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Los astronautas que descubrieron la Tierra

Por Álvaro de Diego

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El presidente Kennedy lo prometió el 12 de septiembre de 1962 en la Universidad Rice (Houston, Texas). Antes de que concluyera la década, un astronauta estadounidense pisaría la Luna. Los soviéticos se habían adelantado en la carrera espacial lanzando en 1957 el primer satélite, el Sputnik, y colocando cuatro años después al primer hombre en el espacio, Yuri Gagarin. JFK imploró entonces la ayuda de Dios “para la aventura más peligrosa, arriesgada y titánica” en que jamás se había embarcado el ser humano. Ahora se cumplen cincuenta años de esa gesta protagonizada por Armstrong, Aldrin y Collins en el ‘Apolo 11’.

Ya Julio Verne había concebido un siglo atrás la proeza. En De la Tierra a la Luna presentaba a los integrantes del Gun-Club de Baltimore (Maryland) afanados en la construcción de un fabuloso cañón, el Columbiad, que finalmente disparaba un proyectil hueco hacia la superficie del satélite. Tres eran, como en julio de 1969, los viajeros que lo ocupaban en la novela publicada en 1865. El lanzamiento lo situó el genio de la ciencia-ficción muy cerca de Cabo Cañaveral. Verne relató una travesía de cuatro días, el mismo tiempo que emplearía el ‘Apolo 11’.

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No obstante, otro francés, quizá menos imaginativo pero igualmente lúcido, nos ayuda a comprender mejor esta política de “Nueva Frontera”. Alexis de Tocqueville (1805-1859) fue un pensador, político e historiador que, en gran medida, anticipó la moderna Sociología. Visitó los Estados Unidos en 1831 junto a su gran amigo Gustave de Beaumont. Aunque se proponía estudiar el sistema penitenciario norteamericano, acabó fascinado por los usos y costumbres del país. Allí el nacimiento no resultaba determinante, el talento concedía el éxito y los cargos se obtenían por elección tras una incruenta revolución igualitaria como jamás había conocido el mundo. Lo que en Europa aún se fraguaba a golpe de guillotina y disturbio, en los Estados Unidos se fundaba en la acción pragmática y desacomplejada de un pujante sociedad civil.

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La democracia en América constituye una aguda defensa del liberalismo político, los gobiernos limitados y responsables, la división de poderes y la descentralización. Se trata de un alegato en favor de la rotunda autonomía del individuo frente al Estado. Lo que más llama la atención en la obra, sin embargo, es su tono providencialista. Tocqueville no cree la religión incompatible con la democracia. Muy por el contrario, considera el desarrollo de la igualdad de oportunidades un mandato divino. Al cristianismo, que ha hecho a todos los hombres iguales ante Dios, no le repugna ver a todos los ciudadanos iguales ante la ley. Los primeros colonos que arriban a Nueva Inglaterra pertenecen a las clases acomodadas e instruidas de la madre patria. Son peregrinos que se identifican con las teorías democráticas y republicanas más radicales, y que persiguen una idea: encontrar una tierra “tan bárbara y olvidada del mundo” que les permita “vivir a su manera y rogar a Dios libremente”.

Teoría política y doctrina religiosa se confunden. Estos puritanos legisladores acuden al Antiguo Testamento para fijar sus drásticas leyes penales (blasfemia, hechicería, violación o adulterio se castigan con la pena capital), pero al tiempo el pueblo interviene en los asuntos comunitarios, aparece el voto libre de impuestos y la responsabilidad de los funcionarios, se consagra la libertad individual y se extiende el juicio por jurado. En Norteamérica observar las leyes divinas conduce al hombre hacia su ilustración y autonomía. La libertad reconoce a la religión como “cuna de su infancia” y fuente de sus derechos. Dios no se opone a la democracia. La demanda.

A ello debe unirse que en una democracia la clase que trabaja interviene en los asuntos públicos. Cuanto más democrática y libre es la nación, más se cultiva la ciencia y más honores y reconocimiento económico pueden esperar sus servidores. La ciencia aplicada hace descuidar la teoría hasta el punto de que, como apunta Tocqueville, “esos mismos americanos que no han descubierto ni una sola de las leyes generales de la mecánica han introducido en la navegación una máquina que está cambiando la faz del mundo”.

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Con ese espíritu se comprende la carrera espacial emprendida en la década de los sesenta del siglo precedente. Tras reponerse de la muerte accidental en 1967 de tres astronautas en las pruebas en tierra (la cápsula se incendió sin que pudiera abrirse desde el exterior), fue enviada la misión ‘Apolo 8’. El ingenio consiguió por vez primera escapar de la gravedad terrestre y orbitar la Luna. Más allá de la impresión de contemplar la superficie del satélite, los miembros de la misión quedaron sobrecogidos cuando se les apareció la imagen de la Tierra surgiendo por detrás de su único satélite. Un planeta hermoso, pero diminuto en la inmensidad de la nada... o del todo. Era la Nochebuena de 1968 y la NASA concebía la mayor retransmisión televisiva de la historia. Solo había pedido a los viajeros del cosmos que preparasen unas palabras “adecuadas”. Fue entonces cuando los astronautas que acababan de descubrir la Tierra se turnaron para leer los primeros versículos del Génesis: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra...”.

A fin de cuentas, un aristócrata francés que no deseaba serlo lo había barruntado ciento treinta años antes: “Yo sé, sin que el Creador eleve la voz, que los astros siguen en el espacio las curvas trazadas por su dedo”.