«No hay que pasarse la vida haciendo cosas, hay que ser»

La arquitecta valenciana Gemma Antón se refugia en París “del ruido de la vida” haciendo fotografía y collage

Gemma Antón
Gemma Antón FOTO: La Razón

La otra cara de la pandemia se llama miedo, nació y habita entre nosotros. El virus no sólo te mata, también te ata a la oscuridad de lo que no queremos que nos pase. Porque la seguridad, aquello que tanto nos prometieron ya no es posible al 100%. Nos lo ha enseñado un bicho minúsculo que le ha dado la vuelta a nuestra vida sin dejarse ni ver. Nadie se topa por las mañanas con un coronavirus que le da los buenos días, pero sin embargo nos jode como si fuera un dinosaurio.

Gemma Antón (Valencia, 1974) no cree en el Apocalipsis, aún no han roto el séptimo sello ni tocado la trompeta el ángel, pero sí en que nadamos en una viscosa realidad a veces cierta y otras mentirosa, un juego de espejos falsos donde nos creíamos inmortales e invulnerables. “El virus ha dejado claro que no tenemos ni idea de lo que supuestamente controlábamos, de repente nos ha puesto delante de la cara la inseguridad. Te das cuenta de que no controlas nada, es un tiempo de plantearte muchas cosas y de tener muchos miedos”.

En el confort de la rutina somos felices dando vueltas dentro de nuestro gozoso laberinto, mordisqueando la rutina y la melancolía de la libertad hasta que nos dan el mazazo. “Nuestras falsas seguridades le hacen creer al cerebro que estamos seguros, esto es necesario, pero también hay un riesgo de permanecer dentro de nuestro propio circuito hasta que nos dan una pequeña sacudida. Eso no está mal, lo que sucede es que ésta ha sido demasiado grande. El efecto es el mismo que el de un péndulo, estamos en el lado contrario, igual cuando consigamos solucionar esta situación vayamos a un término medio”.

Un control que no existe, vivimos apagando fuegos que no sabemos desde dónde vienen, buscando salidas por las que no cabemos, de manera urgente y desordenada. “En cierto modo el confinamiento fue bueno, porque le dio tiempo a la gente para pensar, porque no había más remedio que reflexionar y dejar de correr. Se plantaron semillas, pero habrá que ver qué sucede con ellas en el futuro, si crecen para algún sitio porque al salir de casa nos volvimos todos locos tratando de recuperar el tiempo que habíamos perdido. Me ayudó mucho a estar con los míos, a tener más tiempo de familia”.

La rueda en la que nos han metido nos empuja para llegar a una meta que no ha sido la elegida por nosotros, a unos territorios que no deseamos conquistar, acabando con lo que para realmente vinimos a este mundo. Le dimos nuestra vida a la tecnología a cambio de una felicidad que no era la nuestra. “Vamos sobre informados, no tenemos tiempo para saber, porque la información no tiene nada que ver con el conocimiento. Hay que aprender a pararse y a no hacer nada, a tener tiempo para estar no para hacer cosas. No hay que pasarse la vida haciendo cosas, hay que ser”

En París, donde es, el tiempo también lo dedica a hacer fotografía y collage, un patio trasero donde refugiarse del ruido de la vida, donde encontrar la coherencia del caos. “Los hago para salir de la noria en la que estamos metidos, lo he utilizado más en estos meses, para tener más paz interior. En uno de mis collages físicamente cabe muy poco, pero a la vez mucho porque cada persona que los ve me cuenta algo distinto. Debe haber espacio para muchas cosas o no son muy claros (risas)”. El mundo cambia, pero de la noche al día la vida puede cambiar totalmente, pero es necesario que tomemos conciencia de los miedos. “Tengo miedo a casi todo, pero en esencia al miedo, porque luego el cerebro selecciona, pero todo es miedo. No creo que soy la primera persona en decirlo, hay que afrontarlo, porque luego engorda, engorda y ya no vemos nada.”.