Las 1.000 anécdotas más divertidas y curiosas de todos los tiempos

Una colección de preguntas embarazosas, agudezas, respuestas ingeniosas y meteduras de pata, desplantes y sarcasmos, frases lapidarias y anécdotas de todo tipo.

El escritor Gregorio Doval ha reunido en El pequeño libro de las grandes anécdotas, publicado por Alienta, una colección de respuestas ingeniosas, preguntas embarazosas, agudezas y meteduras de pata, desplantes y sarcasmos, frases lapidarias y anécdotas de todo tipo en un volumen que nos permite conocer de primera mano la condición humana.

Y es que, si los libros de historia nos explican qué ocurrió en el pasado, son las anécdotas, como el propio autor comenta en la introducción, las que “aportan el juego de luces y sombras, de brillos y velos, que termina por componer en todo su esplendor el fresco del devenir humano”.

A continuación reproducimos algunas de estas anécdotas, organizadas según el propio orden de capítulos del libro.

Gente de dinero y gente sin dinero

Honoré de Balzac notificaba a los presentes la defunción de su tío, el cual le había dejado en herencia todos sus bienes.

  • Ayer al anochecer —dijo—, mi tío y yo pasamos a mejor vida.

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El dramaturgo francés Victorien Sardou (1831-1908) dio a un mendigo una moneda de diez céntimos. El pobre se enfadó ante lo exiguo de la limosna y le dijo desafiante:

  • ¿Qué quiere usted que haga con esto?
  • Puedo sugerirle que dé esa moneda a un pobre —le contestó Sardou.

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Cierto día le preguntaron durante una comida al abogado, diplomático y multimillonario estadounidense Joseph Hodges Choate (1832-1917), que fue durante muchos años embajador estadounidense en el Reino Unido, quién le habría gustado ser, de no ser él mismo, y él respondió sin dudar:

  • Mi heredero.

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Un hipócrita tiburón de los negocios se creyó en la necesidad de decirle un día al escritor y humorista estadounidense Mark Twain (1835-1910):

  • Antes de mi muerte pienso hacer peregrinación a Tierra Santa; quiero subir a lo alto del monte Sinaí para leer en voz alta los Diez Mandamientos.
  • Podría hacer usted una cosa mejor todavía —replicó Mark Twain—: quedarse en su casa de Boston y cumplirlos.

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Un conocido en apuros económicos acudió en busca de consejo a John D. Rockefeller sénior. Su problema era que un individuo que le debía cincuenta mil dólares se había ido a Constantinopla, y él no tenía ningún comprobante o reconocimiento de deuda que le permitiera exigir su pago. Rockefeller le aconsejó:

  • Escríbale una carta reclamándole los cien mil dólares que le debe. Seguro que él le contestará diciéndole que está en un error, que no son cien mil, que sólo son cincuenta mil. Y así ya tendrá usted su reconocimiento de deuda.

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El político, científico e inventor estadounidense Benjamin Franklin (1706-1790) estaba enseñando la ciudad de Filadelfia a unos visitantes extranjeros cuando un grupo de gente extrañamente vestida pasó junto al grupo. Uno de los visitantes le preguntó:

  • ¿Quiénes son esas personas?
  • Pertenecen a una secta religiosa y se llaman cuáqueros - contestó el improvisado guía.
  • ¿Y en qué creen?
  • Creen en el seis por ciento de interés compuesto

Emprendedores y empresarios

Cuando Jean-Baptiste Colbert (1619-1683) se hizo cargo de las finanzas de Francia, hizo llamar a los principales hombres de negocios del reino. A fin de congraciarse con ellos y para ganar su confianza, les preguntó:

  • Caballeros, que puedo hacer por ustedes.
  • Le rogamos, señor —le contestaron todos a una—, que no haga nada. Déjenos que lo hagamos nosotros.

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En cierta ocasión, el inventor estadounidense Thomas Alva Edison (1847-1931) se presentó ante el presidente de una gran empresa para intentar venderle uno de sus primeros inventos: un tablero automático (eléctrico) de cotizaciones de bolsa. Llegado el momento de fijar el precio, Edison dudaba de si pedir tres mil dólares o arriesgarse y pedir cinco mil. Ante la duda, le rogó a aquel hombre de negocios que le hiciera una oferta. El ejecutivo lo consideró y le dijo:

  • ¿Qué le parecen cuarenta mil dólares?

