Esteban González Pons: “Valencia pagó el pato de la crisis. Somos cainitas. Caín y Abel nacieron aquí”

Entrevista al Vicepresidente del PP europeo, autor de «Ellas»

Esteban González Pons
Esteban González PonsLa Raz (nombre del dueño)

Esteban González Pons presenta mañana en Valencia «Ellas». Una historia de amor en la que cuenta también algo de lo que pasó en aquella «Belle Époque» de Valencia.

-¿Es este el principio de una carrera como novelística?

-Siempre he querido ser escritor y compatibilizar la política con la literatura. Ahora, a los 55 años, he dado el paso. Es algo parecido a salir del armario literario. Se dice que los políticos cogen puertas giratorias hacia las grandes empresas, yo quiero cogerla hacia la literatura.

-¿Ya está pensando en el fin de su carrera política?

-Mi carrera política está en el mejor momento. Nunca me he sentido tan útil a mi país como desde el Parlamento Europeo.

-El libro empieza con un prólogo en el que avisa que es un libro de amor. ¿No está de moda el amor?

-No. Se considera incluso un sentimiento poco correcto. Yo, que pertenezco a la generación que nació en los 60 y los 70 sigo creyendo en el amor. En la vida solo hay dos cosas que nos pasan a todos los seres humanos, que nos morimos y que nos enamoramos. El amor es tan relevante como la muerte.

-¿Se puede morir de amor?

-Sí, pero lo más importante es que se puede vivir de amor. Es una razón para vivir, un motor para vivir y la clave de la felicidad. No soy capaz de imaginar mayor felicidad que amar y ser amado.

-Jaime Monzón, el protagonista de su novela dice amar a su primera novia, ¿eso es porque no se casó con ella?

-Como todos los hombres y mujeres que hemos pasado de los 45 años se debate entre dos amores. La primera chica a la que amó y la chica a la que ama ahora. Una tiene 13 años y la otra su edad. Cuando pasamos de los 45 nos enfrentamos a la nostalgia de los amores que perdimos y la comparamos con los amores que tenemos. El protagonista se debate entre la niña a la que amó en 1973 y la pelirroja con la que se ha cruzado en 2016.

-¿Qué representa Jaime, ese oficinista mediocre?

-Es una metáfora de los de mi generación. Padecemos el síndrome del príncipe Carlos de Inglaterra. Nos hemos quedado esperando a que nuestros padres nos dejen el sitio y cuando llega ese momento, nuestros hijos están mejor preparados que nosotros. Somos una generación trasparente que no ha hecho ninguna revolución. La de mis padres hizo la Transición, la de mis hermanos pequeños, el 15 M, la aportación de mi generación a la historia de la humanidad es cantar: «Del barco de Chanquete no nos moverán».

-Es inevitable pensar que Jaime habla por boca de usted.

-Los personajes tienen sus propias opiniones. El escritor los utiliza para componer una opinión más compleja. En la novela hay dos Jaime Monzón, el de 2006 y el de 2016, y no ve la ciudad de la misma manera. El de 2006 está entusiasmado por la Copa América y el de 2016 piensa que se han perdido muchas oportunidades. La novela es autocrítica, no autobiográfica.

-¿Y hemos aprendido algo?

-Sí, pero no sé cuándo nos examinaremos para demostrarlo. 2006 fue una «Belle Époque», tan brillante, tan suntuosa, espectacular como cualquier otra. La Valencia de 2006 recuerda al París de los años 20. Y como a toda «Belle Époque» le sobrevino una gran crisis. Lo más importante es que seamos conscientes de que la disfrutamos. Con toda la ceniza que nos ha llovido, nos olvidamos de lo felices que fuimos.

-Valencia aparece en el libro como la región imputada. ¿Qué culpa hemos tenido los valencianos en dejarnos marcar?

-El boom inmobiliario se produjo en toda España y también sus efectos, como el dinero fácil. Pero después, solo la Comunidad Valenciana pagó el pato de la crisis. El resto se marcharon de rositas. Esto se debió a que los valencianos somos especialmente cainitas. Caín y Abel nacieron en Valencia. Y nosotros, con tal de destrozar a nuestros adversarios, no nos importó si destrozábamos el prestigio de la Comunidad Valenciana, que pagó la fiesta por todos porque los valencianos no supimos querernos.

-¿Les pudo la ambición a los políticos de 2006?

-Toda Europa en el 2006 vivió una explosión económica y sacaron el máximo partido para sus países o regiones. Valencia llegó a tener un vuelo regular con Nueva York. En la capital del planeta, Valencia aparecía en los marcadores de destinos. Se convirtió en el centro del mundo. Nadábamos en la misma abundancia que el resto de países y regiones de Europa. La crisis luego nos sobrevino a todos por igual. La diferencia es que, así como en otras partes se defendió el prestigio de la región, en Valencia se prefirió hundir a los adversarios. No fuimos peores que los demás. Sí fuimos mucho más cainitas.

-Su personaje quiere suicidarse. ¿Hay suicidas políticos?

-La situación actual se parece al libro en la medida en la que no entendemos lo que está pasando en realidad y en la medida en la que vivimos dentro de una burbuja. El mundo cambia a velocidad de vértigo. Fuera de España los debates son sobre robotización, inteligencia artificial, migraciones masivas, cambio climático, gigantes económicos, coronavirus. Dentro de España los debates son siempre sobre Cataluña. Ni los políticos entendemos el mundo actual ni el mundo los entiende a ellos. Durante los siglos XIX y XX España se aisló, ahora está volviendo a aislarse.

-«Ellas» habla de segundas oportunidades... Si volviera a nacer, ¿sería político?

-Intentaría ser escritor desde el principio. Hoy en día que vivimos más de 80 años, tenemos la oportunidad de vivir varias vidas sucesivas y en cada una de ellas nos enamoramos otra vez. En cambio, la política y el trabajo no suelen ofrecer una segunda oportunidad. El currículum debería contener los amores perdidos y ganados. Y no los trabajos, serían más interesantes.