundo», el «showbusiness» en los USA va cuesta abajo y sin freno a consecuencia del puto bicho. El «Skype» que nos pegamos se tornó en charla sobre los camerinos y backstage por los que uno y otro habíamos pasado. Como promotor su lista era inmensa, pero también yo saqué mi artillería pesada: el de Michael Jackson en los bajos del campo de fútbol de Marbella, con moqueta roja postiza por todo el recorrido del príncipe del pop, y un interior decorado a un modo muy infantil. Todo el puñetero tono Viernes Santo en el caso de Prince. Las partidas de ping pong que Phil Collins se pegaba con sus compadres de Génesis en su gira de 1987. Lo simple de las estancias de Springsteen y su banda (Mark se descojonó cuando le conté como vi al Big Man Clarence Clemonds zamparse el solito un pollo asado en tres minutos). Las dos modelos uniformadas que en todo momento custodiaron el camerino de Whitney Houston en el Madison Square Garden. Los nombres sacados de personajes de los Picapiedra que Guns & Roses había colocado en cada una de habitaciones, así como de los cerros de toallas limpias, previamente lavadas tres veces (es el punto óptimo del uso sin «pelusillas» para toda estrella del rock). En el apartado «cátering», también hablamos sobre las marcas de bebida y comida más extrañas y difíciles de encontrar, que casi siempre solicitaban las figuras internacionales de paso por España. Recuerdo cuando Mark me contó hace años, que la mayoría de estrellonas del rock hacen tan peculiares peticiones únicamente para «dar por culo» –dicho esto en un cachondo spanglish–. «Don´t forget it ,Joe –me insistió Mark – el grado de estupidez de una estrella se mide según el número de gilipolleces que pida».