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Durante una década el Modelo T no tuvo competidor y mantuvo la primacía de Ford en el mercado. Sin embargo, la competencia trabajó mucho en I+D, todo lo contrario que Ford, que básicamente se limitó, con muchas reticencias, a cambiar la gama de colores de la carrocería, y eso sólo hasta que, al instaurar la cadena de montaje en todas sus fábricas, se optó por reducir la gama al negro, color que secaba antes. En palabras del propio Henry Ford:

  • Cualquier cliente puede tener el coche del color que quiera, siempre y cuando sea negro.

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Ferruccio Lamborghini (1916-1993) era un próspero fabricante de tractores, máquinas de aire acondicionado y sistemas de unidades calentadoras. Dado su poder adquisitivo y sus aficiones, después de la segunda guerra mundial, adquirió varios coches deportivos, incluido uno de la marca Ferrari. Sin embargo, el Ferrari le empezó a dar problemas.

  • Mi ferrari tenía problemas con el embrague. Mientras se conducía normalmente, todo iba bien, pero cuando se intentaba ir más fuerte, el embrague patinaba al acelerar... Simplemente, no hacía su trabajo.

Como buen mecánico que era, trató de solucionar el problema por su cuenta. Y así descubrió que su Ferrari, un coche de superlujo, tenía el mismo embrague que uno de sus tractores. Como es lógico, Ferruccio se enfadó porque entendía que un modelo deportivo como el Ferrari necesitaba piezas de mayor calidad que las que usaba un modesto tractor agrícola. Intentó arreglarlo, pero el problema con el embrague no desaparecía, por lo que Ferruccio decidió hablar directamente con Enzo Ferrari. La conversación no fue por buenos derroteros y acabó con Lamborghini diciéndole a Ferrari:

  • ¡Tus coches son una basura!
  • Lamborghini —respondió de muy malos modos Ferrari—, usted puede ser capaz de conducir un tractor, pero nunca será capaz de conducir como debe ser un Ferrari.

Ferruccio se sintió insultado. Tanta fue su impotencia y rabia que se juramentó para darle una lección a Ferrari y fabricar por su cuenta un coche mejor que cualquiera de los suyos, demostrándole de paso que los supercoches no deberían de ser tan poco fiables como eran los Ferrari de entonces.

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Una vez se le preguntó a Steve Jobs cuánta investigación de mercados había hecho para decidir el lanzamiento del iPad. Su respuesta fue:

  • Ninguna. No es el trabajo de los consumidores saber qué es lo que quieren. Es difícil que los consumidores te puedan decir qué quieren cuando nunca han visto nada ni remotamente parecido a lo que les ofreces.

Clientes y empleados

En 1981, Jan Carlzon (1941) se convirtió en presidente de la compañía aérea Scandinavian Airlines Systems (SAS), y en un año condujo a la compañía, que tenía unas pérdidas de 17 millones de dólares, a obtener unos beneficios de 54 millones de dólares. ¿Cómo lo hizo? Pues dando un vuelco completo al organigrama de la compañía y poniendo a la gente que hasta entonces trataba con los consumidores al cargo de la gestión de la empresa, y al resto de los empleados a su servicio.

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En una acción promocional a la que sólo se le suponían ventajas, la compañía aérea estadounidense Eastern Airlines introdujo un descuento del 50 por ciento en el precio del billete de avión para las esposas que acompañasen a sus maridos en sus viajes de negocios. La campaña fue un éxito, hasta que a alguien se le ocurrió que quedaría muy bien ofrecer en la publicidad algún testimonio de las esposas que hubiesen utilizado este descuento, así que mandaron cartas a todas ellas, pidiéndoles que, con el incentivo de un premio, escribiesen una breve nota sobre su experiencia. Sin embargo, el inesperado resultado fue que estuvieron mucho tiempo recibiendo cartas preguntando: «¿Que viaje?».

