¿Cuánto falta para que haya humanos viviendo en Marte?

A pesar del optimismo de algunos, no parece ser viable en un futuro cercano, aunque la limitación no es tanto la tecnología como el presupuesto.

Recreación de lo que podría llegar a ser en el futuro un campamento sobre la superficie marcianaFoto: IMAGEN DE LA PELICULA MARTE The IMAGEN DE LA PELICULA MARTE The

El número 20 tiene algo mágico. No se trata de una propiedad cabalística, sino más bien premonitoria. Desde que la ciencia y la tecnología avanzan más rápido de lo que podemos asumir, el optimismo se ha apoderado de las previsiones más especulativas, sobre todo porque las expectativas más realistas suelen ser menos atractivas. Así nace ese peculiar fenómeno que nos condena a estar siempre a 20 años de todo: a 20 años de conseguir la fusión fría, a 20 años de una inteligencia artificial fuerte y, por supuesto, a 20 años de vivir en Marte.

Que ante la pregunta de “¿Cuánto tardaremos en crear una colonia en Marte?” un experto ingeniero aeroespacial alce la voz y responda “no lo sabemos” no vende demasiado. Necesitamos afirmaciones rompedoras, rotundas y emocionantes y si existe un maestro de tal arte ese es Elon Musk, que promete tener a millones de personas habitándolo en 2060. Su contundencia ensombrece con frecuencia la cautela de la mayoría de los ingenieros y científicos, y en este tema no hace una excepción. Su apuesta es arriesgada y sugiere que podríamos tener una colonia marciana en menos de una década, rompiendo así la previsión de los 20 años.

¿Tiene razón Musk?

Tal vez no sea el mejor momento para hacerse esta pregunta, justo tras los últimos “fracasos” de los cohetes de SpaceX que serán, en principio, responsables de poner nuestros pies en Marte. No obstante, dejando al margen los evidentes contratiempos, cabe preguntarse si su previsión es realista. Lo cierto es que ahora, a principios de 2021, falta nuestro Neil Armstrong planetario, la primera persona que vaya a perturbar el regolito marciano con unas botas. Se trata tan solo de un hito a medio camino entre la exploración con robots y la colonización propiamente dicha y todavía no lo hemos alcanzado.

Visto así, parece aventurado afirmar que, con tantos pasos, tantos hitos y tantos posibles contratiempos acumulados, podamos tener colonias marcianas en 10 años. No se trata de una promesa imposible, sino más bien una promesa a ciegas, como si damos una estimación de cuánto nos llevará completar una tarea antes incluso de saber en qué consiste.

Si la historia de la ciencia y en especial de la exploración espacial nos ha enseñado algo es que desconocemos buena parte de lo que desconocemos, haciendo muy difícil prever cuándo nos asaltará un nuevo contratiempo. Tal vez por eso no tenga demasiado valor dar una estimación cruda acerca de cuántos años nos separan de las colonias marcianas. Quizá lo más interesante sea desgranar los problemas que sí conocemos, sus posibles soluciones y las barreras que esperamos nos pongan difícil completar nuestra meta. De ese modo tendremos algo más que una cifra, tendremos datos y razonamientos con los que construir una previsión tan optimista o agorera como nosotros mismos queramos.

Un hombre llamado Strughold

Hubertus Strughold era médico alemán y entre su currículum constaba haber sido el padre de la medicina aeroespacial, así como haber participado en los experimentos de Dachau y otra serie de crímenes perpetrados durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, lo que nos hace hablar de Strughold es lo primero, pues abrió el camino a una nueva rama de la medicina realmente apasionante. Un cuerpo humano en el espacio funciona bajo unas reglas totalmente diferentes. Nuestro organismo no solo ha evolucionado adaptándose a las condiciones de nuestro planeta, sino que hemos crecido siendo torneados por esas mismas condiciones. La gravedad, la presión atmosférica, la radiación y la atmósfera de otros mundos pueden alterar incluso las actividades más fundamentales de nuestras células.

Sin ir más lejos y para entender hasta qué punto los ambientes extraños tienen consecuencias extrañas, parece ser que la microgravedad se relaciona con un crecimiento más lento de los tumores. Las consecuencias de estas nuevas reglas de la fisiología pueden ser predichas hasta cierto punto, pero para entenderlas en profundidad hará falta algo más que teoría, necesitaremos estudiar cómo responden muchos cuerpos humanos al entorno en cuestión y extender el estudio durante suficiente tiempo como para ver las implicaciones a largo plazo. Ese es un buen motivo por el que ahorrar en previsiones rotundas.

