Diamante sintético frente a natural ¿Es mi anillo de verdad?

Esta misma semana y, por primera vez, la Confederación Joyera Internacional acotaba con cifras reales el volumen de mercado de estas piedras creadas por el hombre. Representan entre el 0,5 y el 1,6 por ciento de la venta mundial y, aunque se les conoce como la alternativa ética y verde a las piedras naturales, generan preocupación en el sector porque se venden sin certificar y algunas a precio de natural

El diamante sintético se produce o bien sometiendo el carbono (esta gema es fundamentalmente carbono que se puede extraer hasta de la punta de los lápices) a alta presión y alta temperatura o por deposición química
El diamante sintético se produce o bien sometiendo el carbono (esta gema es fundamentalmente carbono que se puede extraer hasta de la punta de los lápices) a alta presión y alta temperatura o por deposición química

Esta misma semana y, por primera vez, la Confederación Joyera Internacional acotaba con cifras reales el volumen de mercado de estas piedras creadas por el hombre.

A través del cristal de una pequeña máquina de menos de 50 cm, y cuyo coste es mejor no preguntarse, se puede descubrir el increíble trabajo que la naturaleza ha diseñado en la estructura de un diamante natural. A través de espectros ultravioletas se ven las edades del mundo, más de 3.000 millones de años dibujados caprichosamente en capas geométricas irregulares teñidas de un bellísimo azul. Cuando en lugar de una gema natural lo que se analiza es un diamante sintético parece como si la estructura se racionalizara volviéndose lineal, exacta, reglada, perfectamente definida y de un color hasta más paliducho, con poca alegría. Entonces la magia de las edades geológicas del mundo desaparecen en la luz tenue del Laboratorio del Instituto Gemológico Español (que, por cierto, cumple 50 años en 2017). Lo que la naturaleza tarda miles de años en crear, el hombre es capaz de imitarlo en tan sólo tres semanas, aunque esa diferencia tan aplastante es la que marca la diferencia de precios entre unas y otras piedras.

El corte, el color, el peso o la claridad definen el valor de los diamantes. El sector las conoce como cuatro «C», variables tradicionales a las que hay que sumar la certificación. Este proceso se ha convertido en fundamental para la industria tradicional que se juega la credibilidad y el futuro debido a los llamados diamantes sintéticos. La Confederación Joyera Internacional (Cibjo) ha hecho público esta semana un informe que analiza los últimos datos presentados por el banco de inversiones Morgan Stanley. En sólo unos días este estudio ya se considera el más exhaustivo realizado hasta el momento, ya que en él se acota por primera vez con cifras reales el porcentaje de mercado que abarca el sintético; a día de hoy representa entre el 0,5 y el 1,6 por ciento a nivel global en términos de valor (es decir, independientemente de la cantidad de gemas). Hasta ahora sólo se conjeturaba que el porcentaje estaba alrededor de un uno por ciento, pero nadie se había atrevido hasta ahora a dar datos acotados.

El diamante sintético se produce o bien sometiendo el carbono (esta gema es fundamentalmente carbono que se puede extraer hasta de la punta de los lápices) a alta presión y alta temperatura o por deposición química. Bajo la luz ultravioleta, el primero revela unas formas de cruz y de los segundos se advierten hasta las finas capitas superpuestas, aunque verlo con tanta claridad es algo que sucede en el mejor de los casos, porque en otros las diferencias son tan sutiles y las «imitaciones» tan modernas y certeras que hay que pasar la gema por varias máquinas, por un tratamiento de nitrógeno líquido y tirar de bibliografía y consultar con colegas de todo el mundo. «El diamante puede ser sintético pero también tratado, por ejemplo cuando tienen un color poco llamativo y se les da un tono fantasía o en el caso de los blancos se les arreglan los defectos», afirma Egor Gavrilenko, director del laboratorio de Análisis y Certificación del Instituto Gemológico Español.