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Durante la primera década del siglo xx —mucho antes de que hubiera expertos en eficiencia—, a alguien se le ocurrió que sería bueno motivar al personal colgando carteles por toda la oficina en los que se leyera: «¡Hazlo ya!». El jefe de un gran negocio compró un gran número de estos carteles contra la procrastinación y los colgó en muchos sitios estratégicos de sus oficinas, para que los viera su numeroso personal. Unos pocos días después, los resultados comenzaron a notarse: el cajero desapareció con veinte mil dólares, el jefe de contabilidad se fugó con su secretaria, tres oficinistas pidieron un ascenso y el chico para todo de la oficina se marchó al Oeste como salteador de caminos. Todos lo hicieron «ya».

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En noviembre de 2000, Merv Grazinski, de Oklahoma City, se compró una autocaravana marca Winnebago. En su primer viaje por autopista, seleccionó una velocidad de crucero de 120 km/h y, absurdamente, dejó el volante y se fue hacia la parte de atrás a prepararse un café. A nadie, salvo a él, le sorprenderá el hecho de que la autocaravana se saliera de la carretera y colisionara. Contrariado por el accidente, Grazinski denunció a Winnebago por no advertirle en el manual de uso de que no podía hacer eso. Lo realmente sorprendente fue que recibió una indemnización de 1 750 000 dólares, más una autocaravana nueva. Desde entonces, Winnebago advierte de tal circunstancia en sus manuales, no vaya a ser que algún otro imbécil compre uno de sus vehículos.

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Un joven presentó su candidatura a un trabajo en una agencia de publicidad. Tras analizar atentamente su currículum, le dijeron:

  • Su currículum está lleno de incoherencias, medias verdades y completas mentiras... ¡Bienvenido a bordo!

Quiebras y crisis

En 1999, Yahoo! compró por 5 700 millones de dólares Broadcast.com, el YouTube de su época, el site de vídeo online más grande de internet. El único problema era que, en ese momento, las conexiones eran demasiado lentas para que la gente viera vídeo online.

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La centenaria compañía Eastman Kodak, que dominó el mercado de películas fotográficas durante prácticamente todo el siglo xx y desarrolló la cámara digital en 1975, decidió no invertir más en esa tecnología por temor a que socavara las ventas de su negocio de películas. Los ejecutivos de Kodak no previeron la obsolescencia de la película; sólo cuando comenzó a decaer su uso, en la década de 1990, la empresa trató de recuperar el empuje en la tecnología digital. Pero sus competidores (Fuji, Canon, Nikon, Sony y otros) entraron en el mercado digital con mayor rapidez y decisión, y Kodak nunca fue capaz de aprovechar plenamente el producto que en realidad había inventado ella. En 2001, la compañía ocupaba el segundo lugar tras Sony en el mercado de las cámaras digitales, pero perdía sesenta dólares en cada cámara que vendía. En 2010, ocupó el sexto lugar en el segmento digital, que a su vez comenzó a disminuir con la llegada de los teléfonos inteligentes y las tabletas. Las acciones de Eastman Kodak alcanzaron su punto máximo en 1997, situándose en más de 94 dólares por acción, prueba de que a menudo las grandes corporaciones tardan varios años en deshacerse de las consecuencias de las malas decisiones. En 2011, las acciones había caído a 65 centavos de dólar por acción y la compañía se declaró en bancarrota en diciembre del mismo año.

Pifias y meteduras de pata

Durante la presentación de su nuevo producto estrella Windows 98 ante más de un millar de periodistas, al anfitrión del acto le apareció inoportunamente la famosa pantalla azul de error de sistema. El presentador se quedó mudo mientras pensaba «tierra trágame» ante las carcajadas de los presentes. Bill Gates (1955), presidente de la compañía, que se encontraba a su lado, sonrió y dijo:

  • Debe ser por esto por lo que aún no estamos comercializando Windows 98, ¿no?

Lo único que pudo añadir en aquel preciso instante el presentador fue:

  • Absolutamente, absolutamente.

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La marca automovilística británica Rolls-Royce buscaba introducir uno de sus modelos en Alemania, concretamente el Silver Mist ( «Neblina Plateada»). Sin embargo, se percató afortunadamente a tiempo de que mist significa «estiercol» o «porquería» en alemán. Desgraciadamente el remedio que propusieron era aún peor. Lo rebautizaron como Mist-Stick, sin advertir que la traducción germana de ese término era «bastón de mierda». Es lógico pensar que nadie se identificaría con un coche que transmitía unos valores, digamos, muy poco glamurosos.

