El año que vivimos otras sobremesas

La reapertura de los restaurantes facilita una magnífica coartada para que las querencias gastrónomas vuelvan a resurgir

La ampliación de las terrazas también nos anima al optimismo
La ampliación de las terrazas también nos anima al optimismoLa RazónGastronomía

Sin que el título se interprete como un choque significativo entre la dura realidad que hemos vivido y el deseo que se acabe esta situación hay que reconocer que después de cumplir un año nada en el horizonte debe obstaculizar el optimismo, aunque las nuevas limitaciones horarias y restricciones de espacio de la nueva reapertura ralentizarán la velocidad de recuperación de la restauración.

El coronavirus ha saboteado, desde aquel lejano 14 de marzo de 2020, el presente de la hostelería. El destino, esa palabra tan pomposa como inadecuada para la gastronomía lo decidirá la inercia después del fin de la pandemia. La realidad y las expectativas son incompatibles para navegar en este mar de dudas. Mientras esto ocurre, nos debemos adaptar a vivir en el río o en el mar, agua dulce o agua salada de una restauración condicionada pero finalmente abierta.

Algunos profesionales quieren ser otro pero sin dejar de ser el. La fatiga pandémica de restricciones ha provocado un aquelarre de cierres, mientras se buscan razones para lanzar preguntas cómo y hasta cuándo durará esta situación. La cuestión que se plantea no es tanto quien puede o no abrir hoy lunes, sino quien puede sobrevivir, aguantar y resistir, para volver a levantarse.

Las palabras mayores que se exhiben y se agitan entre los profesionales nos describen que la restauración está en un punto crítico de ignición muy alto y no encuentra nada que sirva para enfriar su situación, después del año que han pasado, sino se abren mínimamente las puertas a las limitaciones horarias. Es incuestionable que una mayoría de la hostelería deambula achicharrada, inerte, mortecina, zigzagueante y tambaleante a la espera de la reapertura condicionada pero sin valor para el martirio de dudas.

Hemos vivido, vivimos, durante este último año una explosión de tristezas y pocas alegrías, acompañada de varias réplicas estruendosas de reaperturas y cierres y, en paralelo, mucho ruido y agitación de voces en las más que nunca imprescindibles terrazas, como el mejor pegamento de voluntades para los clientes, pero esto no es suficiente para los negocios.

Con todo, el aspecto más llamativo de este cambalache son las ráfagas de optimismo que surgirán esta semana, parece que la restauración está cada vez más cerca de empezar a normalizar su situación. No sabemos que saldrá de esto, pero al menos la esperanza de la reapertura del interior de los establecimientos y la ampliación de las terrazas es una coartada que nos anima al optimismo.

El remedio, una vez más, es no caer en la tormenta del pesimismo. Ni todo va a permanecer ni la mayoría se va a desvanecer. Estos dos axiomas, estos dos enunciados incuestionables son más que evidentes. Nada se debe aquilatar al futuro a corto plazo, ni al albur de la improvisación de nuevas medidas sanitarias. El vaivén de restricciones horarias tiene muchos puntos reduccionistas que no benefician a nadie. Por no hablar del vaso comunicante de cierta restauración con la prolongación hacia el ocio nocturno.

Aunque el pasado siempre vuelve y en hostelería también será así, debemos admitir que la profundidad de la crisis de la restauración todavía se desconoce. El guion del futuro experimenta un descomunal vuelco cotidiano de dudas, mientras los pronósticos se diluyen en el sumidero de las proyecciones. A pesar de la fatiga pandémica hay una realidad y nuestra obligación es asumirla con una escollera de recomendaciones, hormigonadas de responsabilidad y sentido común.

La primavera de la reapertura de bares y restaurantes nos facilita una magnífica coartada para regresar a los establecimientos de referencia. Por muy obvio que el próximo horizonte se presente con las distancias marcadas y las expectativas condicionadas es necesario que las querencias gastrónomas vuelvan a resurgir. De momento no queda otra que olvidar el año que vivimos otras sobremesas.