Los sintéticos forman parte del panorama industrial desde hace años, ya que se usan en infinidad de aplicaciones como en el corte de cerámicas o de mármol, entre otras. Otra cosa es hablar de diamantes sintéticos de calidad gema para joyería; las primeras piezas de fantasía, es decir, no blancos, están en el mercado desde los años 90 y son de por sí sospechosas, porque en la naturaleza los amarillos fuertes, los azules o los verdes son muy poco comunes. El problema es que a partir de mediados de la primera década del siglo XXI suceden dos cosas: irrumpen los sintéticos blancos, que copan el 99,9 por ciento del mercado, y lo hacen a un precio menor que los naturales. Para hacerse una idea más o menos a la mitad de uno natural. Por otro lado, el tamaño deja de ser paulatinamente un problema, es decir, que cada vez son más frecuentes las piezas de muchos quilates creadas por el hombre. La última viene de Rusia, una pieza de 10 quilates. «Ya no hay límite», señala Gavrilenko. En cualquier caso es y será la alternativa más limpia en cuanto a consumo de energía y la que menos se arriesga a prácticas poco éticas como la de la minería de sangre; minas que emplean mano de obra sin escrúpulos y cuyos beneficios financian conflictos en países como Angola, Congo y Liberia. Si bien para evitar esto existen los certificados «libres de conflictos» desde 2003.

Sin embargo, este mercado, de momento pequeño despierta en 2012 el terror en el sector, cuando el Instituto Gemológico de Amberes descubre un lote de mil piedras, vendidas como naturales, entre las que 600 eran manufacturadas. Es a partir de aquí cuando saltan las alarmas de una realidad que en el sector era conocida y de la que, sin embargo, no se había hablado abiertamente hasta ese momento. Ese oscurantismo es en parte el responsable del peligro que representa el sintético para el sector minero tradicional: «Depende del impacto que tengan en el mercado. Si la confusión sigue reinando puede afectar a la extracción, es decir, si los diamantes artificiales se cuelan confundiéndose con los naturales, el impacto en el mercado será negativo. Si hay alguna máquina que identifique claramente unos y otros y que, además sea asequible, cada uno tendrá su nicho de mercado. No hay demasiada concienciación porque no hay maquinaria», explica Gavrilenko mientras atiende a LA RAZÓN en el único laboratorio en España con la maquinaria necesaria para hacer un análisis exhaustivo.

El diamante es, a día de hoy, la única gema que carece de garantías a menos que se certifique. «El proceso de certificación sale más caro que la propia piedra cuando se trata de piezas de menos de 0,5 quilates. No se hacen comprobaciones y eso deja un porcentaje de piedras sin identificar. Un porcentaje de este 0,5-1,6 por ciento está sujeto a la estafa económica convirtiendo la protección del cliente en un detalle en manos exclusivamente del propio cliente. Dentro de este rango no hay estadísticas, no se sabe cuántos de pequeño tamaño se han declarado. Existe normativa legal internacional para las gemas, el problema es que no es de obligado cumplimiento», continúa el director del laboratorio.

Inmediatamente después del escándalo de 2012, entre 2013 y 2014, se da un verdadero boom de aparatos de análisis para mayoristas, es decir, con capacidad para analizar lotes grandes y gemas de al menos medio quilate. La última en llegar es de este mismo mes. El gigante De Beers (que cuenta con un laboratorio de producción de diamantes sintéticos desde los años 50, eso sí, para uso industrial) acaba de sacar una máquina portátil con un coste de 4.500 euros directamente para joyerías, aunque sólo es capaz de detectar un tipo de diamantes sintéticos de los dos que hay. Otra cosa que a día de hoy no es posible verificar técnicamente es el tipo de carbono con el que está hecho el diamante sintético, es decir, que si usted compra una gema hecha a partir de las cenizas de un familiar, no tiene más remedio que fiarse de la palabra de quien se la vende.

Cuando el precio marca el negocio

Éste es un momento crucial, afirman desde Morgan Stanley. «Si los consumidores se muestran indiferentes sobre las diferencias entre sintéticos y naturales y eligen en función del precio, sería devastador para el negocio de los diamantes naturales y sobrevendría, entre otras cosas, si los equipos de detección (especialmente en las tallas más pequeñas) se mantuvieran a los costes actuales y si China incrementase masivamente su producción de piedras sintéticas». Una amenaza que sitúan en un cinco por ciento pero que está ahí y que depende en gran medida de los esfuerzos de la industria tradicional por mejorar sus controles. «Las camisetas que se compra tienen un etiqueta con la composición por materiales, sin embargo, esto no se produce con estas gemas», concluye Gavrilenko.