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En 1978, la editorial Random House se vio obligada a repetir una tirada de 10 000 ejemplares al detectar una errata en una de las recetas de un famoso libro de cocina, ‘La cocina sin ampulosidades’, de Sylvia Vaughn Thompson (1935). En una receta para preparar un tipo de galletas caramelizadas se había omitido un crucial ingrediente: el agua. La firma editorial advertía a los lectores: «Si se siguen las instrucciones de la receta, la leche condensada puede explotar y romper la tapa de la olla a presión».

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En julio de 2010, en Massachusetts, la cadena de hamburgueserías McDonald’s distribuyó accidentalmente como parte de su menú infantil, el «Happy Meal», cinco mil condones inicialmente destinados a cubrir un programa de prevención de embarazos adolescentes. El error se debió a que la mayoría de los empleados encargados de montar las cajitas no conocían bien el inglés y, cuando vieron unos paquetes muy coloridos con la etiqueta «ribbed latex» («látex estriado»), pensaron que era el nombre del personaje de la nueva película Airbender, el último guerrero, que en esos momentos se promocionaba en McDonald’s.

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Cuando la empresa fabricante de plumas Parker puso a la venta un nuevo modelo de bolígrafo en México, sus anuncios supuestamente querían decir «No perderá tinta en tu bolsillo, avergonzándote». Sin embargo, la compañía se equivocó al pensar que la palabra castellana «embarazar» significaba (como la inglesa embarras) «avergonzar» y por eso el anuncio en realidad decía: «No perderá tinta en tu bolsillo, embarazándote».

Oportunidades perdidas

Al acabar la Segunda Guerra Mundial, cuando se discutieron las distintas indemnizaciones a los aliados, al Reino Unido se le ofreció la compañía de automóviles Volkswagen como parte del pago de compensación por todo lo destruido por Alemania en la guerra. De hecho, la empresa alemana pasó brevemente a estar bajo administración de los británicos, pero estos creían que los coches con el motor en la parte posterior no tenían futuro y que aquello sólo les daría problemas. Así que las autoridades británicas de ocupación se limitaron a hacer un pedido de veinte mil automóviles «escarabajos» para volver a poner de pie la compañía, y, en 1949, el gobierno británico cedió el control de la empresa al gobierno de la República Federal de Alemania. En 1959, la empresa producía casi cuatro mil coches al día y vendió su vehículo un millón (en 1977 ya serían más de quince millones).

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A finales de la década de 1970, IBM se proponía lanzar al mercado el primer ordenador personal de la historia y convertirse así en líder de esta nueva industria que, después de muchas reticencias, se suponía sustanciosa. Pero, en el apuro por sacar rápidamente el producto al mercado, tomó dos decisiones estratégicas que le resultarían fatales: subcontratar el desarrollo del sistema operativo y encargar la fabricación de los microprocesadores. Estas decisiones eran, de hecho, inéditas en la historia de IBM, que siempre se había caracterizado por su altísimo grado de verticalidad: producía ella misma casi todos los componentes. Pero, esta vez, confió el software a una pequeña empresa llamada Microsoft, mientras que la producción de los microchips quedó en manos de Intel. Y es que IBM creyó que el valor estaba en el hardware, no en el software. Por su parte, con mejor criterio, Microsoft creía que el hardware se desarrollaría menos que el software. Por eso, cuando IBM pidió a Bill Gates que hiciera un sistema operativo para ellos, pidió mantener los derechos sobre el sistema operativo y poder licenciarlo a otros fabricantes, e IBM aceptó.

Frases para olvidar

Cuando decidió crear su empresa automovilística, Henry Ford (1863-1947) tuvo que oír multitud de pareceres por parte de sus posibles inversores. Por ejemplo, en 1903, el director del Banco de Míchigan aconsejó al abogado de Ford, Horace Rackham, no invertir en la Ford Motor Company, en los siguientes términos:

  • El caballo permanecerá, pero el coche no es más que una novedad sin futuro, una moda pasajera.

Rackham ignoró aquel consejo, invirtió cinco mil dólares en acciones de la empresa de Ford, y tiempo después las vendió por 12 500 000 dólares.

