La enseñanza, un río revuelto

Interior de un aula
Interior de un aula FOTO: Marta Fernández Jara Europa Press

Y no por las huelgas de estos días, sino a consecuencia de los continuos cambios en los planes de estudio que trae cada gobierno para borrar las huellas del anterior. Como si la enseñanza fuera una cuestión menor, un juguete para hacer ensayos y marcar distancias ideológicas, un simple banco de pruebas en el que importan más el experimento que la continuidad, la improvisación que la permanencia.

En su afán por rebajar las cifras y maquillar las estadísticas del fracaso escolar, el nuevo currículo de la LOMLOE (Ley Orgánica de Modificación de la LOE, es decir, de la anterior ley de educación del PP) apunta directamente contra los suspensos, que, al paso que vamos, serán muy pronto una rémora del pasado.

Así, por ejemplo, los alumnos de Bachillerato podrán obtener el correspondiente título y acceder a las pruebas de Selectividad aun teniendo una materia suspendida, y tanto en la ESO como en la Educación Primaria se prescribe que, salvo en casos excepcionales, no se podrá repetir curso, con lo que se eliminan los límites de suspensos que regían anteriormente.

En la misma dirección van otras medidas semejantes e igualmente polémicas, como la supresión de las pruebas finales de recuperación (el término ‘examen’ está ya definitivamente proscrito) en los cursos de la ESO, y, en el caso de Cataluña, la eliminación de las notas trimestrales. Para las escuelas catalanas se propuso asimismo la sustitución del “no assoliment”, el eufemismo que vino a suplir al “insuficient”, por el más benévolo y complaciente “en procés d’assoliment”, aunque a última hora parece que el Departament d’Ensenyament se ha vuelto atrás.

Eso sí, en el nuevo currículo, se asigna especial relieve a la “perspectiva de género” y se insiste en conceptos como las “identidades” (“identidades nacionales”, en Historia de España), la “diversidad identitaria”, las “emociones” (“manejar las emociones”, en Matemáticas, cuya enseñanza ha de ser socioafectiva), los “sentimientos” o el “uso ético y democrático del lenguaje”.

Todo lo cual vuelve a poner sobre la mesa el tema del esfuerzo y la exigencia, de la importancia de los conocimientos, del deber y la responsabilidad, los valores tradicionales expulsados de la escuela por unos principios pedagógicos que anteponen la motivación a cualquier otro criterio y consagran valores como lo lúdico, lo animado, lo recreativo…

Al respecto, incluso Toni Nadal, tío de Rafael Nadal, en un artículo publicado a raíz del triunfo del tenista en el Open de Australia (“La imprescindible escuela de la dificultad”, El País, 2/2/22), se preguntaba si con el modelo actual estábamos formando bien a nuestros jóvenes, y recalcaba: “¿Por qué actúa así, Rafael Nadal? Sencillamente, porque se acostumbró. Aceptó la exigencia”.

¿De verdad creen los políticos y pedagogos –¡menuda tropa, cuando se juntan!– responsables del nuevo currículo que se va a mejorar así la enseñanza? Y los profesores, ¿qué opinarían, si se les consultara? Pero nunca se les tiene en cuenta, y son sin duda los que más entienden del tema, y los primeros a los que habría que pedir su parecer.