Los emperadores chinos que morían buscando la inmortalidad

Cuando un elixir que promete la vida eterna acaba provocando una muerte prematura.

A lo largo de la historia, una de las aspiraciones más ambiciosas ha sido la inmortalidad. Mientras alquimistas de todo mundo intentaban obtener algún tipo de elixir que fuera capaz de frenar el envejecimiento, otros se dedicaban a buscar fuentes de vida eterna en los rincones más inexplorados del planeta. Ni unos ni otros lo consiguieron, por supuesto, pero hubo quién consiguió perder la vida intentando volverse inmortal.

Dicho esto, resulta curioso que los emperadores chinos fueran particularmente propensos a morir de esta manera tan paradójica. Y el mejor ejemplo de ello es el primer emperador chino, Qin Shi Huang.

El emperador codicioso

Qin Shi Huang vivió en el siglo III a.C. tuvo un gran impacto en la historia china. No sólo logró conquistar todos los reinos combatientes de la época y erigirse como el primer emperador de una China unificada, sino que también combinó las diferentes murallas del país en una única Gran Muralla y desarrolló un sistema de carreteras a escala nacional. Además, Qin Shi Huang es el autor de uno de los mayores monumentos al ego humano de la historia: no satisfecho con un mausoleo del tamaño de una ciudad, mandó construir un ejército de guerreros de terracota para que le defendiera en la otra vida (Daniel Gómez habló sobre estas esculturas con más detalle en un artículo reciente de esta sección).

El caso es que este emperador tenía tantas ganas de ser inmortal como para mandar exploradores a que buscaran el secreto de la vida eterna en diferentes partes del mundo. Una de estas expediciones fue la del alquimista llamado Xu Fu, a quién envió en busca de la montaña mitológica Penglai junto con cientos de hombres y mujeres jóvenes. El objetivo de la misión era encontrar un mago llamado Anqi Sheng que, según la leyenda, tenía más de 1000 años y conocía el secreto de la vida eterna. La expedición de Xu Fu nunca volvió, probablemente porque el alquimista sabía a la perfección que el emperador ordenaría su ejecución si volvía a China sin el dichoso elixir imposible.

Para dar una idea de la frialdad de Qin Shin Huang, en el año 211 a.C. cayó un meteorito en las orillas del Río Amarillo y alguien grabó sobre la roca «el Primer Emperador morirá y sus tierras serán divididas». Al ver que el autor del texto no confesaba su ofensa, el secretario imperial que el emperador envió al lugar ejecutó a toda la gente que vivía en las cercanías y la roca fue pulverizada.

Al final, el emperador acabó decantándose por la alquimia como medio para obtener la inmortalidad, y decidió que tal secreto se encontraba en el mercurio.

El elixir de la mortalidad

El motivo por el que el Qin Shi Huang creía que el mercurio alargaría su vida de manera indefinida no está documentado. Es posible que la gente de la época hubiera notado que los cadáveres de la gente que había consumido muchísimo mercurio durante su vida se descomponían más despacio, pero también podría tratarse de la simple fascinación por este metal denso que permanece en estado líquido a temperatura ambiente.

Tampoco parece existir un consenso en cuanto a la forma en la que sus alquimistas le administraban el mercurio. Algunas fuentes sugieren que consumía directamente mercurio líquido metálico, mientras que otras hablan de pastillas hechas de cinabrio, el mineral rojo compuesto por sulfuro de mercurio del que se extrae este elemento. Por otro lado, Xu Fu era taoísta y en esta tradición también se preparaban «pastillas de la inmortalidad» con óxido de mercurio y óxido de plomo, por lo que a lo mejor iban por ahí los tiros.

Sea como sea, lo importante es que los remedios alquímicos que tenían que darle la vida eterna al emperador acabaron proporcionándole grandes cantidades de mercurio a su organismo, además de otros potenciales elementos tóxicos, como el plomo o el arsénico. Con el tiempo, estos brebajes fueron haciendo mella en la salud de Qin Shin Huang hasta que el consumo constante de «elixir de la inmortalidad» terminó provocando su muerte a los 49 años.

Lección no aprendida

Qin Shi Huang fue sólo el primero de una serie de emperadores chinos que murieron intoxicados por los mismos brebajes que se suponía que debían les garantizar la inmortalidad. El último caso fue el del emperador Yongzheng, en el siglo XVIII, que murió buscando la vida eterna dos milenios después que lo intentara Qin Shi Huang.

No se sabe con exactitud por qué los emperadores chinos se empeñaban en seguir bebiendo estos elixires, si sus efectos nocivos eran cada vez más aparentes. Es posible que los primeros efectos que se experimentaban al empezar a tomar este tipo de compuestos (como el adelgazamiento o el aumento de la libido) dieran la impresión de que su cuerpo estaba rejuveneciendo y que esa sensación inicial les impulsara a continuar tomándolos. También es posible que existiera la idea de que el elixir sólo induciría una muerte temporal y que los emperadores resucitarían convertidos en seres verdaderamente inmortales.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • El mercurio es tóxico incluso aunque no se ingiera. El motivo es que este metal líquido se evapora lentamente e inhalamos esos vapores sin darnos cuenta. Por tanto, es mejor abstenerse de manipular este material o, si no queda otro remedio, mantenerlo en un recipiente hermético sellado.

REFERENCIAS (MLA):