Zúñiga, recuerdos de vida y muerte

Muere por causas naturales uno de los narradores más prestigiosos, simbólicos, destacados y veteranos de la historia reciente española a la edad de 101 años

Juan Eduardo Zúñiga publicó con cien años «Recuerdos de vida»
Juan Eduardo Zúñiga publicó con cien años «Recuerdos de vida»J. FDEZ. - LARGO

Con cien años, aún seguía escribiendo, publicando. Juan Eduardo Zúñiga dio el año pasado unas memorias, «Recuerdos de vida» (Galaxia Gutenberg), en las que describía sus años de aprendizaje en el Madrid de la caída de la monarquía y la proclamación de la república, la guerra civil y posguerra. Una larguísima etapa que desarrolló a través de tres novelas que Cátedra recuperó y reunió en un solo volumen en 2007, cuando Zúñiga ya era un autor mítico, admirado por los mayores autores españoles, algunos de los cuales le dedicaron un homenaje en el Instituto Cervantes con motivo de su edad centenaria. Se trataba de la trilogía compuesta por «Largo noviembre de Madrid», «La tierra será un paraíso» y «Capital de la gloria», publicados en 1980, 1989 y 2004, donde las pequeñas vidas cotidianas de los personajes y el ambiente de perturbación social eran los ejes de una serie de cuentos que estaba presidida por una máxima común: «Pasarán unos años y olvidaremos todo [...] para que no lo olvides». Qué hacer: recordar u olvidar, venía a ser el dilema que proponía Zúñiga.

El escritor oculto

Ángeles Encinar, la responsable de otra edición crítica para Cátedra de dos novelas, «El coral y las aguas» e «Inútiles totales», declaró que estas pasaron desapercibidas en los años cincuenta y sesenta (la primera era la traslación a la Grecia clásica de la España franquista; la segunda, sobre su experiencia en el servicio militar, tuvo que autoeditársela). «Iban a contracorriente y resultaban difíciles de entender por su simbolismo», dejó dicho. Y es que estamos ante un autor que aportó una considerable dosis alegórica a sus prosas narrativas, lo que generó que aparte de ser un escritor de culto, como apuntó Luis Mateo Díez, fuera asimismo oculto.

Al menos hasta 1999, cuando publicó la exitosa «Flores de plomo», una novela en la que el desenlace suicida de Mariano José de Larra daba pie, dentro del Madrid decimonónico, a presentar a los intelectuales más importantes de la época. En ella Zúñiga demostró un gran conocimiento de la tradición literaria hispana –había estudiado Bellas Artes y Filosofía y Letras–, que él extendió a otras lenguas: egipcio, ruso, búlgaro, portugués y rumano. Todo lo cual le llevará a hacerse un experto eslavista, un enamorado de las creaciones de autores como Turguéniev, Chéjov o Panait Istrati (rumano de origen griego que utilizó sobre todo la lengua francesa, muy popular en su momento y conocido como «El Gorki de los Balcanes»). Y sin embargo, sus cien años generaron una cantidad discreta de obras, tanto en narrativa como en lo ensayístico, entre las que destacan «Hungría y Rumania en el Danubio; las luchas históricas en Transilvania y Besarabia», «El anillo de Pushkin. Lectura romántica de escritores y paisajes rusos» y «Las inciertas pasiones de Iván Turguéniev». Algo que remite a un ejemplo que no puede ser más pertinente hoy en día, cuando la saturación de novedades editoriales y la falta de autoexigencia estética están a la orden del día.

Se ha dicho que con su simbolismo alcanzó un enfoque realista y a la vez mágico con el que renovó el género narrativo, y de hecho tal cosa ha sido estudiada de manera pormenorizada gracias al trabajo de Luis Beltrán Almería «El simbolismo de Juan Eduardo Zúñiga» (Vitel·la, 2008). Pero más allá de esas definiciones, y de reconocimientos como el premio Nacional de Traducción 1987 (por la versión castellana de las obras del luso Antero de Quental), el de la Crítica 2003 y el Nacional de las Letras Españolas en 2016, estamos ante un autor auténtico, veraz, que se desempeñó en sus tareas artísticas con tanta constancia como ausencia de prisas, y que jamás miró hacia horizontes de comercialidad, declarándose fiel a sí mismo hasta su muerte.