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Y, en 1945, el almirante William Leahy (1875-1959) compartió su opinión sobre las armas nucleares:

  • La bomba atómica nunca se fabricará, y hablo como experto en explosivos.

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Auguste Lumière (1862-1954), coinventor del cinematógrafo en 1895 junto a su hermano, Louis, ni se imaginaba la repercusión que tendría su innovación ni, mucho menos, los miles de millones que se moverían anualmente gracias al cine. Para él las expectativas eran mucho más modestas:

  • Mi invención será explotada durante un cierto tiempo como una curiosidad científica, pero, aparte de esto, no tiene ningún valor comercial.

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Del mismo modo, el productor de cine estadounidense de origen polaco Harry Warner (1881-1958), cofundador de la productora y distribuidora cinematográfica estadounidense Warner Brothers, dijo en 1927:

  • ¿Cine hablado? Pero ¿quién diablos querría escuchar a los actores hablar?

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En 1809, el famoso novelista escocés Walter Scott (1771-1832) escribía lo siguiente:

  • Alumbrar las poblaciones con gas es una quimera y una ilusión que hace reír.

Años después, en su vejez, paradójicamente, fue presidente de una compañía de alumbrado con gas.

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En 1878, el profesor de la universidad de Oxford Erasmus Wilson (1809-1884) pronosticó que:

  • En lo que respecta a la luz eléctrica, hay mucho que decir a favor y en contra. Creo poder afirmar que la luz eléctrica morirá con el fin de la Exposición Universal de París. Luego no volveremos a oír hablar de ella.

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El presidente estadounidense Herbert Hoover (1874-1964) dijo en 1928, unos pocos meses antes de que la Gran Depresión pusiera en jaque a toda la economía occidental:

  • En Estados Unidos estamos hoy más cerca de la victoria final sobre la pobreza de lo que haya estado ningún otro país en la historia. La beneficencia para pobres va a desaparecer en este país.

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En 1940 repitió diagnóstico el profesor de Harvard, Chester L. Dawes:

  • La televisión nunca será popular. Hay que mirarla en una habitación semioscura y exige continua atención.

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En 1864, el rey Guillermo I de Prusia (1797-1888), tras serle relatados los avances del ferrocarril, afirmó convencido:

  • Nadie pagará dinero por ir de Berlín a Potsdam en una hora cuando puede llegar a lomos de su caballo en un día y gratis.

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Por su parte, como había advertido seriamente el astrónomo y filósofo irlandés Dionysius Lardner (1793-1859), profesor de filosofía natural y de astronomía en el University College de Londres:

  • Si los trenes alcanzaran algún día los 180 km/h, sus ocupantes morirían asfixiados, incapaces de poder respirar.

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En 1981, el creador de Microsoft, Bill Gates (1955) dijo:

  • Nadie va a necesitar más de 640 kilobytes de memoria en su computador personal.

Igualmente, en otra ocasión, Bill Gates declaró que:

  • Nunca vamos a hacer un sistema operativo de 32 bits.

Y, en 2004, en otra muestra de su gran visión, Bill Gates dijo:

  • El spam estará resuelto en dos años...

Anécdotas empresariales

Durante la llamada «ley seca» puesta en vigor en Estados Unidos durante los locos y felices años veinte, se vendían unos paquetes de zumo de frutas en los que se podía leer el siguiente mensaje: «Atención: el contenido de este paquete no debe ponerse en una vasija de barro, mezclado con levadura y ocho litros de agua, porque entonces se obtendría una bebida alcohólica cuya fabricación está prohibida».

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Durante una convención de gerentes de ventas en Los Ángeles, Harry G. Moock (1917-2015), por entonces vicepresidente de Chrysler Corporation, dio su descripción de los rasgos que definirían al vendedor ideal:

  • Tiene la curiosidad de un gato, la tenacidad de un bulldog, la amistad de un niño pequeño, la diplomacia de un marido infiel, la paciencia de una abnegada esposa, el entusiasmo de un fan de Sinatra, el aplomo de un licenciado de Harvard, el buen humor de un cómico, la sencillez de un asno y la energía inagotable de un cobrador.