Un planeta hostil

Sabemos que Marte es un planeta hostil y que, si pretendemos vivir en él, necesitaremos resolver algunos problemas. Su débil atmósfera está compuesta mayormente de dióxido de carbono, aunque por suerte se está desarrollando un dispositivo que podría transformar parte de este en oxígeno respirable: el MOXIE. Con su forma cúbica y sus 17,1 kilos, el MOXIE es capaz de producir 240 gramos de oxígeno al día, sin embargo, un ser humano necesita más de 15 kilos de oxígeno al día (60 veces más).

Por otro lado, es cierto que conocemos materiales que serían capaces de aislarnos de la radiación que bombardea la desnuda superficie de Marte, de hecho. El objetivo es, realmente, perfeccionar las técnicas que nos permitan construir este tipo de estructuras protectoras con materiales encontrados en el propio planeta. La alternativa de enterrar las colonias bajo un par de metros de tierra podría ser una solución parcial, pero nos relegaría a una oscuridad donde la agricultura no tendría cabida, a no ser, por supuesto, que consiguiéramos desarrollar materiales traslúcidos con los que abovedar nuestros aposentos.

En cuanto a las monstruosas tormentas de arena marcianas y su temperatura, capaz de variar más de 100 grados de un día para otro, el aislamiento no parece demasiado problemático. Sin embargo, la presión es otro cantar. Como hemos dicho, la atmósfera de nuestro hermano rojo es débil, esto significa que, siendo más fina y bajo la influencia de un tercio de la gravedad terrestre, sus gases acaban ejerciendo poca presión sobre nosotros. Esta minucia puede hacer que, incluso con temperaturas negativas, nuestros fluidos corporales empiecen a hervir. Puede parecer contraintuitivo, pero podemos ver un efecto análogo si ponemos algo de agua dentro de una jeringuilla, tapamos su boquilla y tiramos del émbolo para expandir su contenido. Veremos como aparecen pequeñas burbujas de aire atrapadas en el agua, está hirviendo a temperatura ambiente en nuestra propia mano.

Una alternativa propuesta para paliar la bajísima presión atmosférica sería construir nuestros asentamientos en las superficies más profundas de Marte, como es el caso del Valle Marineris, con 11 kilómetros de profundidad, y donde la presión (y la gravedad) es algo mayor. Parece ser que esta ubicación cuenta, además, con la ventaja de tener recursos hídricos relativamente accesibles bajo su superficie. Como vemos, son muchas las dificultades, aunque todas parecen encarriladas (al menos hasta que las pongamos a prueba y los imponderables se adueñen del proyecto).

La verdadera barrera

Por un lado, parece algo accesible en poco tiempo, con un pequeño empujón tecnológico que termine de refinar nuestras soluciones. Por otro, la magnitud de la empresa y la influencia de cualquier contratiempo complican dar una fecha aproximada. No obstante, hay un detalle que todavía no solemos contemplar, un detalle que, irónicamente, es posiblemente el más determinante de todos: el presupuesto. Casi nos faltan dedos de las manos para contar las veces en que un presidente estadounidense ha planteado públicamente poner humanos en Marte. Una idea casi poética que nos evoca ciertos paralelismos con tiempos pretéritos en que pisar la Luna era todavía una promesa.

Sin embargo, a la hora de sacar la cartera los sueños se quiebran y las propuestas se paralizan. Y este ese es, mal que nos pese, el principal motivo por el que no podemos marcar en nuestro calendario una fecha aproximada de cuándo pisaremos Marte, porque sin un compromiso económico firme cualquier imprevisto puede devolvernos a la eterna promesa de los 20 años.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Cuando hablamos de colonizar marte a medio plazo nos referimos normalmente a pequeñas bases abovedadas y autosuficientes. La terraformación queda para un futuro incluso más lejano en el que tengamos realmente la tecnología necesaria para poder cambiar a voluntad las condiciones atmosféricas de un planeta. No obstante, esta tampoco sería como se muestra en la ciencia ficción. Lejos de convertir Marte en un vergel, la idea sería hacer su atmósfera apta para nosotros independientemente de la introducción de especies vegetales.

REFERENCIAS (MLA):