Campañas arqueológicas en tiempo de coronavirus: ruina sobre ruinas

Algunas excavaciones se retrasarán, pero muchos yacimientos no abrirán este verano. A eso se suma la falta de subvenciones y el desempleo. Un sector que hoy está en punto muerto

«Todo se ha parado. No se puede trabajar en los yacimientos este verano». La preocupación del arqueólogo Arturo Oliver, en Castellón, es compartida por sus compañeros en otras partes de España. Las campañas arqueológicas están en suspenso en nuestro país. Solo los trabajos de urgencia, relacionados con la construcción de inmuebles, carreteras o la restauración imprescindible de monumentos, tienen garantizados la continuidad. El coronavirus ha llevado también a la ruina a los que se ocupan de las ruinas. La falta de subvenciones, que en muchos casos aún no se han adjudicado, la suspensión o la brevedad de las campañas (que conlleva aparejado una pérdida de inversión) y el desempleo al que se verán abocados cientos de profesionales, arrastra a este sector a una pronunciada crisis, con el perjuicio que supone eso para España: no ahondar en el legado histórico que conservamos y la pérdida de relieve internacional de nuestra ciencia. Marisa Bueno, que trabaja en Cadalso de los Vidrios, comparte la opinión de su colega y expresa con pesimismo y un poco de rabia, su pesar: «Muchas de las excavaciones en curso no reabrirán. No tendrán presupuesto de los ayuntamientos o las juntas correspondientes. También porque durante esas semanas vivimos en espacios reducidos, casi siempre en albergues, y en muchos casos no se podrán aplicar las medidas sanitarias. El futuro es bastante incierto».

La situación ha afectado a proyectos españoles de la envergadura de Atapuerca. Uno de sus directores, José María Bermúdez de Castro, afirma: «Una campaña como las que se han llevado a cabo en los últimos diez o doce años es hoy imposible. Por aquí pasaban hasta 250 personas de 25 nacionalidades diferentes. Venían de Francia, Italia, Estados Unidos... Es irrealizable con esta situación. Igual que los congresos, porque las concentraciones van a desaparecer. Nosotros empezábamos en junio y terminábamos a finales de julio. Mira a qué fechas estamos ya y no tenemos nada aún. Tendremos que hacer algo modesto, si llegamos a tiempo, y con menos gente, lo que retrasará los avances. Aparte de que, como ha sucedido en otras áreas de la cultura, habrá menos dinero. Algunas excavaciones podrán retrasarse, pero otras no podrán hacerlo y se perderán. Todas, en general, van a sufrir bastante. No solo en España, también en Europa y en otros continentes».

Momias, coronavirus y polvo

No está equivocado. José Ramón Pérez-Accino trabaja al lado del Valle de los reyes, en uno de los proyectos internacionales de mayor relieve de España. Un yacimiento prometedor que ya está dando resultados. «Estamos donde se escondieron las momias reales que luego se encontraron en el siglo XIX. Es una de las concesiones más grandes que existen en este país. Hemos descubierto una columna de unos veinte metros de altura rematada con una cabeza humana. Algo fascinante. Junto a ella han aparecido mesas de ofrendas, oraciones. Este año teníamos por primera vez permiso de excavación y no solo de prospección. El problema ahora es que no sabemos qué va a pasar, si se va a permitir a los españoles entrar en este país o no, y si nos impondrán una cuarentena, lo que nos haría plantearnos si merece la pena ir. Tampoco sabemos qué medidas de seguridad nos exigirán. Allí estamos a 52 grados. Es el límite de lo que puede aguantar una persona. Llevamos mascarillas para el polvo, pero si a eso hay que añadir guantes de látex... Por no decir lo que supone pasar esta enfermedad en otro país». Pérez-Accino añade: «Para la arqueología es un retraso y la arqueología trabaja con el tiempo y las huellas que deja el tiempo. Si no puedes cumplir con los plazos y la entrega de informes pierdes la financiación, y sin ella... Pero lo que más miedo me da es la crisis económica mundial que se avecina. Por no contar con toda la gente de estas naciones que viven de proyectos como el nuestro. Si no acudimos, no tendrán el trabajo, y aumentará aún más la pobreza en estos territorios».

José Iravedra también ha dirigido un proyecto en el extranjero. Nada menos que en Olduvai, la cuna de la humanidad. Él suma otro problema que no es menor: «Allí el acceso a las medicinas es difícil. Y al agua. Si lleváramos el coronavirus, los efectos humanos serían catastróficos. Por eso, muchos países de África han cerrado fronteras. Puedes organizar una catástrofe descomunal si metes ea COVID-19. Aparte de que si alguien lo desarrolla allí sería gravísimo, porque con el calor pierdes sal y el cuerpo está muy debilitado. Yo adelgazo entre cinco y ocho kilos cada vez que voy». Para Iravedra existen también cuestiones académicas, aparte de las humanas, que se deben atender: «Hay que tener en cuenta que si fallas un año y no vas, no justificas la subvención y la pierdes completamente o la tienes que devolver. Después hay que pensar en una característica de nuestro yacimiento, que es el mismo donde excavó Mary Leakey: se convive mucho. A lo mejor en el mismo metro cuadrado hay dos personas. No puedes mantener la distancia. También, hay que tener en cuenta si a los españoles se les vetará la entrada».