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En 2003, unos jóvenes finlandeses decidieron convertir su amor por los videojuegos en una compañía, Rovio, que creara sus propios productos. Diseñaron y crearon un juego tras otro, con la esperanza de que alguno de ellos tuviera el éxito suficiente para justificar el proyecto en el que se habían embarcado. Después de 51 proyectos y seis años de duro trabajo, crearon ya con poca esperanza su juego número 52, muy sencillo y en el que el jugador lanzaba unos pequeños pájaros con el objetivo de derribar edificios y estructuras. Lo llamaron «Angry Birds» y hoy tienen más de mil millones de usuarios; la empresa cuenta con unos quinientos empleados y ha creado acuerdos de colaboración con Star Wars, con la NASA e, incluso, con el gobierno chino.

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Phineas T. Barnum (1810-1891) tenía por costumbre citar a un escritor anónimo francés, en alguna de cuyas páginas había leído la siguiente consideración sobre el poder de la publicidad:

  • El lector de un periódico no ve la primera inserción de un anuncio común; la segunda inserción, la ve pero no lo lee; la tercera, la lee; tras leer la cuarta, mira el precio; tras la quinta, habla del anuncio con su mujer; tras la sexta inserción, ya está preparado para comprar; y después de leer la séptima inserción, compra.

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Durante un viaje en avión a Chicago, un amigo del multimillonario Philip Knight Wrigley (1894-1977) le preguntó que por qué seguía anunciando todo el tiempo los chicles que fabricaba su empresa si esta ya era la más exitosa de todos los tiempos en todo el mundo. Wrigley le respondió:

  • Por la misma razón que el piloto de este avión deja los motores en marcha cuando ya estamos en el aire.

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Ronald Reagan (1911-2004), actor reconvertido en el cuadragésimo presidente de Estados Unidos, tenía en su equipo a los mejores redactores de discursos. En uno de ellos dijo una frase que pasará a la historia de las anécdotas de economistas y su eterna disparidad de opiniones:

  • Debería existir una versión del Trivial Pursuit para economistas: con cien preguntas y trescientas respuestas.

Comentarios mordaces

Al devolver un original no solicitado a un autor novel, el sabio estadounidense Samuel Johnson (1709-1784), sin más miramientos, le dijo:

  • Su manuscrito es a la vez bueno y original; pero la parte que es buena no es original, y la parte que es original no es buena.

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A pesar de que sus contemporáneos dieron testimonio de que sentía un gran amor por su esposa, Eugenie, a la que conoció como dependienta de una boutique parisiense, la última voluntad del testamento del poeta satírico alemán Heinrich Heine (1797-1856) decía lo siguiente:

  • Dejo todo mi patrimonio a mi mujer con la condición de que se vuelva a casar, así habrá al menos un hombre que lamente mi muerte.

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Igual ocurrió tiempo después con el poeta y narrador británico, nacido en la India, Rudyard Kipling (1865-1936), de quien un periódico al que estaba suscrito publicó por error una esquela dando a conocer su repentina (y falsa) muerte. Kipling escribió al director una breve nota en la que decía:

  • Acabo de leer que estoy muerto. No olvide borrarme de la lista de suscriptores.

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En una tertulia se comentaba la suerte de un escritor malo, que, para sorpresa de muchos, estaba teniendo éxito con una comedia. Uno de ellos dijo:

  • ¡Mentira parece! Un hombre que sólo sirve para que le pongan los cuernos.

Al oír eso, el dramaturgo francés Georges Feydeau (1862-1921), presente en la tertulia y que participaba de la misma opinión de todos, remachó la cuestión:

  • Y aun para esto necesita que le ayude su mujer.

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Cuando le criticaban al dramaturgo Pedro Muñoz Seca (1881-1936) que malgastara su evidente talento en obras fáciles dirigidas al gran público, él se defendía diciendo:

  • Prefiero pasar hoy en automóvil por donde está la estatua de Cervantes a que mis hijos pasen a pie por donde mañana pudiera estar la mía.

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La novelista inglesa Agatha Christie (1890-1976) parece ser que estaba encantada con que su segundo esposo, Max Mallowan (con quien se casó en 1930), fuera un distinguido arqueólogo, y justificaba así esa satisfacción:

  • Es una ventaja para una mujer, porque así el interés de mi esposo hacia mí va creciendo con los años y le parezco más interesante conforme voy haciéndome más antigua.

