«La cárcel de Fidelio»: La vida en el Berlín sitiado

A finales de abril de 1945 los habitantes de Berlín se enfrentaron al encierro, la carestía y la muerte bajo el asedio aliado

La mañana del 3 de febrero, la ciudad fue víctima de ataques protagonizados por mil fortalezas volantes del Cuerpo Aéreo del Ejército de Estados Unidos, que provocaron la muerte de unos tres mil berlineses. El poeta alemán Horst Lange, en la entrada del 10 de febrero de su diario de guerra, escribió: «Un paseo por el centro devastado de la ciudad, desde la estación de metro Bülowstrasse hasta el Scherlhaus y viceversa. Escenas indescriptibles de destrucción. Barricadas en el puente Potsdam y en Potsdamer Platz. Grandes cráteres en las calles. Tranvías destrozados y quemados. Ahora la ciudad está muriendo, más allá de la salvación. Las palabras del portero en el Scherlhaus completamente demolido a una mujer que llora: “Oye, alégrate de que terminó en una fosa común. Al menos no está solo allí”».

El humor negro característico de los habitantes de Berlín se empezaba a transformar en humor lúgubre como consecuencia de los ataques aéreos. Beevor afirmó que el chiste más contado en la ciudad en las Navidades de 1945 era «sé práctico regala un ataúd». No obstante, esta actitud reflejaba realmente la desesperación que embargaba a los aproximadamente tres millones de habitantes de Berlín, y que tomaría dos formas. Algunos ciudadanos, afectados por el fatalismo y dando por perdido todo, decidieron quitarse la vida. Lange escribió en la entrada de su diario de guerra del 4 de febrero: «epidemia de suicidios». Ante la proliferación de inmolaciones, las autoridades sellaron los aseos públicos debido al elevado número de personas deprimidas que se quitaban la vida en su interior. Por el contrario, otros berlineses optaron por liberar sus sentimientos, abandonando la moral burguesa e incluso el miedo al nazismo. Así, se inició una «revolución sexual» que afectaba a adolescentes e incluso niñas, que mantenían relaciones sexuales con extraños en la estación del Zoo y en el Tiergarten, convencidas de que pronto serían violadas por los soldados del Ejército soviético. Igualmente eran cada vez más los que se conectaban con la BBC para conocer el transcurso de los acontecimientos, los que contaban chistes políticos y menos los que utilizaban el saludo nazi «Heil Hitler», sustituido por «¡Bleib übrig» que significaba «¡Sobrevive!».

No obstante, aunque los berlineses mostrasen una actitud poliédrica ante el drama que sufrían, la inmensa mayoría tomó la determinación de sobrevivir y resistir al enemigo. Esta dinámica se hizo presente en las aglomeraciones que se producían en los refugios antiaéreos, en la actitud ansiosa e incluso histérica que muchos mostraban por acaparar provisiones, y en la intensa actividad de la ciudad, contradictoria con la desesperación, el nihilismo o la destrucción de infraestructuras que habían provocado los bombardeos, y que afectaban a las carreteras, el metro, al tranvía, el suministro eléctrico y sobre todo el de agua.

La campaña de Goebbels

Así, y a pesar de que el transporte público no funcionaba, se siguieron esforzando para llegar a sus lugares de trabajo, e incluso intentaron dormir cerca de los mismos, a pesar de que la mayoría de ellos estaban casi completamente inactivos por la falta de medios y materias primas. Y, sobre todo, hicieron funcionar a pleno rendimiento la industria más importante en esos momentos: la armamentística. La campaña del doctor Joseph Goebbels –«vamos a vencer porque tenemos que vencer»– y el miedo secular a los eslavos del Este implementaron aún más la determinación de los berlineses. El Ejército Rojo intentó combatirla mediante el lanzamiento de octavillas desde el aire, donde se aseguraba a los soldados alemanes que «no tiene sentido seguir luchando», o utilizando prisioneros de guerra alemanes liberados con el objetivo de que aconsejasen a sus compatriotas la rendición. Pero, no tuvo éxito. Adolf Hitler vivía en el búnker desde el 16 de enero de 1945, y bajo su dirección, los habitantes de la ciudad se dispusieron a desencadenar el armageddon, como escribió Antonio Ansuátegui, un estudiante español que presenció la agonía de Berlín: «Los alemanes con su heroica defensa de la capital se disponían a crear el mito que habría de enardecer a las futuras generaciones. Los hijos habrían de comprender que sus padres perdieron la guerra por la enorme superioridad del enemigo (…). Junto a los alemanes se disponían a luchar también numerosos voluntarios extranjeros y que se habían alistado en el cuerpo Hitler. La unidad continental que Alemania había propugnado tenía una representación en el último acto de la tragedia».

La caída de la Alemania nazi

A finales de abril de 1945, Alemania estaba derrotada y Berlín, su capital, estaba siendo sometida a la más feroz batalla urbana que haya visto la historia de la humanidad. Los soldados del mariscal de campo Zhúkov avanzaban casa por casa, manzana a manzana, desde los suburbios hasta el centro. Procedentes del sur, otro ejército entero, el Tercero de Tanques de la Guardia, bajo el mando supremo del mariscal Kóniev, asaltaba la desesperada capital cuyos habitantes, encerrados, podían seguir la llegada del enemigo por el ruido de las explosiones. Cuando las trazadoras cruzaban ante su ventana y los obuses estallaban en su calle, entonces ya estaba, habían llegado los rusos. Entretanto, se imponía el día a día. Abandonar los refugios y los sótanos, quienes habían podido hacinarse en ellos, para salir en busca de algo de comer, o de agua. Esconder a algún hijo, marido o amigo, desertor del Volkssturm ante la evidente derrota, con la seguridad de que, si lo sorprendían, el propio régimen al que habían apoyado durante tantos años lo ajusticiaría. Esperar, como les había explicado la propaganda de Goebbels, la llegada de los invasores del este, los saqueos, los asesinatos, las violaciones. Muchos perecerían, otros iban a intentar huir hacia el este, por Spandau, y los más aguantarían las semanas difíciles posteriores a la derrota. A través del sufrimiento, estos últimos se convertirían en los berlineses del futuro.