Los nadie

“En Nochebuena se escenificó la «Última cena» en los soportales del Arenal de Sevilla”

La Nochebuena en el Arenal de Sevilla. Foto del Twitter de @cristinapelaez
La Nochebuena en el Arenal de Sevilla. Foto del Twitter de @cristinapelaezLa RazónLa Razón

La rutina pudiera tener sabor a croquetas. En Navidad, a mantecado, alfajor, quizás mazapán. En la noria de este mundo hay quien muere de hambre y quien muere de indigestión, que escribió Galeano. Con o sin crisis, con o sin Covid, nivel de vida equivale a nivel de consumo; y calidad de vida, a cantidad de cosas que uno tiene. En verano, en la calle, hace todavía más calor. Y en invierno, a la intemperie, el frío se mete en los huesos y tirita hasta el alma. Igual, un día o una noche, sólo queda un cuerpo frío, sin manta, con un perro al lado que llore, junto a un cartón con una leyenda a boli Bic. Aquí yace Fulano de Tal, tuvo dos amores, algún amigo, varias deudas y unos calcetines a medio zurcir. En Nochebuena se escenificó la «Última cena» en los soportales del Arenal de Sevilla. La consejera de Igualdad destacó «el aumento de una partida presupuestaria que se ha destinado a Cáritas y a la Red de lucha contra la pobreza para el dispositivo de personas sin hogar». Esta partida se destinará «también para familias que tengan o tuvieran necesidades de pago de alquileres, de suministros también, por supuesto, porque es muy importante ahora la calefacción». «Iba una partida de ocho millones para estas últimas necesidades de final y principios de año, que también se aventura difícil, por lo menos en estos primeros meses hasta que podamos tener más controlada la pandemia con la vacunación», señaló Rocío Ruiz. «Se han movilizado más de cien millones del programa de la Tarjeta Monedero, el banco de alimentos y ahora estos últimos dispositivos pensando en las personas que no tienen recursos, que no tienen un hogar para protegerse ahora de esta ola de frío». La pandemia dejó las calles vacías en marzo y a los vagabundos doblemente a la intemperie. Las personas sin hogar cuentan con una semana dedicada al año, pero la cotidianidad real marca que, en un mundo donde se confunde valor y precio, divisa y corazón, alma y presupuesto, los nadie valen menos que la manta que los cubre. No son tan distintos a cualquiera. Los «intocables» de Occidente a veces nacen y otras se hacen. La casualidad es la décima de las musas. Tomaron un camino y acabaron en ninguna parte. Por encima del 30% tiene problemas con la bebida. Nómadas lisérgicos. Alcohol más frío y/o calor es una ecuación que acaba en hipotermia y, puede, muerte. Como en «Cadena perpetua», en ocasiones, los presos de la calle lo que más temen, tras el paso del tiempo, la calle, el calor y el frío, es aquello que más desean: el retorno a la normalidad. «Ese hombre se ha pasado aquí más de 50 años; no conoce otra cosa, aquí dentro es importante, culto, fuera no es nada, un viejo inútil con artritis en las manos, no podrá conseguir un puñetero trabajo. Créeme, estos muros embrujan, primero los odias, luego te acostumbras y al cabo de un tiempo llegas a depender de ellos… Eso es institucionalizarse», explica Morgan Freeman a Tim Robbins. Algo así pasa en la calle. A la sombra de la Torre de los Perdigones, la Giralda de los pobres, los sin techo juegan al billar o ven un concurso en la tele, «eternos y escondidos en la lluvia, diciéndose quién sabe qué silencios», como los versos de Benedetti. En las paredes, los carteles que rezan «Caminante no hay camino», «El pasado es un prólogo». El destino es un croupier desalmado pero la esperanza también se abriga.