¿Se pueden componer obras maestras en tiempos de pandemia?

Cuando en 1918 la gripe española se extendió por diferentes partes del mundo autores como Stravinsky o Puccini crearon auténticas joyas musicales

El filósofo francés Blais Pascal tenía claro que todas las desgracias del hombre derivaban del hecho de no ser capaces de estar tranquilamente sentados y solos en una habitación. En ese juego de espejos en el que no hay más artificio, más acompañamiento ni más ruido que el propiciado por uno mismo, enfrentarse al silencio de los lugares cerrados puede convertirse para algunos en una tarea más difícil que el mero hecho de respirar. Cuando a mediados del pasado mes de marzo estalló de manera abrumadora la crisis del coronavirus, la consecuente situación de aislamiento a la que los ciudadanos se vieron abocados impulsó la proliferación de dos tipos de personas completamente contrarias.

Por un lado estaban aquellas que encontraban en la imposición del encierro el pretexto perfecto para ponerse a hacer todas esas actividades creativas para las que, hasta ahora, no habían tenido tiempo. Ni quizás tampoco destreza. Pero no hay nada como la necesidad de tener que sentirse de manera continua productivo para desgastar la ardua tarea de tener que parecerlo. Nunca hubo tanto escritor de salón, tanto cocinero de ventana, tanto pintor de azulejo, tanto lector de prospectos, tanto músico desbocado ni tanto deportista improvisado con complejo de Vitruvio. Para tranquilidad de muchos también ha surgido un perfil de personas que lejos de rellenar los huecos del tiempo con incesantes y repentinos derroches de talento ha optado por dosificar el transcurso de las horas y dedicarse en cuerpo y alma a intensificar el diálogo interior, introspectivo, pequeño y silencioso con la parte más dormida de su memoria.

A pesar de todo esto, lejos de lo que pueda parecer, el COVID-19 no es la primera crisis sanitaria que agudiza el ingenio y cultiva las virtudes. En 1918, al término de la Primera Guerra Mundial, la gripe española se convertía en la pandemia más devastadora de toda la historia de la humanidad dejando en apenas dos años de duración la mortal consecuencia de casi cincuenta millones de víctimas. En las recomendaciones de la época se instaba a los habitantes de pueblos y ciudades a la precaución, a evitar frecuentar locales cerrados o núcleos en los que solía reunirse mucha gente y a la ventilación continuada de habitaciones y locales. Sin embargo para muchos de los infectados no era suficiente encomendarse a las tres recomendaciones de refranes tan ventajistas y singulares como los que se aplicaban algunos cargos públicos españoles en aquella época para salvarse de tan mortífera peste; “pronta salida, remota distancia y muy larga ausencia”.

El nivel de mortalidad que trajo consigo la enfermedad fue tremendamente elevado y las consecuencias en el tejido social catastróficas pero fueron varias las composiciones que se crearon durante este periodo y varios también los músicos que se refugiaron en las partituras para sobrellevar la barbarie. Al director de orquesta ruso Igor Stravinski por ejemplo no le quedó más remedio que aferrarse a los pentagramas para sobrevivir a la precariedad en mitad de la Primera Guerra Mundial y justo un año antes del riego mundial de la gripe española creó “Historia del soldado”. Se trataba de una producción teatral móvil a pequeña escala cuyo debut en la ciudad de Lausana en 1918 pudo llevarse acabo con aparente normalidad. La gira y el estreno definitivo sin embargo, tuvieron que posponerse seis años en vista de la propagación de la infección por los diferentes miembros del equipo de producción. Stravinsky no solo tuvo que lidiar con el contagio de sus compañeros, también con el suyo propio ya que a principios de 1919 contrajo la gripe. Sin embargo, consiguió dejar el legado de una obra brillante como la mencionada, basada en la popularidad de un cuento ruso y en la influencia artística del Fausto de Goethe, antes de acometer su siguiente trabajo como compositor. Su filosofía de no vivir ni en el pasado ni en el futuro, sino en el presente, cobró especial sentido gracias a esta creación.

Otro de los casos destacables de creaciones concebidas durante el periodo de gripe española fue el de Puccini. Coincidiendo históricamente con la pandemia, el compositor italiano se entregó de manera enloquecida a los primeros vestigios del famoso “Il Trittico”. Un conglomerado de tres óperas viscerales basadas alegóricamente en los tres escenarios que se mencionan en la “Divina Comedia” de Dante (el infierno, el purgatorio y el cielo) que representaban valores tan imperecederos como el misticismo, la tragedia, la pasión, la sensibilidad del alma humana o la venganza. El tríptico operístico fue estrenado en Nueva York en 1918 y curiosamente, una vez terminada la segunda ópera de “Il Trittico” y la favorita del músico, cuyo nombre, “Suor Angelica” correspondía a la parte de “el cielo” Puccini decidió tocarla en el convento donde vivía Iginia, una de sus hermanas para homenajear la memoria de otra hermana que había fallecido por gripe española.

Afinen las flautas estos días, coloquen los hombros en posición recta, dejen fluir la imaginación, inspírense en lecturas o pinturas y canalicen los brotes eventuales de ingenio. Quien sabe si de la coyuntura de aislamiento de esta cuarentena y contraviniendo la teoría de Pascal, no solamente hay alguien capaz de estar tranquilamente sentado y solo en una habitación, sino que además puede llegar a consolidarse como el próximo Chaikovski.