Los centauros: ¿una amenaza planetaria?

Es posible que unos cuerpos celestes congelados y lejanos se hayan estado precipitando periódicamente hacia el sistema solar interior.

Un cometa que se aproxima a nuestro planeta es un escenario recurrente en la ciencia-ficción. Afortunadamente, hoy en día existen programas dedicados a buscar e identificar este tipo de objetos peligrosos y parece que no existe ninguno que represente un riesgo en el futuro cercano. Pero, aunque el impacto de un cometa evoque escenarios apocalípticos, lo cierto es que estos objetos ni siquiera necesitan llegar hasta el suelo para provocar un desastre sin precedentes.

Los centauros

Como hemos explicado en algunos artículos de la versión digital de esta sección, el sistema solar exterior está repleto de cuerpos congelados compuestos principalmente de hielo y roca. La mayoría forman parte del llamado cinturón de Kuiper o del disco disperso, pero existe una clase de objetos congelados conocidos como centauros cuya particularidad principal es que sus órbitas se cruzan con las de los planetas gigantes del sistema solar. Como resultado, las perturbaciones gravitatorias de estos grandes cuerpos celestes hacen que las órbitas sean de los centauros sean inestables y provocan que alguno se precipite de vez en cuando hacia el sistema solar interior.

Al estar compuestos de hielo y roca, este tipo de objetos tienden a perder una gran cantidad de material a medida que se adentran en el sistema solar interior. Y no hablo sólo del material congelado de su superficie que se sublima a medida que la temperatura incrementa: estos objetos llegan a partirse en cientos de pedazos si pasan cerca de un cuerpo con un campo gravitatorio lo bastante intenso, como Júpiter o el Sol.

Este detalle resulta llamativo porque se estima que un centauro de más de 100 kilómetros de diámetro se precipita hacia el sistema solar interior aproximadamente cada 30 000 años. Además, se calcula que estos objetos permanecen una media de 6 700 años en el sistema solar interior y que pierden una cantidad de masa sustancial durante su estancia.

Una de las evidencias que sugiere los centauros pasan ocasionalmente por el sistema solar interior se encuentra en la luz zodiacal, un brillo difuminado que se puede observar en el cielo terrestre al anochecer y que aparece porque el polvo que está desperdigado por el espacio interplanetario dispersa la luz de nuestra estrella. El estudio de la luz zodiacal ha revelado que el espacio interplanetario del sistema solar interior actual mucho más polvo del que expulsan los comentas que lo atraviesan en la actualidad. De hecho, la cantidad de polvo que se observa se puede explicar debido al paso de un cuerpo celeste congelado de unos 100 kilómetros de diámetro hace entre 10 000 y 100 000 años.

Ahora bien, el verdadero peligro de los centauros no es el polvo que expulsan.

Polvo y rocas interplanetarias

A medida que un cuerpo celeste congelado de ese tamaño se va fragmentando, su órbita se va llenando de trozos de hielo y roca que pueden llegar a caer a la Tierra si nuestro planeta cruza su «estela» de escombros. Aunque los fragmentos más pequeños parezcan inofensivos porque tienden a desintegrarse o incluso explotar en la atmósfera si se precipitan hacia nuestro planeta, el bombardeo de miles de trozos de material congelado en una ventana temporal reducida podría llegar a llenar el aire con suficiente polvo como para desencadenar un invierno nuclear con consecuencias devastadoras para la vida.

Los fragmentos más masivos de un cometa sí que podrían llegar hasta el suelo y excavar grandes cráteres. De hecho, existen indicios de que algunos de los cráteres que conserva la superficie de nuestro planeta se podrían haber formado cuando la Tierra cruzó la estela de uno de estos centauros fragmentados.

El ejemplo más llamativo es el de los cráteres Chicxulub (Golfo de México) y Boltysh (Ucrania), de 150 y 24 kilómetros de diámetro, respectivamente. La datación de estas estructuras sugiere que ambas se formaron con sólo 2 400 años de diferencia, pero, dada la frecuencia con la que tienen lugar los impactos de esta magnitud, es poco probable que dos asteroides con orígenes completamente distintos chocaran con nuestro planeta en tan poco tiempo. Por tanto, es posible que estos dos cráteres sean el resultado de la colisión de dos cuerpos provenientes de un mismo cuerpo celeste fragmentado.

Los centauros son un recordatorio de que es importante mantener el cielo vigilado, sobre todo ahora que tenemos la tecnología necesaria para desviar un objeto que se dirija hacia la Tierra si lo detectamos con suficiente antelación. Sin embargo, la idea no sería volar el cuerpo celeste peligroso en mil pedazos al más puro estiro Hollywood, sino estrellar un proyectil contra su superficie a gran velocidad o detonar un artefacto nuclear explosivo sobre ella. Al fin y al cabo, si el objeto está lo bastante lejos, una pequeña perturbación basta para desviar su trayectoria lo suficiente como para evitar que se cruce con la Tierra.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Insistimos en que no existe ningún asteroide o cometa conocido que represente un riesgo de colisión en el futuro cercano. Pero, a su vez, eso tampoco significa que podamos bajar la guardia: tenemos que seguir vigilando el cielo.

REFERENCIAS (MLA):

  • Bill Napier et al. “Centaurs as a hazard to civilization”, Astronomy & Geophysics, volumen 56, número 6, pp. 6.24-6.30 (2015).