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El dirigente y primer presidente de Kenia Jomo Kenyatta (c. 1891-1978) afirmó en cierta ocasión al respecto del proceso de colonización occidental de África:

  • Cuando los blancos vinieron a África, nosotros teníamos la tierra y ellos tenían la Biblia. Nos enseñaron a rezar con los ojos cerrados: cuando los abrimos, los blancos tenían la tierra y nosotros la Biblia.

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En 1987, Mijaíl Gorbachov (1931), comentando durante una entrevista las principales diferencias políticas entre los sistemas políticos estadounidense y soviético, declaró a un periodista:

  • Si cualquier ciudadano norteamericano es libre para presentarse ante Reagan y ponerle a parir, nosotros no seremos menos. A partir de ahora, cualquier ciudadano ruso es libre de presentarse ante mí y poner a parir... a Reagan.

Astucias, estratagemas y salidas airosas

El pintor ateniense de la segunda mitad del siglo v a. C. Zeuxis de Heraclea presumía ante su rival artístico, Parrasio, de haber pintado en un cuadro unas uvas tan reales que los pájaros intentaban picotearlas. Parrasio le desafió a que era capaz de realizar una pintura más perfecta que aquella. Cuando Zeuxis llegó al estudio de Parrasio, el lienzo objeto del desafío estaba tapado por una tela. Zeuxis le pidió que retirara la tela para ver la supuesta maravilla y Parrasio le contestó que acababa de ganar la apuesta, puesto que la tela estaba pintada sobre el lienzo.

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El cardenal Richelieu (1585-1642) era hombre de pocas palabras. En una de las fiestas en que se veía obligado a participar, permanecía apartado del resto de los invitados y se dedicaba a observar todo lo que sucedía a su alrededor. Notando su soledad, un duque se le acercó y le dijo:

  • ¿Se aburre, su eminencia?
  • No —contestó lacónicamente Richelieu.
  • ¿De veras no se aburre, su eminencia? —insistió el duque al rato.
  • No, estimado duque; no me aburro jamás, a no ser que los demás insistan en aburrirme.

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En cierta ocasión, el rey español Felipe IV (1605-1665) le pidió al escritor Francisco de Quevedo (1580-1645) que improvisara una cuarteta.

  • Dadme pie —le dijo Quevedo.

El rey, creyendo hacer una gracia, le alargó la pierna. Pero el escritor, que siempre fue de respuesta rápida e ingenio agudo, lejos de darse por vencido, improvisó, como le habían pedido, la siguiente cuarteta:

  • En semejante postura / dais a comprender, señor, / que yo soy el herrador / y vos la cabalgadura.

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En cierta ocasión, el filósofo francés Voltaire (1694-1778) hubo de hablar, contra su voluntad, ante la tumba de una persona por la que nunca había sentido, ni mucho menos, predilección. Comenzó pues su panegírico diciendo:

  • Era un gran patriota, un amigo fiel, un esposo abnegado y un padre ejemplar..., suponiendo, claro está, que haya muerto.

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El filósofo alemán Arthur Schopenhauer (1788-1860) impartió clases en la Universidad de Berlín. Al empezar uno de los cursos, les hizo esta pregunta a sus futuros alumnos:

  • ¿Quisiera saber si alguno de ustedes conoce mi ensayo sobre la influencia de la mentira en las relaciones humanas?

Se levantaron muchas manos, y Schopenhauer exclamó:

  • Muy bien. Ahora sé que voy a poder hablar de este tema con conocimiento de causa, pues la gran verdad es que yo jamás he escrito ese ensayo.

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El escritor satírico español Luis Taboada (1848-1906) publicó en 1890 un tomo titulado Madrid en broma. A todos y cada uno de sus amigos y conocidos (que, dados su buen humor y su bondad, no eran pocos) les fue diciendo:

  • Perdona, chico, si en mi libro te aludo un tanto así... descaradamente. No hay nada de mala intención.

El amigo, intrigado, compraba el libro y no veía en el alusión alguna a su persona. En pocos días se agotó la edición.

