Pesadillas, un trastorno del sueño que esconde otras patologías

Algunos expertos apuntan que uno de cada dos adultos ve alterado su descanso por los malos sueños nocturnos. En algunos casos, se presentan en la antesala de patologías neurodegenerativas como el párkinson

Algunos expertos apuntan que uno de cada dos adultos ve alterado su descanso por los malos sueños nocturnos. En algunos casos, se presentan en la antesala de patologías neurodegenerativas como el párkinson

Despertarse asustado y angustiado, con el recuerdo reciente de haber sido perseguido, o agredido, o haber sufrido una situación que afectase de manera crucial la integridad física o emocional... Las pesadillas, según algunos expertos, afectan a uno de cada dos adultos expuestos a elevados niveles de cansancio o ansiedad. «Todos tenemos sueños desagradables, hay más tendencia cuando en nuestra vida hay elementos de estrés, circunstancias y problemas adversos que ocurren en la esfera diurna», explica David Gozal, profesor de la Universidad de Chicago y presidente electo de la Asociación Americana de Tórax (ATS, por sus siglas en inglés).

Sin embargo, ante una situación que puede ser episódica hay que subrayar que hay personas que sufren de forma habitual la alteración del sueño que provocan las pesadillas. «Cuando las pesadillas afectan a la calidad de vida del paciente, ya sea por su frecuencia de aparición, intensidad, deben de ser valoradas por un especialista quien debe valorar el tratamiento y descartar patología asociada», cuenta Odile Romero, de la Unidad de Neurofisiología del Hospital de Vall D´Hebron en Barcelona y secretaria de la Sociedad Española del Sueño (SES).

Detección

Hernando Pérez, coordinador del Grupo de Estudio de Trastornos de la Vigilia y Sueño de la Sociedad Española de Neurología (SEN), manifiesta que «como cualquier trastorno, las pesadillas incomodan e incapacitan. Y en los casos más extremos, tenemos pacientes que se despiertan con esa sensación angustiosa de lo vivido en el sueño. E incluso, muchos vuelven a dormirse y continúan con el mismo contenido onírico. Y en estos casos, los pacientes desarrollan un aversión a dormirse». Romero define que «las pesadillas son más frecuentes en edad infantil, a partir de cinco o seis años, aunque también pueden darse asociadas a otras patologías de sueño (narcolepsia, trastorno de conducta de sueño REM) o stress post-traumático entre otras».

Pese a que no existe una relación directa, tipo causa-efecto, hay circunstancias en que las pesadillas se hallan vinculadas a patologías como la apnea del sueño o enfermedades neurodegenerativas, como el párkinson. «No hay una vinculación clara. Sí que sabemos que en los pacientes con determinadas patologías neurodegenerativas se desarrolla un trastorno del comportamiento en la fase REM, en el que los pacientes con párkinson experimentan alteraciones en el sueño que anteceden a los síntomas más reconocibles como el temblor, rigidez muscular...», manifiesta Rafael del Río, jefe de la Unidad del Sueño del Hospital Vithas Nuestra Señora de América en Madrid.

Lo que experimentan estos pacientes no son pesadillas al uso, sino «sueños vividos, en los que el paciente no permanece inmóvil sino que experimenta movimientos violentos que llegan a afectar a los que duermen a su lado. además, se produce una fragmentación del sueño, lo que en definitiva impide el descanso nocturno», apunta Del Río. Esto se debe a que el cerebro pasa por diferentes fases cuando duerme el individuo y su actividad es en mayor o menor medida intensa según esos momentos. Cuando hablamos de las pesadillas, se originan en la fase denominada MOR –movimientos oculares rápidos–, es decir, en el momento en que la persona se encuentra más relajado y resulta más sencillo despertarlo. Es en este instante cuando la actividad de las neuronas se parece a cuando está despierto, motivo por el cuál resulta posible realizar fantasías tan complicadas que pueden ser sentidas como parte de la realidad.

También se dan trastornos del sueño, en forma de pesadillas, en pacientes que sufren apnea del sueño. Gozal apunta que «debido a la fragmentación del sueño y a la perturbación del mismo, hemos detectado que hay casos de síndrome de apneas-hipopneas del sueño (SAHS) en pacientes con pesadillas. En niños, hemos identificado este trastorno, al diferenciarlo de otros problemas como los terrores nocturnos, que nada tienen que ver con ellas». El presidente electo de la ATS asegura que el problema del SAHS está infradiagnosticado, ya que «de forma general se apunta que hasta un cinco por ciento de la población lo sufre, pero si uno realiza estudios de campo, como el que se llevo a cabo en la población de Lausana, en Suiza, se topa con datos que elevan las cifras hasta el 30 por ciento de la población». Lo que lleva a pensar en un infradiagnóstico importante y a «que se pueda emplear la presencia de las pesadillas para su detección», añade Gozal.

Abordaje

Ante un problema de recurrencia de pesadillas que no responda a una patología asociada, como en los casos de párkinson o apneas, en los que el mismo tratamiento de la enfermedad reduce las mismas, «debe hacerse un diagnóstico correcto para descartar causas asociadas y utilizar tratamiento médico: normas higiénicas de sueño, tratamiento farmacológico y psicológico si es necesario», explica Romero. Porque hay que evitar que éstas provoquen «una disminución de la calidad de sueño, así como “miedo” a ir a dormir... con el consiguiente estado de ansiedad añadido, lo cual no ayuda nada a la resolución del problema», añade la secretaria de la SES. La consulta con un especialista es fundamental, porque recurrir a la farmacología sin prescripción puede provocar el efecto contrario. «Hay medicamentos, como la melatonina, que se emplean en casos de problemas para conciliar el sueño y que, a veces, tienen como efecto secundario las pesadillas», apunta Del Río.

«Wearables» para medir la calidad del sueño, ¿útiles?

Contar con un dispositivo que ayude a saber cómo es el descanso sirve de herramienta para saber si éste es óptimo o no. La función «Monitorización del Sueño» uno puede conocer con detalle cuántas horas duerme y comprender mejor la calidad del sueño. Pero, además –algunos modelos existentes en el mercado–, ayudan a obtener un ciclo de sueño regular, estableciendo unos objetivos medibles. Josep Morera, jefe de Servicio de Neumología y responsable de la Unidad de Alteraciones del Sueño del Hospital Sanitas CIMA, en Barcelona, apunta que « estos dispositivos pueden ser útiles sobre todo para el seguimiento del insomnio y la apnea. Sirven para crear la alerta y conseguir un abordaje precoz Para hacer un diagnóstico más preciso se requerirá practicar una polisomnografía». En este sentido, los elementos que permiten evaluar la buena calidad del sueño son: la duración (según la National Sleep Foundation, los adultos entre 26 y 64 años deberían dormir entre 7 y 9 horas); la continuidad (los ciclos del sueño deben ser seguidos, sin interrupción); y la profundidad (un sueño profundo es mucho más reparador y nos permite despertarnos con una sensación de descanso más plena). Las pulseras y los relojes inteligentes «en realidad son sensores que pueden medir movimiento y posición, e incluso temperatura de la piel, temperatura ambiente y los habrá que puedan monitorizar el ritmo cardíaco, tensión arterial, oxigenación e incluso la glucemia. En ausencia de movimiento, la pulsera inteligente lo registra como horas de sueño profundo», explica Morera. La disposición de un informe extremadamente detallado convierte al monitor en un registro de casi todos los movimientos, así como el tiempo que uno permanece despierto, y esto resulta especialmente útil para usuarios con trastorno del sueño.