Santiago Domínguez, propietario de la empresa Ares Arqueología y Patrimonio Cultural, está especializado en arqueología de urgencia (término que detesta), y dirige investigaciones de etnoarqueología en América y África: «Estudiamos a los pocos grupos de cazadores recolectores que todavía quedan en el mundo. Íbamos a viajar a Tanzania, pero este año y el que viene ya no podremos visitar a estos grupos indígenas. Muchos de ellos no están en contacto con el resto del mundo. Viven en el Amazonas y la selva. No los puedes visitar sin estar vacunado o haber pasado una cuarentena, porque ellos no tienen nuestro sistema inmunológico y les afectaría. Hay que esperar. Es una pena, porque estos cazadores recolectores son los últimos, son muy viejos, pueden morir en este tiempo. Pero ir en este instante supondría ponerlos en peligro. Y lo que nos enseñan ellos resulta esencial. Si sabemos interpretar un yacimiento del paleolítico es porque ellos no lo han enseñado. Nos dicen cómo se vivía en Europa hace 12.000 años, porque siguen viviendo igual».

Patrimonio y la España vacía

A lo anterior se tiene que agregar la repercusión que esta situación tiene para la formación de nuevos arqueólogos. Pocos se van a arriesgar a llevar a determinadas zonas, incluso a una excavación nacional, a los estudiantes. Para ellos pasar por estas prácticas resulta crucial para adquirir conocimientos y experiencia, pero si cayeran enfermos del COVID-19 podrían darse casos de denuncias. Así que los universitarios también salen perjudicados.

Jesús Francisco Torres es un superviviente. Salió indemne de la crisis de 2008, que fue devastadora para la arqueología: «Entonces desaparecieron muchísimos profesionales. De hecho, solamente quedamos cinco o seis de aquel momento. Los demás tuvieron que dedicarse a otra cosa. Si se repite esta situación sería un desastre. España terminaría perdiendo a los científicos mejor preparados y con la formación más completa. Hablamos varios idiomas y nuestros trabajos están a la altura de nuestros colegas europeos, pero, eso sí –afirma con ironía– con la mitad de su presupuesto».

Jesús Francisco Torres representa a un tipo de arqueólogo que se puede ver muy afectado: «No trabajo en el CSIC ni en una universidad. Ellos tienen un sueldo. Yo, no. Muchos arqueólogos no tenemos un sueldo fijo. Somos como los autónomos. Si no trabajamos, no recibimos dinero. Y muchos vamos ya justos». Comenta, además, otro factor: «Si se va todos los años a un yacimiento, no pasa nada. Pero si esa labor se interrumpe y después no se retoma, o se suspende, es un drama enorme. Es igual que si cerraras un laboratorio científico. Todo los esfuerzos quedan en el aire y muchas veces, al regresar, lo que se ha hecho sirve de poca cosa». También expresa su inquietud por la crisis económica que otea en el horizonte y que también amenaza con golpearlos: «España no valora el patrimonio cultural. Es una lástima. Es curioso cómo cada vez que sobreviene una crisis la primera damnificada es la ciencia».

Trinidad Nogales es arqueóloga, pero también la directora del Museo Nacional de Arte Romano de Mérida. Ella rompe una lanza en defensa de este colectivo: «Se han paralizado las obras y, naturalmente, todos estos profesionales lo están pasando muy mal». Y subraya su valor cultural e importancia económica. «Las administraciones deben mirar hacia la arqueología como motor de desarrollo. Ahora se habla mucho de la España rural y vaciada. Pues esa tiene en su seno unos yacimientos patrimoniales de enorme relevancia que, primero, merecen la atención, y, segundo, generan empleo. Un pueblo puede atraer turistas si tiene algo que se pueda visitar. Y el turismo rural es una de las principales bazas de nuestro país. Se tienen que poner en valor los yacimientos y el patrimonio histórico. Es una inversión que crea empleos y genera riqueza».

IGUAL QUE EN 2008

Todos los arqueólogos están pendientes de las ayudas que se puedan ofrecer a su área. Nadie se ha preocupado de momento de ellos. Algunos tratan de reinventarse, porque, como afirma Marisa Bueno, hasta trabajar en los laboratorios es difícil: por su espacio reducido y porque las piezas pasan por varias manos para examinarlas. Los museos de los sitios arqueológicos también se ven afectados porque no acuden turistas y cuando reabran estarán solo a un treinta por ciento de su capacidad como máximo. Las empresas arqueológicas han reducido su facturación a niveles de 2008 y 2010. «Vamos a tener que sobrevivir y ahorrar mucho», comenta Santiago Domínguez: «Regresamos a las mismas estrecheces de antes».