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Un desconocido solicitó ser recibido por Bernard Shaw, pero no lo consiguió hasta que, de tanto insistir, este deseó quitárselo de encima. Le recibió de pie, como para anunciar que la entrevista sería corta. El desconocido se limitó a pedirle dinero, con el siguiente peregrino argumento:

  • Somos de la misma familia, y es justo que nos ayudemos unos a otros.
  • ¿De la misma familia? —preguntó Shaw.
  • Sí, los dos descendemos de Adán y Eva.

Shaw, sin discutir, le dio un chelín y le dijo:

  • Ahí va esto. Y si los demás miembros de la familia le dan lo mismo, no tardará en ser mucho más rico que yo.

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Cuando el productor de cine estadounidense Samuel Goldwyn (1879-1974), fundador de la Metro-Goldwyn-Mayer, quería pedir un favor, llamaba a un amigo y le decía:

  • Oye. Me han dicho que querías pedirme un favor.

Como es lógico, el amigo se quedaba desconcertado:

  • Debes estar confundido, Sam.

Y entonces Goldwyn contraatacaba:

  • Pues mira, ya que tú no necesitas nada, ¿te importaría hacerme un favor a mí?

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En una ocasión, Albert Einstein explicó de una manera aún más gráfica la esencia de su teoría de la relatividad:

  • Pon la mano sobre una estufa caliente durante un minuto y te parecerá una hora. Siéntate junto a una mujer bonita durante una hora y te parecerá un minuto. Eso es relatividad.

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Alguien reprochaba en cierta ocasión al comediógrafo argentino Julio Escobar (1892-1957) que, a pesar de su depurado gusto artístico y sus excelentes condiciones de escritor, estrenase a veces obras que sólo buscaban halagar el mal gusto de la mayoría.

  • Oye —le dijo Escobar a su interlocutor—, cuando vas a pescar, ¿qué pones en el anzuelo: lo que te gusta a ti o lo que le gusta al pez?

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Una tarde de 1965, el pintor Salvador Dalí (1904-1989) llevó con él a su cachorro de ocelote a un lujoso restaurante de Nueva York y lo ató a la pata de la mesa, mientras pedía un café. Una dama de mediana edad pasó al lado y miró aterrorizada al animal.

  • ¿Qué es eso? —gritó.
  • Sólo es un gato —dijo Dalí sarcástico—. Lo he pintado al estilo op-art.

La mujer, algo avergonzada por su reacción inicial, le echó una ojeada de cerca y, ya tranquila, dijo:

  • Ahora veo qué es. Al principio pensé que era un ocelote auténtico.

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Otras anécdotas curiosas

Un rico ateniense le pidió a Sócrates (471-399 a. C.) que se encargara de la educación de su hijo. El filósofo le dijo que le cobraría quinientos dracmas, pero al rico le pareció mucho dinero.

  • ¡Es mucho dinero! Por esa cantidad podría comprarme un asno.
  • Efectivamente, le aconsejo que lo compre, así tendrá dos.

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Al rey español Felipe IV (1605-1665) le gustaba que le llamasen «el Grande». Tras la pérdida de Portugal, el duque de Medinaceli (1607-1671) dijo en cierta ocasión:

  • A su majestad le pasa como a los hoyos, que cuanta más tierra pierden, más grandes son.

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El político y economista francés Jean-Baptiste Colbert (1619-1683), controlador general de las finanzas del monarca y ministro de Luis XIV (1638-1715), trató de reorganizar la estructura económica de Francia con el fin de incrementar los ingresos y crear un país autosuficiente, basándose para ello en la regularización de los ingresos fiscales del Estado. Colbert confesó alguna vez su opinión de que:

  • El arte de los impuestos consiste en desplumar el ganso en orden a obtener el máximo de plumas con el mínimo de alaridos.

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Sobre ese mismo asunto, declaró en cierta ocasión el jefe de gobierno de la Unión Soviética, Nikita Kruschov (1894-1971):

  • Cuando despellejes a tus clientes, déjales algo de piel para que crezca de nuevo; así podrás hacerlo más veces.

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Beethoven estuvo una vez en Weimar, donde Goethe tenía un cargo en la corte del duque, por lo que le visitó varias veces. Un día iban los dos en coche por la ciudad y casi todo el mundo los saludaba. Goethe, que no era nada humilde, le comentó a Beethoven:

  • Sería curioso saber a quién de los dos saludan.
  • A mí no; aquí no me conoce nadie.
  • Quién sabe, quién sabe...