Opinión

Así los hemos personificado

No son pocos los nombres de animales que arrastran connotaciones negativas

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Herencia de una cultura que fue durante muchos siglos fundamentalmente campesina, pervive aún el uso y la costumbre de asignar a nombres de animales significados que tienen que ver con la conducta y la personalidad de los humanos. Y en esa equiparación, no son pocos los términos que arrastran connotaciones negativas: perro, que designa en el registro coloquial a la persona despreciable (y en esa idea ahonda la expresión «una vida perra», una vida muy mala o indigna); gallina, que se aplica al cobarde y pusilánime; buitre, que el diccionario define como «persona que se ceba en la desgracia de otro» (y de ahí los fondos buitre, que compran o invierten en empresas en graves dificultades económicas); burro, que señala a la persona bruta o ignorante; gallo, para nombrar al que es mandón, presumido o bravucón; marmota, que apunta a la persona muy dormilona; hiena, para significar a quien alberga crueldad o malos instintos…

O el loro, que identificamos con el charlatán, lo mismo que la cotorra y el papagayo; el pavo, que se iguala con la persona sosa e incauta; el ganso, que representa a quien es patoso y torpe, o que presume de hacer gracias y ser chistoso sin serlo; el lobo, que en el imaginario popular se ha relacionado siempre con el comportamiento cruel e inhumano (homo homini lupus, «el hombre es un lobo para el hombre», reza la expresión latina); la cabra, que moteja de chiflado a quien le endilgamos lo de «estar como una cabra»… Y algún otro más, como el lagarto (persona pícara, taimada) o la sanguijuela (persona que se aprovecha de otra y la va desposeyendo poco a poco de sus propiedades).

Pero ninguno tan claro y señalado como zorro, y particularmente en la forma femenina, que no solo equivale a «persona taimada, astuta y solapada», sino, con sentido despectivo y considerado por el diccionario como término malsonante, a prostituta. Y ese término, que, por parecer ofensivo o cuando menos de mal gusto, se procuraba evitar si era posible en las aulas hace un par de décadas (recuerda uno el cuidado que había que poner en los cuentos populares y en las fábulas, donde aparece con mucha frecuencia), resulta que se corea ahora como desafiante consigna de no se sabe qué reivindicación: ¿de libertad, de emancipación, de conquista de derechos? .Y qué decir de la simpleza y chabacanería y zafiedad que destila la letra de esa canción (“Y si me pongo visceral / de zorra pasaré a chacal”, se advierte en una estrofa): ¿en nombre de quién se habla así, o cuál es el mensaje que se pretende transmitir? Bien les estuvo ese vigesimosegundo puesto, el cuarto por la cola, pero mejor si hubieran quedado los últimos, aunque solo fuera por la vergüenza que muchos hemos sentido.